La sala de prensa virtual vibra con la expectativa que antecede a los grandes lanzamientos cinematográficos. Del otro lado de la pantalla, conectados desde sus oficinas en Los Ángeles, los guionistas y productores Rashida Jones y Will McCormack son recibidos por una representación de corresponsales de diferentes países del mundo. El motivo de la cita es The Invite, su más reciente y elogiada obra cinematográfica, una pieza de cámara que examina con lupa de cirujano y altas dosis de ironía los entresijos, desgastes y resiliencias del amor contemporáneo.
La película, que representa la sexta adaptación mundial de la aclamada obra original del autor español Cesc Gay —conocida en su versión ibérica como Sentimental o Los vecinos de arriba—, logra un milagro inusual: trasladar la rigidez y la agudeza del teatro de bulevar a una comedia de costumbres vibrante, profundamente americana y cargada de una urgencia existencial que resuena de inmediato en el espectador.
A lo largo de la conferencia, moderada con precisión quirúrgica, los periodistas internacionales interrogaron a los creadores sobre el meticuloso proceso de escritura, la influencia de la era digital y terapéutica en las parejas de hoy, y la monumental labor de orfebrería que supuso moldear un libreto junto a un elenco estelar encabezado por Penélope Cruz y bajo la batuta de la directora Olivia Wilde.
El periplo de preguntas comenzó con una interrogante desde Australia planteada por la crítica Nadine Whitney, quien puso sobre la mesa la especificidad cultural de la pieza y cómo esta se amolda al público norteamericano. La respuesta de Jones no tardó en perfilar el tono intelectual y a la vez cotidiano que impregna el filme.
«Es una excelente pregunta», reflexionó Jones con una sonrisa cómplice. «No puedo hablar por otras culturas, pero creo que los estadounidenses —especialmente las personas de nuestra edad que llevan mucho tiempo en relaciones de pareja— estamos obsesionados con la noción de que podemos, o debemos, mejorar nuestros vínculos. Y que hay un margen constante para hacerlo, especialmente a través de los podcasts».

Para la guionista, el consumo masivo de consejos psicológicos se ha convertido en el nuevo termómetro social de la clase media urbana. «La terapia moderna proviene hoy de la cultura del podcast. La gente pasa el tiempo en los trayectos al trabajo, sentada en el metro, escuchando a expertos en relaciones decirles cómo navegar por la disfunción en su propio hogar. Eso se siente muy típicamente estadounidense. Era muy personal para Will y para mí, ya que vivimos en Los Ángeles y pasamos mucho tiempo en el carro escuchando este tipo de contenidos».
McCormick secundó la tesis aludiendo a los referentes terapéuticos que pueblan el imaginario colectivo actual. «Hay algo en estos terapeutas increíbles como Esther Perel, Terry Real o los especialistas de Couples Therapy. Todos digerimos a estas mentes brillantes y examinamos nuestras relaciones, cómo vivimos y lo difícil que es mantener un vínculo a largo plazo. Era algo que flotaba en el ambiente cultural».
Asimismo, Jones destacó cómo el guion aborda las nuevas arquitecturas afectivas que desafían la monogamia tradicional. «Esta fascinación por las estructuras poliamorosas y los polímeros… Han aparecido libros y ensayos enteros sobre lo que significa estar en una relación moderna cuando todos los roles tradicionales cambian: la crianza compartida, mujeres que trabajan y hombres que no, el cuidado de los hijos. Todo esto resultaba sumamente fértil para la conversación y la experimentación dramática».
El proceso creativo
Abordar una obra teatral con múltiples adaptaciones previas en el cine mundial representaba un riesgo considerable. Sin embargo, el respeto por el material de origen de Cesc Gay sirvió como cimiento sólido para que Jones y McCormack edificaran una estructura propia.
Ante la consulta de Caio Pimenta, desde Brasil, sobre la evolución del guion durante los ensayos, McCormack reconoció la magnitud del desafío y el lujo que supuso colaborar con intérpretes de la talla de Penélope Cruz.

