En un momento histórico en el que lo inmediato domina la atención y lo tangible parece tener más peso que lo espiritual, la idea de creer en algo mayor a nosotros —llámese Dios, destino, universo, energía o propósito trascendente— puede sonar fuera de lugar en un entorno clínico. Sin embargo, cada vez es más evidente, tanto en el ámbito terapéutico como en la neurociencia emocional, que la conexión con algo que nos trasciende puede ser un pilar fundamental en la salud mental.
En mi experiencia en el consultorio, he acompañado a muchas personas atravesando crisis profundas —depresiones, duelos, enfermedades, ansiedades existenciales— y he podido comprobar cómo aquellas que mantienen una creencia en algo superior no solo sufren de manera diferente, sino que encuentran sentidos donde otros solo ven vacío. No se trata necesariamente de religiosidad, sino de espiritualidad en el sentido más amplio: la certeza interna de que hay algo más grande que la propia circunstancia.
Numerosos estudios han mostrado que la fe, el sentido de propósito o la conexión espiritual reducen los niveles de cortisol y modulan áreas cerebrales implicadas en la percepción del dolor y el miedo. En términos simples, creer en algo más allá de uno mismo permite reencuadrar el sufrimiento, darle un contexto, integrarlo en una narrativa mayor.
“He aprendido a confiar en que todo esto tiene un sentido, aunque ahora no lo vea”, me decía un consultante tras un difícil divorcio. Esta frase, tan humana como poderosa, le permitió transitar el duelo sin caer en la desesperanza. Su fe —no en una religión específica, sino en un orden superior de la vida— fue su salvavidas emocional.
Cuando una persona cree que su vida forma parte de algo más grande, cambia su postura ante la adversidad. Aparece la capacidad de rendirse, no como renuncia, sino como aceptación profunda. El sistema nervioso, en lugar de mantenerse en alerta constante, se permite bajar la guardia. El cuerpo interpreta esa entrega como una señal de que no está solo, de que hay algo que lo sostiene.

La sensación de trascendencia también se ha vinculado a una mayor resiliencia. Personas con creencias espirituales profundas tienden a mostrar más fortaleza ante la adversidad y una mayor capacidad de perdón, gratitud y compasión. Todo esto contribuye, según las investigaciones, a un mayor equilibrio emocional y una menor incidencia de recaídas en trastornos depresivos.
En el consultorio, suelo observar que quienes han perdido toda creencia en lo trascendente se enfrentan con más dificultad a los grandes vacíos existenciales. La pregunta “¿para qué seguir si nada tiene sentido?” aparece con más frecuencia. En cambio, aquellos que mantienen vivo un vínculo con lo espiritual —aunque no siempre sepan definirlo— suelen transitar sus crisis con un marco más contenedor.
La neurociencia también ha comenzado a estudiar este fenómeno. Se ha comprobado que la práctica espiritual o la oración activa áreas cerebrales relacionadas con la empatía, la autorregulación y la conexión interpersonal. Además, genera estados de calma similares a los que se observan en la meditación profunda. El cerebro, literalmente, se transforma cuando se conecta con lo trascendente. Y aunque desde lo científico aún hay mucho por investigar, desde lo humano, los resultados son evidentes. Las creencias que conectan a una persona con algo superior no eliminan el dolor, pero lo transforman. No evitan la caída, pero suavizan el golpe.
En un tiempo que a menudo ridiculiza lo intangible, quizás sea hora de volver a mirar hacia dentro y hacia arriba. No como una evasión, sino como un ancla. Porque cuando todo parece perder sentido, la posibilidad de que haya algo más —algo que nos guíe, que nos sostenga, que nos trascienda— puede ser la línea delgada entre rendirse… o seguir adelante.
¿Y si no estamos solos en esta batalla interna? ¿Y si, aunque no lo veamos, hay algo mayor que también camina con nosotros? A veces, basta con creerlo… para empezar a sanar.
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