15/10/2026
Notas al Vuelo

La lección de las hojas

Muchas cosas en la vida se explican a través de referencias y ejemplos que tenemos delante, pero a los que pocas veces prestamos la atención que merecen. La naturaleza, las costumbres y hasta los gestos más cotidianos pueden ayudarnos a comprender desde las confusiones más sencillas hasta nuestra propia existencia. Para ello, sin embargo, hace falta cultivar una capacidad cada vez más escasa: callar para escuchar, observar para analizar e interiorizar antes de emitir un juicio. Hace tiempo descubrí una comparación que, aunque seguramente no sea nueva, me parece una parábola digna de contemplación: los seres humanos nos parecemos mucho a las hojas de los árboles.

Mientras permanecen verdes, las hojas se aferran con firmeza a sus ramas. Nosotros hacemos algo parecido con aquello que, durante una etapa de nuestra vida, consideramos indispensable: las experiencias, las ambiciones, las convicciones y hasta las expectativas ajenas que adoptamos como propias. Nos sujetamos a ellas con tal de pertenecer, cumplir una función y demostrar que estamos haciendo lo que se supone que debemos hacer. Durante la juventud, la terquedad suele disfrazarse de determinación; primero defendemos lo que creemos correcto sin conocer demasiado del mundo y, después, lo que creemos haber aprendido de él. En ambos casos, confundimos con frecuencia la seguridad de nuestras ideas con la certeza de tener razón.

Con el tiempo llegan los tropiezos, las despedidas, los cambios de dirección y esas pequeñas decepciones que desordenan cualquier plan. Entonces, como las hojas que pasan del verde a los tonos ocres, algo en nosotros comienza a transformarse. Aquello que antes parecía irrenunciable pierde peso, ciertas certezas se resquebrajan y descubrimos que crecer también consiste en desprendernos. Lo que en otro momento interpretábamos como una amenaza puede ser, sencillamente, parte del camino. No todo lo que nos incomoda viene a interrumpir nuestra vida; algunas cosas llegan para obligarnos a reconsiderar cómo la estamos viviendo.

Pero hay una pregunta que merece hacerse antes de romantizar el sacrificio: si tantas cosas que asociamos con la tranquilidad, la alegría y la felicidad requieren esfuerzo, ¿quién estableció que el proceso debe ser necesariamente infernal? ¿En qué momento convertimos el agotamiento en una medalla, la renuncia constante en una virtud y la incapacidad de detenernos en una prueba de compromiso? Se nos ha enseñado a admirar a quien resiste, pero pocas veces nos detenemos a pensar si aquello que tanto resiste merece realmente ser sostenido.

Las hojas no permanecen eternamente en las ramas, ni su caída constituye un fracaso. Existe un ciclo, una transformación y una razón para soltar. Nosotros, en cambio, podemos pasar años aferrados a trabajos, relaciones, aspiraciones y versiones de nosotros mismos que ya no nos representan, convencidos de que abandonar algo equivale a perder. A veces, la verdadera pérdida consiste en permanecer donde ya no crecemos por miedo a descubrir quiénes somos fuera de aquello que nos definía.

Quizás madurar no sea volverse más resistente a cualquier precio, sino aprender a distinguir qué merece nuestra firmeza y qué necesita nuestra despedida. Porque la vida no debería medirse únicamente por cuánto somos capaces de soportar, sino también por la lucidez con la que elegimos vivirla. Y si las hojas pueden caer sin pedir disculpas por cumplir su ciclo, nosotros también deberíamos aprender que soltar no siempre significa quebrarse; a veces, es la forma más honesta de continuar.

Artículo escrito por Maximo Jimenez

Periodista, crítico de cine. Ex presidente de la Asociación de Cronistas de Arte (2011-2013), autor del libro «La gran Aventura de la bachata urbana» (2018).

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