Muchas han sido las satisfacciones que hemos recibido tras la realización de los Juegos Centroamericanos y del Caribe Santo Domingo 2026. Las medallas, los récords y las historias de nuestros atletas nos han devuelto, una vez más, ese orgullo que sentimos cuando uno de los nuestros subió al podio.
Pero detrás de cada medalla hay historias que merecen ser contadas. Historias de sacrificio, incertidumbre y, en algunos casos, de abandono. Historias de atletas que lo dieron todo a cambio de muy poco. Ese es el caso de la velocista Estrella D’Aza, quien conquistó dos medallas de oro en estos Juegos sin haber contado durante años con el respaldo del programa estatal destinado a los atletas de alto rendimiento.
Su historia es digna de admiración, pero también debería provocar una profunda reflexión. Está marcada por la resiliencia, la disciplina y, sobre todo, por un compromiso que no dependió únicamente de un apoyo económico.
Desde 2019, Estrella no recibía respaldo del Programa de Apoyo a los Atletas de Alto Rendimiento, Nuevos Valores e Inmortales del Deporte (PARNI), que otorga el Ministerio de Deportes y Recreación. Siete años trabajando por cuenta propia. Siete años sosteniendo un sueño con el respaldo fundamental de sus padres, quienes siguieron creyendo en el talento que Dios había puesto en ella.
Y aquí surge una pregunta inevitable: ¿por qué fue sacada del programa? La decisión llegó después de una mala racha que la dejó fuera del equipo que representaría al país en los Juegos Panamericanos de Lima 2019. Paradójicamente, quizás fue precisamente entonces cuando más necesitaba apoyo: cuando una derrota podía convertirse en el impulso para levantarse, corregir el rumbo y prepararse para el próximo desafío. Pero ocurrió lo contrario. La decisión golpeó sus bolsillos y convirtió su preparación en una lucha mucho más difícil.
La hizo pensar incluso en el retiro, en abandonar una carrera que apenas comenzaba a escribir sus mejores capítulos. “Yo estaba destrozada. Me decían que me retirara, que ya lo había dado todo. Me hizo mucho daño mentalmente estar fuera del equipo y tener que hacer hasta lo imposible para poder costear mis entrenamientos y mi alimentación. Solo recibía el apoyo de la ‘Guardia’ y hasta de eso, en un momento, me quisieron sacar”, reveló la corredora al Listín Diario.
Estrella, sin embargo, no se retiró, siguió corriendo, entrenando y sobre todo siguió creyendo. Y hoy, después de conquistar dos medallas de oro, vuelve a recibir el respaldo del PARNI, gracias al decreto presidencial que dispone la inclusión de todos los medallistas de Santo Domingo 2026 en ese programa.

Qué bueno que así sea. Pero sería un error quedarnos únicamente con la celebración. Porque la historia de Estrella D’Aza debería servir como un llamado de atención a las autoridades y, especialmente, a quienes tienen bajo su responsabilidad diseñar y ejecutar las políticas públicas deportivas.
¿Cuántos talentos habremos perdido porque no tuvieron padres que pudieran sostenerlos? ¿Cuántos atletas habrán abandonado sus sueños porque no pudieron pagar un entrenamiento, una alimentación adecuada o un viaje a una competencia?
Estrella tuvo la fortaleza para resistir, pero no todos pueden hacerlo. Hoy celebramos sus dos medallas de oro; sin embargo, también debemos preguntarnos qué habría ocurrido si hubiese tomado aquella decisión que, en algún momento, parecía inevitable: la de retirarse.
El deporte de alto rendimiento no puede funcionar bajo la lógica de “apoyar al que ya triunfó”. El compromiso consiste en respaldar al atleta cuando está luchando, cuando pierde, cuando duda, cuando queda fuera de una selección y cuando más necesita que alguien le diga “sigue adelante”.
Porque las medallas no aparecen de la nada. Se construyen durante años de sacrificio, muchas veces en silencio y lejos de los reflectores.
Ojalá la historia de Estrella D’Aza sirva para algo más que recordar sus dos medallas de oro. Ojalá sirva para que nunca más nuestros atletas tengan que mendigar un apoyo que debería ser parte de una política pública seria, permanente y digna.
Porque cuando una estrella está a punto de apagarse, el deber de las instituciones no debería ser esperar a verla brillar otra vez. Debería ser ayudarla a no apagarse.



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