Durante años, muchas decisiones urbanas fueron tomadas como si la ciudad permanecería igual. Se autorizaron accesos, salidas comerciales, giros, cruces, estacionamientos, edificaciones y cambios de uso sin medir lo que ocurriría cuando aumentaran la población, el parque vehicular y la intensidad de las actividades económicas.
Algunas de esas decisiones no provocaron consecuencias inmediatas. Una entrada mal ubicada podía funcionar cuando circulaban pocos vehículos. Una plaza con estacionamientos insuficientes parecía manejable mientras el sector tenía baja densidad. Un colegio, una clínica o un supermercado podían operar sin mayores contratiempos porque la calle todavía soportaba su movimiento.
Diez o quince años después, la realidad es completamente distinta. Aquello que parecía un detalle aislado hoy puede ser el punto donde comienza un congestionamiento diario. La salida de una plaza bloquea una intersección; el acceso a una torre interrumpe el flujo; un comercio ocupa la acera porque nunca se previó espacio para carga y descarga; una actividad aprobada como pequeña creció hasta desbordar la capacidad de su entorno.
Estos problemas no surgieron espontáneamente. Muchos tienen detrás un permiso municipal, una inspección insuficiente, una excepción concedida o una falta de planificación. Por eso, la responsabilidad de los ayuntamientos no puede limitarse a evitar nuevos errores. También deben revisar las distorsiones existentes y comenzar a ordenar aquello que, aun habiendo sido autorizado, hoy afecta gravemente la movilidad y el espacio público.
Corregir no significa desconocer derechos adquiridos ni actuar de manera arbitraria. Significa evaluar la operación actual de cada punto crítico y establecer medidas razonables de mitigación. Hay accesos que pueden reorganizarse, horarios de carga que deben regularse, giros que necesitan prohibirse, estacionamientos que deben recuperarse y actividades cuyo funcionamiento tiene que adecuarse a la capacidad real de la vía.

Para hacerlo se necesita un inventario municipal de distorsiones urbanas. Cada ayuntamiento debería identificar las intersecciones conflictivas, los accesos comerciales que generan filas, las construcciones que invaden visuales de seguridad, los centros que producen estacionamiento irregular y los puntos donde decisiones antiguas afectan la circulación actual.
Ese levantamiento debe apoyarse en observación, datos y consulta con quienes viven diariamente el problema. Los agentes de tránsito conocen dónde se repite el caos. Los residentes saben a qué horas una calle deja de funcionar. Los comerciantes conocen las dificultades de abastecimiento. Esa información debe convertirse en decisiones municipales concretas, con plazos, responsables y seguimiento.
La planificación no puede servir únicamente para diseñar el futuro. También debe ayudarnos a corregir el pasado.
Es fácil atribuir toda la crisis vial a la cantidad de vehículos o al comportamiento de los conductores. Esa explicación resulta incompleta. La ciudad también se congestiona por la acumulación de decisiones públicas que nunca fueron revisadas. Cuando una distorsión permanece durante años, termina siendo asumida como normal, aunque diariamente reste seguridad, tiempo y calidad de vida.
Los ayuntamientos tienen la oportunidad de iniciar una corrección gradual, técnica y transparente. No todo podrá resolverse de inmediato, pero sí puede establecerse un orden de prioridades y comenzar por los puntos de mayor impacto.
Dejar intactos esos puntos críticos equivale a permitir que una decisión antigua continúe multiplicando sus efectos negativos sobre toda la ciudad con cada día.
Gobernar una ciudad también es reconocer cuándo una decisión dejó de funcionar. Los permisos explican cómo llegamos hasta aquí; la planificación y la autoridad municipal deben definir cómo comenzamos a salir.


