En una ocasión, Sócrates nos enseñó que las preguntas bien formuladas pueden abrir las puertas del conocimiento. Su método, conocido como mayéutica, no pretendía imponer verdades, sino ayudar a descubrirlas mediante el diálogo y la reflexión.
Hoy quiero invitar a Don Oráculo a utilizar ese mismo método para examinar una cuestión que merece nuestra atención: el presente y el futuro de la gestión cultural en la República Dominicana.
—Don Oráculo, permíteme comenzar con una pregunta: ¿puede un país con tanta riqueza artística, musical, literaria y popular desarrollar plenamente su potencial cultural sin contar con una gestión profesional a la altura de sus creadores?
—La pregunta es pertinente —respondería Don Oráculo—. Porque una cosa es tener talento para crear y otra muy distinta disponer de las herramientas jurídicas, administrativas, financieras y estratégicas necesarias para convertir ese talento en oportunidades sostenibles.
República Dominicana es una nación extraordinariamente creativa. Nuestra música, nuestras artes visuales, nuestro teatro, nuestra literatura, nuestras tradiciones y las expresiones culturales que nacen en los barrios y comunidades constituyen un patrimonio de incalculable valor. Sin embargo, debemos preguntarnos si estamos construyendo las estructuras necesarias para que esa riqueza se traduzca en desarrollo, empleo, formación y mejores condiciones de vida para nuestros artistas.
Mecenazgo: reconocer el esfuerzo y señalar los desafíos
Sería injusto analizar la gestión cultural dominicana sin reconocer el trabajo que viene realizando la Dirección General de Mecenazgo. Sus esfuerzos por acercar mecanismos de apoyo a los artistas, las organizaciones y los proyectos culturales merecen ser valorados, especialmente ante las dificultades que supone poner en marcha un sistema de esta naturaleza.
Hay ocasiones en que las instituciones deben hacer de tripas corazón para avanzar en medio de limitaciones administrativas, financieras y normativas. No obstante, reconocer ese esfuerzo no significa renunciar al análisis crítico.
Por el contrario, es precisamente porque creemos en la importancia del mecenazgo cultural que debemos preguntarnos: ¿dispone el país de un marco jurídico suficientemente operativo para garantizar que los incentivos previstos en la ley se conviertan en instrumentos eficaces de financiamiento?
La Ley núm. 340-19, sobre el Régimen de Incentivo y Fomento del Mecenazgo Cultural, representa un paso importante. Su artículo 33 contempla incentivos para donantes y patrocinadores de proyectos culturales. Sin embargo, la aplicación práctica de esos incentivos ha requerido coordinación institucional y mecanismos administrativos y tributarios específicos.
La propia Dirección General de Mecenazgo ha reconocido la necesidad de impulsar la reforma de ese artículo para fortalecer el sistema de apoyo al sector cultural y creativo.
Por tanto, nuestra crítica no debe dirigirse contra quienes procuran hacer avanzar la institución, sino hacia la necesidad de consolidar las condiciones jurídicas y administrativas que permitan cumplir plenamente los objetivos de la legislación.
Una ley que aspira a transformar la realidad cultural necesita mecanismos eficaces para hacerse realidad. El talento de nuestros artistas no puede quedar indefinidamente a la espera de que los instrumentos de financiamiento alcancen su plena efectividad.


