Vivir en condominio debería ser una experiencia de orden, tranquilidad y convivencia armónica. En teoría, es el espacio donde convergen seguridad, organización y vida comunitaria. En la práctica, basta una conducta fuera de lugar para transformar ese ideal en un entorno cargado de tensiones, silencios incómodos, grupos de WhatsApp incendiados y asambleas que parecen tribunales.
Lo curioso es que no hacen falta grandes conflictos. Casi siempre todo comienza con pequeñas acciones que algunos consideran irrelevantes, pero que se van acumulando hasta romper la paciencia colectiva. Taladrar paredes a cualquier hora, mover muebles en la madrugada o colocar música a volumen excesivo bajo el argumento de que «esto es mío» ignora una verdad elemental, y es quecuando se vive en comunidad, el derecho individual tiene límites claros. El descanso del vecino también cuenta.
Luego aparecen las áreas comunes convertidas en extensión del apartamento. Pasillos que se transforman en depósitos improvisados, escaleras ocupadas por bicicletas, lobbies utilizados como parque infantil o parqueos apropiados sin autorización. Nada deteriora más la convivencia que asumir como propio lo que pertenece a todos. Ese pequeño gesto de apropiación es, muchas veces, el primer paso hacia el conflicto abierto.
La situación se agrava cuando entran en escena las mascotas sin una tenencia responsable. Perros que ladran sin descanso, heces abandonadas en jardines y aceras, paseos sin correa y olores persistentes en espacios compartidos generan un desgaste silencioso pero profundo. Amar a los animales es legítimo, imponerlos a los demás no lo es. La convivencia exige equilibrio entre el afecto personal y el respeto colectivo.
A esto se suma el desorden vehicular interno: bloquear garajes, ocupar parqueos ajenos o estacionarse en doble fila «solo un momentico». Son acciones que parecen triviales, pero que comunican desprecio por el tiempo y la comodidad del otro. En los condominios, el tránsito también es convivencia.
Curiosamente, muchos descubren el reglamento interno únicamente cuando algo les afecta directamente. Mientras tanto, lo ignoran con notable facilidad. Las normas no existen para adornar carpetas; son acuerdos mínimos que permiten la vida común. Violarlas selectivamente es una forma elegante de sembrar discordia.
Otro punto sensible es el mantenimiento. Pretender seguridad, limpieza y servicios eficientes sin cumplir con la cuota correspondiente traslada la carga económica al vecino. Esa inequidad no solo afecta las finanzas del condominio; erosiona la confianza y genera resentimientos difíciles de sanar.
También resulta frecuente convertir la vivienda en un negocio informal sin medir consecuencias; alquileres de corta duración sin control, talleres improvisados, ventas desde el apartamento o actividades comerciales encubiertas. Cada una de estas prácticas altera la naturaleza residencial del espacio y rompe el frágil equilibrio del entorno.
Cuando surge el conflicto, algunos optan por el camino más corto y menos efectivo; gritos, amenazas, publicaciones indirectas en redes sociales o mensajes incendiarios en el grupo del condominio. En lugar de tocar una puerta y conversar, se prefiere escalar el problema. La comunicación agresiva no resuelve; solo profundiza las fracturas.
Paradójicamente, muchos de los que más se quejan son los que nunca asisten a las asambleas. Luego reclaman falta de decisiones, ausencia de liderazgo o mala gestión. La participación es la única vía legítima para incidir. La indiferencia también es una elección.
Y finalmente aparece el factor más destructivo: creer que siempre se tiene la razón. La incapacidad de escuchar, ceder o reconocer errores convierte cualquier diferencia en un conflicto permanente.
La convivencia no fracasa por falta de leyes. Fracasa por exceso de individualismo. Porque al final, tus vecinos no son un estorbo. Son parte de tu bienestar cotidiano. Y la paz residencial, como toda convivencia verdadera, no se impone, se construye.



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