Me hace mucha gracia la gente altanera. Esa que se mueve por la vida con semejantes aires de superioridad que parece haber recibido, junto con su documento de identidad, un certificado oficial que la acredita como persona más importante que el resto. Hablan con desprecio, miran por encima del hombro y tratan a los demás como si fueran empleados sin nombre, piezas intercambiables de una maquinaria cuyo único propósito fuera facilitarles la existencia. Lo verdaderamente curioso es que, en su particular escala de valores, todos parecen estar por debajo de ellos y el mundo entero debería agradecerles el privilegio de compartir el mismo espacio.
Y me hacen gracia porque, si pudiéramos colocar a estas personas bajo un escáner que revelara algo más que huesos y órganos, probablemente descubriríamos cuánto espacio puede ocupar el ego cuando escasean otras cosas. No me refiero a la seguridad, a la ambición ni siquiera a la confianza, cualidades que considero necesarias para avanzar por la vida. Hablo de esa necesidad permanente de demostrar que se está por encima, como si para sentirse alguien hubiera que convertir a los demás en menos.
La paradoja es deliciosa: quienes verdaderamente podrían permitirse comportarse así rara vez lo hacen. Las personas que tienen conocimiento, posición, talento, dinero, influencia o cualquier otra forma de poder que socialmente utilizamos para medir el éxito suelen entender algo que el ego desbordado todavía no ha aprendido: la educación no se negocia según el estatus de quien tenemos delante.
Porque hay una diferencia enorme entre tener categoría y querer parecer importante. La primera se nota sin necesidad de anunciarla. La segunda necesita testigos, escenarios y, sobre todo, personas a las que mirar desde arriba. Hay quienes confunden la firmeza con la arrogancia, la seguridad con el desprecio y la autoridad con la mala educación. Y no hay accesorio de lujo capaz de corregir semejante error de estilismo personal.
Siempre he pensado que una de las formas más interesantes de medir a alguien consiste en observar cómo trata a quien no puede ofrecerle absolutamente nada a cambio. Al camarero, al dependiente, al personal de limpieza, al desconocido que se equivoca, a quien ocupa un puesto inferior al suyo. Ahí desaparecen los discursos, las fotografías cuidadosamente construidas y las apariencias. Queda solamente la persona.
La verdadera elegancia no está en conseguir que otros besen el suelo que pisamos, sino en no necesitar que nadie lo haga. Hay una clase de superioridad mucho más sofisticada: aquella que no necesita demostrar que existe. Y quizá esa sea la única que merece llamarse altura.
Al final, por mucho que algunos se empeñen en caminar sobre nubes, todos seguimos teniendo los pies en el mismo suelo. Lo que cambia no es la altura desde la que miramos a los demás, sino la educación con la que decidimos hacerlo.




