«Lo difícil se consigue con esfuerzo, lo imposible con inteligencia. La templanza es el mayor de los tesoros». Estas sentencias atribuidas a Tales de Mileto, uno de los primeros filósofos de la historia occidental, parecen escritas para un mundo muy distinto al nuestro. Sin embargo, su vigencia resulta asombrosa. En una época dominada por la prisa, el ruido digital y la obsesión por el éxito inmediato, estas ideas ofrecen una brújula cultural y ética que merece ser revisitada.
Vivimos en una sociedad que exalta el resultado, pero pocas veces reflexiona sobre el proceso. El esfuerzo, entendido no solo como trabajo físico sino como disciplina interior, ha perdido prestigio frente a la inmediatez. Tales nos recuerda que lo difícil no es imposible: requiere constancia, paciencia y sacrificio. Esta idea, profundamente cultural, conecta con tradiciones populares donde el aprendizaje se transmitía de generación en generación: el campesino que labra la tierra, el artesano que perfecciona su oficio, el músico que ensaya hasta dominar su instrumento. En todos ellos, el esfuerzo no era una carga, sino una forma de dignidad.
Pero Tales va más allá. Afirma que lo imposible se logra con inteligencia. Aquí no habla de astucia superficial ni de ventajas tramposas, sino de la capacidad humana para pensar, crear y transformar la realidad. La inteligencia, en su sentido más amplio, es imaginación, estrategia, sensibilidad y comprensión del contexto. Culturalmente, esta afirmación interpela a sociedades como la nuestra, donde muchas veces se confunde inteligencia con títulos o acumulación de datos, olvidando que pensar críticamente es un acto revolucionario. Resolver lo «imposible» implica cuestionar lo dado, encontrar caminos nuevos y romper inercias históricas.
Esta reflexión cobra especial fuerza en países con profundas desigualdades sociales. Para muchos, lo imposible no es una abstracción filosófica, sino una experiencia cotidiana. Acceder a la educación, a la cultura, a una vida digna suele presentarse como un sueño inalcanzable. Tales nos invita a no resignarnos: el ingenio colectivo, la creatividad comunitaria y la inteligencia aplicada al bien común pueden convertir lo imposible en proyecto. No se trata de negar las dificultades, sino de enfrentarlas con pensamiento y organización.
Sin embargo, la frase más profunda de Tales quizá sea la última: «La templanza es el mayor de los tesoros». En una cultura que glorifica el exceso —de consumo, de opinión, de exposición— la templanza parece una virtud anticuada. Pero es precisamente hoy cuando más la necesitamos. La templanza es equilibrio, mesura, autocontrol; es saber cuándo hablar y cuándo callar, cuándo avanzar y cuándo esperar. Es una forma de sabiduría silenciosa que protege al individuo y a la sociedad del desgaste moral.
Desde una perspectiva cultural, la templanza es resistencia. Resistencia frente a la violencia verbal, al fanatismo político, al éxito vacío. Es la capacidad de sostener principios sin estridencias, de crear sin destruir, de disentir sin odiar. En el arte, en la política y en la vida cotidiana, la templanza permite que el talento no se convierta en soberbia y que la pasión no derive en caos.
Tales de Mileto no nos ofrece recetas rápidas ni consignas motivacionales. Nos propone una ética de vida basada en el equilibrio entre esfuerzo, inteligencia y moderación. Tal vez ahí radique su grandeza cultural: recordarnos que el verdadero progreso no es solo material, sino humano. En tiempos de incertidumbre, volver a estas ideas no es un ejercicio académico, sino un acto de responsabilidad cultural. Porque sin templanza, incluso los grandes logros pueden perder su sentido; y sin inteligencia ni esfuerzo, ninguna sociedad puede aspirar a un futuro verdaderamente justo.





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