16/04/2026
Crónicas de Poder

La tragedia que nunca evitamos

En este país, cada vez que llueve más de la cuenta, actuamos como si la desgracia nos hubiera sorprendido. Como si nadie supiera que vivimos en una isla expuesta a huracanes, tormentas tropicales, vaguadas e inundaciones. Como si nuestra ubicación geográfica fuera un dato nuevo. Y ahí comienza el problema. No es solo que los fenómenos naturales nos golpeen. Es que seguimos enfrentándolos con improvisación, desorden y memoria corta.

Los desastres naturales, en buena medida, no son tan naturales como nos gusta decir. Natural puede ser la lluvia intensa. Natural puede ser el paso de un huracán. Lo que no es natural es que una ciudad colapse porque sus drenajes están obstruidos, porque se permitió construir donde no se debía, porque se rellenaron humedales, porque se descuidó la infraestructura y porque durante años la planificación fue sustituida por la conveniencia política. Ahí ya no hablamos solo de naturaleza. Hablamos de negligencia.

Nos hemos acostumbrado a gobernar para la coyuntura. Se reacciona cuando ocurre la tragedia, no antes. Se corre cuando ya hay agua dentro de las casas, cuando los vehículos están atrapados, cuando las familias lloran muertos, cuando la ciudad deja de funcionar. Entonces aparecen las reuniones de emergencia, los operativos, las declaraciones solemnes y las promesas de corrección. Pero casi nunca vemos con la misma intensidad la prevención seria, la inversión estratégica y la planificación sostenida.

Y prevenir no es un discurso bonito. Prevenir exige técnica, constancia y decisiones que muchas veces no son populares. Significa ordenar el territorio con criterio. Significa respetar normas de uso de suelo. Significa limpiar y dar mantenimiento permanente a drenajes, imbornales, filtrantes y cañadas. Significa mapear zonas vulnerables, identificar riesgos, educar a la población y coordinar de verdad a las instituciones. Significa fortalecer a los gobiernos locales, que son los primeros en recibir la presión ciudadana cuando todo falla, muchas veces sin recursos suficientes.

No se puede hablar de gestión del riesgo como si fuera una tarea decorativa. Debería ser una política pública central. No algo que se active solo cuando el cielo se pone negro. La prevención tiene que formar parte del presupuesto, de la educación ciudadana, del diseño urbano y de la supervisión de obras. Tiene que ser sistema, no ocurrencia.

También hay una responsabilidad social que no se puede esconder. La basura lanzada a las calles, las construcciones informales en zonas vulnerables y la ocupación irresponsable del espacio público agravan cualquier evento atmosférico. Pero sería injusto cargar todo el peso sobre la gente cuando muchas veces el desorden ha sido tolerado o ignorado por quienes tienen la obligación de regular.

La verdad es incómoda, pero hay que decirla. Muchas de las muertes y pérdidas que hoy lamentamos pudieron evitarse o al menos reducirse. Y eso duele más que la lluvia misma. Porque una cosa es enfrentar la fuerza inevitable de la naturaleza y otra muy distinta es padecer las consecuencias de la desidia humana.

No podemos cambiar nuestra geografía. No podemos impedir que vengan lluvias fuertes, tormentas o huracanes. Pero sí podemos decidir si seguiremos siendo un territorio vulnerable por abandono o una sociedad más fuerte por previsión.

Porque al final, lo que más destruye no siempre es la lluvia. A veces, lo que más destruye es la irresponsabilidad acumulada.

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