«Cuando Penélope entra en la sala de ensayos, piensas: “Penélope Cruz está aquí”. Así que adaptas la película a una de las mejores actrices de todos los tiempos», confesó McCormack. «Todos ellos pudieron aportar sus idiosincrasias, sus historias personales y un talento prodigioso, y nosotros esculpimos los roles específicamente para ellos. Pero lo cierto es que el material original de Cesc es tan fuerte, y habíamos trabajado en el guion durante un año entero antes de pisar el estudio, que conocíamos perfectamente la estructura básica de cómo debía funcionar».
Jones complementó explicando la dinámica de retroalimentación con los actores: «Tuvimos una semana entera donde todos descargaron sus ideas y vivencias personales. Nunca decimos que no a eso, porque es la mejor inspiración para escribir. Luego, Will y yo hacíamos el cálculo matemático de integrar el guion: regresar para discernir si la estructura era lo suficientemente sólida como para sostener esas nuevas ideas, dónde encajarían, cómo transicionarían y si mantenían el ritmo temático».
Uno de los aspectos más elogiados por la crítica internacional es el uso magistral del espacio cerrado y los silencios elocuentes, un rasgo que emparenta a The Invite con la dramaturgia clásica, recordándonos a autores como Tom Stoppard, tal como apuntó la crítica nigeriana Judita DaSilva.
Cuestionados por Catherine Medina sobre si los silencios estaban calculados desde el papel o surgieron en el set, Jones fue categórica: «El final de la película siempre fue intencionalmente silencioso: él toca el piano, y eso en sí mismo es el diálogo. Mucho se encuentra también en la producción y el montaje. El diálogo solo importa cuando tienes un compás para procesarlo, y esta es una película con muchísimas líneas habladas, muy densa verbalmente. Necesitas momentos de reposo donde puedas pensar en lo que está pasando y tomar un respiro».
Por su parte, McCormack destacó la capacidad expresiva de los actores al escuchar. «Hay tanto hablar que, cuando no hablan, realmente importa. Ver la cámara fija en Edward o en Penélope registrando sus reacciones demuestra que están diciendo mucho incluso en silencio. Eso es testimonio puro del talento del reparto».

El diseño de producción, a cargo de la legendaria Jade Healy, también ocupó un espacio central en la charla. Al responderle a Patrick Mullen sobre la utilización de las diferentes estancias de la casa para alimentar la tensión dramática, Jones reveló el simbolismo detrás del espacio de trabajo de Joe:
«Pensamos en ese estudio suspendido en medio del apartamento como una especie de caja caliente. Está contenido, pero no del todo; es un reflejo simbólico de Joe. No puede ni fumar marihuana ahí porque no hay suficiente privacidad. Ha metido todo su desorden, su acaparamiento y su caos mental en esa única habitación».
El piano como manifiesto
Hacia el tramo final de la rueda de prensa, la crítica Kelley Carter interrogó a los guionistas sobre la génesis del desenlace de la historia y el icónico momento al piano. Lejos de ser un agregado de última hora, los creadores confirmaron que esa escena intocable constituyó la brújula narrativa desde el primer día.
«En un matrimonio, no tienes que ser perfecto, no tienes que ser bueno, pero sí tienes que intentarlo. Queríamos que Joe hiciera un esfuerzo, y pensamos que eso encarnaría de manera hermosa cuando se sienta al piano». — Will McCormack, guionista.
Jones añadió que el epílogo fue sometido a numerosas revisiones antes de dar con el tono exacto. «Lo escribimos probablemente unas 12 veces. Queríamos que fuera un cierre agudo, repentino, desgarrador y seco. Gira en un centavo, lo cual es audaz, pero funciona».
Hacia el cierre del encuentro, ante la pregunta de Jeanne Prisyazhnaya sobre la longevidad de su alianza creativa —que se extiende por más de dos décadas y media de amistad inquebrantable—, los guionistas reflexionaron sobre cómo ha mutado su forma de crear.
«Hemos sido mejores amigos, como hermanos, durante 27 años», concluyó McCormack con visible afecto. «Cuando éramos más jóvenes, escribíamos sobre la angustia del amor; ahora escribimos sobre la angustia de la vida. Estos personajes están en la mitad de su camino vital, y este proyecto nos encontró en el momento exacto».
The Invite se perfila así no solo como un ejercicio cinematográfico de altura, sino como un espejo sin concesiones donde la audiencia contemporánea puede mirarse, reconocerse, sonreír ante sus propias neurosis y, tal vez, atreverse a pulsar de nuevo las teclas olvidadas de la empatía.


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