El concierto de Ramón Orlando en el Estadio Olímpico me dejó una agradable reflexión. Más allá del espectáculo, de las luces, de la multitud y de la extraordinaria cantidad de talentos que se dieron cita para acompañarlo, aquella noche pude sentir algo que, como músico, abogado y gestor cultural, me llena de satisfacción: el merengue está vivo.
El merengue no apareció de la nada. Llegó un día para quedarse. Lo fueron construyendo hombres y mujeres que hicieron de nuestra música una expresión auténticamente dominicana. Ahí están Ñico Lora, Guandulito y tantos otros pioneros que, con sus acordeones, tamboras, güiras y creatividad, comenzaron a darle forma a una música que con el tiempo atravesaría nuestras fronteras.
Después vinieron generaciones de músicos, compositores, cantantes y arreglistas que transformaron aquel merengue de nuestros campos y pueblos en una música capaz de llenar grandes escenarios nacionales e internacionales.

Por eso, lo ocurrido con Ramón Orlando tiene para mí un significado que va más allá de un concierto. Ver juntos a tantos talentos acompañando a Ramón fue como contemplar varias generaciones de nuestra música diciéndonos: aquí estamos.
Y eso debe hacernos reflexionar.
A los creadores, compositores, músicos, cantantes, arreglistas, productores y a todos los que forman parte de nuestra industria cultural les diría humildemente: miremos esta experiencia como una señal. No para vivir del recuerdo, sino para tomar aire, recuperar fuerzas y continuar creando.
El merengue necesita nuevas canciones, nuevos arreglos, nuevos escenarios, nuevas plataformas y, sobre todo, nuevas oportunidades para que las generaciones jóvenes puedan hacerlo suyo sin perder su esencia.
Como gestor cultural, creo que también tenemos una responsabilidad: no basta con decir que nuestra música es patrimonio o que forma parte de nuestra identidad. Tenemos que crear las condiciones para que quienes producen cultura puedan vivir dignamente de su trabajo.

Y aquí entra también el derecho.
El compositor debe conocer y proteger sus derechos. El músico debe recibir el reconocimiento que corresponde a su trabajo. El intérprete debe tener condiciones dignas. El productor debe encontrar mecanismos para invertir. Y nuestras instituciones culturales deben acompañar este proceso con políticas públicas que conviertan la cultura en una verdadera oportunidad de desarrollo.
Porque proteger nuestra música no significa encerrarla en un museo. Protegerla significa permitir que siga creciendo.
Aquella noche en el Olímpico, mientras veía a Ramón Orlando rodeado de tantos talentos, pensé en todo el camino recorrido por nuestra música. Pensé en los pioneros, en los grandes maestros y en quienes hoy están tratando de abrirse paso en medio de una industria completamente diferente.
Y llegué a una conclusión sencilla:
El merengue no estaba muerto. Estaba de parranda.
Y quizás lo que necesitamos ahora es que esa parranda se convierta en un nuevo comienzo.
Que nuestros compositores vuelvan a escribir con entusiasmo.
Que nuestros músicos vuelvan a experimentar.
Que nuestros cantantes vuelvan a llenar escenarios.
Que nuestros productores vuelvan a apostar por el talento dominicano.
Y que nosotros, como sociedad, volvamos a valorar lo que hemos creado.
El merengue llegó un día y se quedó.
No tengamos ninguna duda: todavía tiene mucho que decir, mucho que bailar y mucho futuro por delante.




