En los últimos años, las consultas psicológicas han recibido un creciente número de padres preocupados por la aparente frialdad emocional de sus hijos adolescentes. Al consultorio llegan familias que describen a jóvenes distantes, inexpresivos, indiferentes ante situaciones que antes despertaban entusiasmo o interés. Estos adolescentes no necesariamente presentan conductas disruptivas; más bien, parecen desconectados del mundo emocional que los rodea. Sin embargo, lejos de ser un rasgo superficial, esta baja emotividad suele esconder un universo interno cargado de tensiones, miedos y mecanismos de defensa.
En mi consulta he podido observar que algunos adolescentes no son fríos por indiferencia, sino por supervivencia emocional. Diversas reflexiones contemporáneas sobre neuropsicología del desarrollo explican que, durante la adolescencia, el cerebro está atravesando una reorganización profunda. En este proceso, las áreas responsables de la regulación emocional se encuentran especialmente vulnerables. Cuando un adolescente percibe el entorno como amenazante —ya sea por presiones familiares, exigencias académicas, conflictos sociales o experiencias de rechazo—, su sistema nervioso puede responder desconectándose afectivamente como una forma de protección.
Uno de los fenómenos más frecuentes es que estos adolescentes suelen presentar un discurso racionalizado. He podido observar que algunos consultantes jóvenes describen sus emociones como si fueran conceptos ajenos, sin conexión con la experiencia interna. Este tipo de distanciamiento emocional, estudiado ampliamente en la psicología del estrés, aparece cuando el cerebro prefiere intelectualizar el malestar antes que enfrentarlo. Es una estrategia adaptativa: sentir menos para sufrir menos.
Al consultorio llegan también padres que confunden esta baja emotividad con apatía o desinterés. Sin embargo, la evidencia clínica sugiere que muchas veces detrás de esa aparente frialdad hay un cúmulo de emociones no expresadas: tristeza que no encuentran cómo verbalizar, frustración acumulada o una profunda sensación de no ser comprendidos. La psicología contemporánea señala que cuando un joven siente que su mundo emocional será invalidado o juzgado, opta por guardarlo en silencio.
Otro elemento clave es el impacto de la tecnología. He podido observar que algunos adolescentes pasan grandes cantidades de tiempo conectados a pantallas, lo que favorece una comunicación rápida pero superficial. La sobreexposición a estímulos digitales —veloces, inmediatos y altamente gratificantes— reduce su capacidad para conectar con emociones más profundas y sostenidas. Esto coincide con estudios recientes que muestran que el cerebro joven, saturado de información, se vuelve menos hábil para interpretar señales afectivas reales.
Asimismo, algunos adolescentes fríos desarrollan un estilo de desconexión emocional como respuesta a experiencias previas de dolor, humillación o crítica. La neurobiología del trauma ha demostrado que, ante ciertas vivencias, el sistema nervioso puede optar por «apagar» la expresión emocional para evitar que el sufrimiento vuelva a activarse. No es una elección consciente, sino un mecanismo automático.
En mi consulta he podido observar que, cuando se crea un espacio seguro, estos adolescentes comienzan a mostrar pequeñas señales de apertura: una expresión distinta, un comentario emocional, un gesto de vulnerabilidad. Es entonces cuando resulta evidente que la frialdad no era ausencia de emociones, sino una coraza.
El trabajo terapéutico con estos jóvenes implica paciencia, comprensión y un enfoque que combine mente y cuerpo. La psicología actual insiste en que el adolescente necesita sentirse visto para poder expresar lo que siente. La clave no es forzarlo a hablar, sino acompañarlo para que descubra, a su propio ritmo, que puede conectar con su mundo interno sin ponerse en riesgo.
En un ambiente social que exige rapidez, fortaleza y autosuficiencia, la baja emotividad puede convertirse en una estrategia de protección. Pero también puede transformarse en un aislamiento emocional que afecte el desarrollo personal. El desafío de padres, educadores y profesionales es comprender que detrás de un adolescente frío suele haber una historia que pide ser escuchada. Y que, con acompañamiento adecuado, esa frialdad puede dar paso a una emotividad sana, auténtica y profundamente humana.





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