21/01/2026
Entre Cultura y Nación

Mis pensamientos mandan

En los barrios, en las escuelas, en los colmados, en los ensayos de música, en las guaguas públicas y hasta en los pasillos de las instituciones, se repite una frase sin que nos demos cuenta: «Yo no puedo». Y lo más grave no es decirla… es creerla.

Porque hay una verdad que pocas veces se trabaja desde la cultura, pero que vive en ella todos los días: los pensamientos no son neutros, los pensamientos mandan. Dirigen el ánimo, empujan las decisiones, modelan el carácter y, con el tiempo, terminan diseñando el destino.

Cuando una persona se repite todos los días que no sirve, que no es capaz, que «eso no es para gente como uno», va construyendo una jaula invisible. Nadie la ve, pero aprieta. Nadie la toca, pero pesa. Y desde ahí, aunque tenga talento, oportunidades o apoyo, camina como quien ya perdió antes de empezar. Se autocensura. Se achica. Se apaga.

En cambio, cuando en medio de la dificultad alguien se dice: «No está fácil, pero yo puedo», ocurre algo distinto. No se resuelve todo de una vez, pero se enciende un motor. Aparece la voluntad. Se despierta la creatividad. Se activa la búsqueda. El pensamiento se vuelve machete abriendo camino.

Nuestra cultura dominicana está llena de ejemplos. Gente que salió de patios de tierra, de escuelas sin instrumentos, de barrios sin bibliotecas, y aun así pensó distinto. Pensó que su voz valía, que su ritmo importaba, que su historia merecía ser contada. Y porque lo pensó, lo trabajó. Y porque lo trabajó, lo logró.

El merengue típico, el hip hop de los barrios, la bachata que fue marginada, la literatura comunitaria, los grupos culturales populares, los gestores que levantan proyectos sin casi recursos… todo eso nació primero en una cabeza que se negó a aceptar el «no se puede». Antes de ser tarima fue idea. Antes de ser movimiento fue pensamiento. Antes de ser aplauso fue fe.

Por eso hoy más que nunca necesitamos una pedagogía del pensamiento. Enseñar en la casa, en la escuela y en la calle que pensar también es un acto cultural. Que así como se aprende a tocar tambora, a escribir décimas o a bailar, también se aprende a hablarse a uno mismo. A corregirse. A impulsarse. A no maldecirse todos los días.

No se trata de fantasía barata ni de positivismo vacío. Se trata de entender algo profundo y práctico: nadie construye con los pies un camino que su mente ya destruyó. Nadie levanta un proyecto si internamente se repite que va a fracasar. Nadie defiende su identidad cultural si primero se convence de que no vale.

Si pienso continuamente que no puedo, eso será exactamente lo que pase: no podré.
Si pienso, aun con miedo, que sí puedo, comienzo a buscar la forma.
Y cuando uno busca la forma, la cultura aparece.
Y cuando la cultura aparece, la transformación se vuelve posible.

Porque al final, en lo personal y en lo colectivo, hay una ley sencilla que deberíamos repetir más en voz alta, en los barrios y en las políticas culturales, en los proyectos y en la crianza: mis pensamientos mandan… y yo decido quién manda en mí.

Artículo escrito por Andrés Mejía Yépez

Abogado y gestor cultural.

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