18/09/2026
Notas al Vuelo

La mejor manera de ayudar

Hay una idea de Biografía del silencio, de Pablo d’Ors, que se me quedó dando vueltas: quizá una de las mejores maneras de ayudar a los demás sea, sencillamente, ser uno mismo. No parece una revelación extraordinaria. De hecho, vivimos rodeados de frases que nos invitan a ser auténticos, a encontrar nuestra esencia y a dejar de preocuparnos por lo que piensen los demás. Pero cuando una idea tan sencilla aparece en el contexto adecuado, deja de ser una frase bonita y empieza a incomodarnos. Porque una cosa es decir que queremos ser nosotros mismos y otra, bastante más exigente, es dejar de interpretar el personaje que creemos que los demás necesitan.

Durante mucho tiempo hemos entendido ayudar como una forma de intervenir. Dar consejos, resolver problemas, anticiparnos a las necesidades ajenas, tener siempre una respuesta disponible. Y, por supuesto, hay momentos en los que eso es necesario. Pero también existe una manera de acompañar que no consiste en hacer, sino en estar. En ofrecer una presencia que no necesita adornarse, una conversación que no pretende demostrar nada y una forma de vivir que no se convierte en una lección permanente para nadie.

Ser uno mismo no significa convertirse en una persona incapaz de cambiar. Tampoco consiste en utilizar la autenticidad como excusa para la indiferencia, la mala educación o el egoísmo. Significa algo bastante más interesante: dejar de construir nuestra identidad alrededor de lo que creemos que debemos representar. Porque cuando uno pasa demasiado tiempo intentando ser lo que otros esperan, termina ofreciendo una versión de sí mismo que puede resultar impecable, pero que difícilmente puede acompañar a alguien de verdad.

Pensemos en esas personas cuya presencia nos hace bien sin que sepamos explicar exactamente por qué. No necesariamente son las más elocuentes, las más exitosas ni las que tienen una solución para cada problema. A veces son quienes se permiten estar tranquilos, quienes no necesitan llenar todos los silencios y quienes pueden reconocer que no saben algo sin convertirlo en una tragedia. Hay una generosidad especial en esa clase de honestidad. Nos recuerda que no tenemos que estar permanentemente preparados para demostrar que merecemos nuestro lugar en el mundo.

Quizá por eso ser uno mismo también sea una forma de responsabilidad. Porque cuando dejamos de vivir pendientes de la aprobación, empezamos a relacionarnos desde un lugar menos ansioso. Ya no necesitamos que cada conversación confirme nuestro valor, ni que cada gesto de los demás nos diga que estamos haciendo las cosas bien. Podemos escuchar sin preparar una respuesta brillante, querer sin convertir el cariño en una deuda y ayudar sin esperar que nuestra ayuda nos convierta en imprescindibles.

Y aquí aparece una pregunta que me parece mucho más útil que cualquier consejo sobre cómo ser auténticos: ¿qué queda de nosotros cuando no estamos intentando causar una impresión? No cuando nadie nos mira, porque incluso eso puede convertirse en otro personaje, sino cuando dejamos de sentir que tenemos que demostrar algo. Tal vez ahí encontremos una manera más limpia de estar con los demás. No porque tengamos todas las respuestas, sino porque ya no necesitamos fingir que las tenemos.

Ayudar, quizás no sea siempre iluminar el camino de alguien. A veces es caminar a su lado sin apagar nuestra propia luz. Y eso, aunque parezca menos espectacular, puede ser una de las formas más honestas de generosidad.

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