Hay fenómenos culturales que uno puede observar desde la distancia que dan los años. No para juzgar, sino para entender cómo vamos cambiando como sociedad. «La casa de Alofoke», ese reality que ha captado la atención de miles de jóvenes en República Dominicana y fuera del país, es uno de ellos. Desde mi condición de adulto mayor y gestor cultural, descubro en este proyecto una ventana hacia la manera en que las nuevas generaciones se relacionan con el entretenimiento, la fama y, sobre todo, con la tecnología.
No es la primera vez que el país se apasiona por un reality show. Pero sí es la primera vez que uno se transmite 24 horas, exclusivamente por YouTube, y donde la audiencia no es solo espectadora, sino participante directa a través de mensajes pagados, votos digitales y un involucramiento constante. Es un espectáculo que no duerme, y que no requiere de la televisión tradicional para sostenerse. Eso, para quienes crecimos con canales de aire y horarios fijos, ya es una revolución.
Observando el programa, noto algo que me llama profundamente la atención: la conversación nacional se ha desplazado a los teléfonos y a las redes. La verdadera competencia no está entre los participantes, sino entre las interpretaciones que el público hace de cada gesto. La dinámica del reality se convierte en un espejo donde millones se ven y opinan. Lo que antes ocurría en los colmados, los barrios y las salas de las casas, hoy ocurre en los comentarios de YouTube y en los cortes que circulan por TikTok.
Como hombre de la vieja guardia, uno pudiera caer en la tentación de decir que «los tiempos están cambiando para mal», pero la cultura nunca se detiene, solo se transforma. Y en este caso, lo que veo es a una nueva generación que ha convertido la espontaneidad, la polémica y la convivencia en contenido monetizable. Me preocupa, sí, la velocidad con que se consumen emociones fuertes, las horas de exposición pública y cómo la fama instantánea sustituye en ocasiones el esfuerzo a largo plazo. Pero también reconozco que esto es parte del ecosistema digital en el que viven nuestros jóvenes: dinámico, intenso, global.
«La casa de Alofoke» es un negocio inteligente. Ha logrado capitalizar la atención colectiva, la participación del público y el deseo de los influencers de ganar visibilidad. Pero más que un negocio, es un síntoma cultural: muestra cómo los códigos urbanos, el lenguaje callejero y la identidad digital han llegado a convertirse en una nueva forma de narrarnos como país.
Desde mi generación, crecimos consumiendo culturas importadas. Hoy, sin embargo, la juventud dominicana produce su propio contenido, crea modelos propios de entretenimiento y exporta su propia estética. Tal vez eso sea lo más positivo del fenómeno: la demostración de que República Dominicana ya no solo mira al mundo, sino que el mundo también nos mira a nosotros.
No sé si me apasiona el formato. No sé si lo vería diariamente. Pero sí sé que, como gestor cultural y como hombre de la tercera edad, me interesa entenderlo. Porque entender lo que miran, consumen y celebran nuestros jóvenes es una forma de entender hacia dónde se mueve el país. Y, al final, toda generación tiene derecho a construir sus propios escenarios, aunque estos nos parezcan ruidosos, acelerados o impredecibles.
Lo importante es que la conversación cultural sigue viva. Y mientras eso ocurra, seguiremos aprendiendo los unos de los otros, sin importar la edad.


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