Nos hemos acostumbrado demasiado a pedir permiso para vivir. A consultar, explicar, justificar y, en ocasiones, hasta negociar nuestras propias decisiones como si existiera una autoridad externa encargada de aprobar la vida que queremos llevar. Hemos aprendido a confundir lo correcto con lo esperado, el éxito con aquello que otros reconocen como exitoso y el respeto con la capacidad de ajustarnos perfectamente a un molde que, muchas veces, ni siquiera elegimos.
Durante generaciones hemos heredado formas de entender la vida, el trabajo, la familia, el amor, el dinero, el éxito y hasta la manera en que debemos presentarnos ante los demás. Hay valor en todo aquello que recibimos y que merece ser conservado, por supuesto, pero honrar un legado no significa convertirse en una copia de quienes estuvieron antes. También puede significar tomar lo aprendido, cuestionarlo cuando sea necesario y decidir qué parte de esa historia queremos llevar con nosotros. La tradición puede ser una raíz, pero no debería convertirse en una jaula.
Pienso que la vida es un regalo precisamente porque también es una posibilidad. Se nos entrega una existencia que, dentro de nuestras circunstancias y responsabilidades, podemos dibujar, moldear y transformar de acuerdo con nuestros valores. No se trata de vivir ignorando al mundo ni de convertir el deseo individual en una excusa para hacer daño a quienes nos rodean. Se trata de reconocer que tenemos derecho a construir una vida que nos resulte propia, incluso cuando no se parece demasiado a la que otros habían imaginado para nosotros.
Quizá uno de los mayores privilegios de crecer sea descubrir que no todo lo que vemos tenemos que repetirlo. Podemos observar otras vidas, experimentar sus ritmos, admirar determinadas decisiones y aprender de sus consecuencias sin convertirlas automáticamente en instrucciones para la nuestra. Hay cosas que incorporaremos, otras que rechazaremos y algunas que necesitaremos transformar con el tiempo. Evolucionar también es una forma de tomar responsabilidad sobre quién queremos ser.
La vida, además, no consiste únicamente en respirar, trabajar, cumplir y avanzar hacia la siguiente casilla. También es una expresión. Está en la casa que elegimos, en la ropa que llevamos, en la manera en que organizamos nuestros días, en las personas que dejamos entrar, en aquello que decidimos hacer con nuestro tiempo y hasta en los pequeños placeres que nos permitimos disfrutar sin necesidad de convertirlos en productividad.
Resulta sorprendentemente fácil caer en la necesidad de parecer correcto y aceptable para todo el mundo. Por eso existe cierta belleza en aprender a reconocer los ritmos propios y saborearlos sin culpa. Dejarse acompañar está muy bien; escuchar, aprender y compartir también. Pero una compañía nunca debería convertirse en una cadena. Al final, vivir bien también consiste en saber quién eres cuando dejas de esperar que alguien más te dé permiso para serlo.





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