10/01/2026
Crónicas del Alma

La ansiedad: pan nuestro de cada día

En pleno siglo XXI, la ansiedad se ha convertido en una de las experiencias emocionales más extendidas. Aunque las estadísticas la describen como un trastorno en aumento, la realidad clínica muestra un fenómeno más profundo: la ansiedad se ha normalizado al punto de que muchos adultos, adolescentes e incluso niños la consideran parte inherente de la vida moderna. Al consultorio llegan personas que describen una sensación permanente de «estar en alerta», como si su mente estuviera anticipando un peligro que nunca termina de definirse.

En mi consulta, he podido observar que algunos consultantes asocian la ansiedad con responsabilidades, problemas económicos o presión laboral, pero cuando profundizamos aparece un patrón más sutil: un agotamiento mental derivado de la sobreexposición a estímulos, la falta de descanso emocional y la desconexión del propio cuerpo. Tal como plantean diversas reflexiones contemporáneas sobre neuropsicología de la calma, el cerebro humano no está diseñado para sostener un estado de alerta tan prolongado. Cuando la mente interpreta que todo es urgente, activa mecanismos de supervivencia que terminan consumiendo la serenidad interna.

Uno de los elementos más llamativos es el papel del pensamiento anticipatorio. He podido observar que algunos consultantes no están preocupados por un hecho concreto, sino por la posibilidad de que algo negativo ocurra. Este tipo de pensamiento —que diversas investigaciones han descrito como «rumiación ansiosa»— secuestra la atención y alimenta un circuito mental cerrado: cuanto más se anticipa, mayor es la ansiedad; y cuanto mayor es la ansiedad, más se anticipa. Este ciclo, sostenido durante meses o años, agota el sistema nervioso y dificulta la concentración, el sueño y la estabilidad emocional.

Otro fenómeno recurrente en la práctica clínica es el impacto de la tecnología en la ansiedad. Al consultorio llegan personas que describen sentirse incapaces de desconectarse del teléfono, revisando notificaciones incluso sin motivo. En varios estudios recientes se ha señalado que el cerebro liberará pequeñas dosis de dopamina con cada estímulo digital, generando un estado de excitación constante que interrumpe la capacidad de relajarse. Esta hiperestimulación contribuye a que la ansiedad se instale como un ruido de fondo que la persona ya no identifica, pero que condiciona su día a día.

La ansiedad también se manifiesta en el cuerpo. Muchos consultantes describen tensión muscular, dificultad para respirar profundamente, dolores de cabeza, alteraciones gastrointestinales o taquicardia. La psicobiología moderna explica que estas señales no son aleatorias: son la expresión física de un sistema nervioso saturado, que lleva demasiado tiempo operando en «modo supervivencia». Desde esta perspectiva, el cuerpo no es enemigo, sino un mensajero que intenta advertir que el ritmo de vida sobrepasa las capacidades de regulación interna.

Frente a este panorama, la clave no está en eliminar la ansiedad, sino en entenderla y aprender a regularla. Diversas propuestas terapéuticas insisten en la importancia del descanso mental, la respiración consciente y la reconexión con el presente. En mi consulta, suelo recomendar pequeñas prácticas diarias: breves pausas para respirar, caminar sin dispositivos, limitar el multitasking y crear momentos de silencio. Aunque parezcan simples, estas estrategias permiten que el sistema nervioso se reorganice y que el cerebro recupere la claridad y la calma.

La ansiedad en la actualidad no es solo un síntoma clínico, sino el reflejo psicológico de un estilo de vida que exige más de lo que la mente puede sostener. A medida que más personas buscan ayuda, se hace evidente que la serenidad no es un lujo, sino una necesidad básica. Para gestionar la ansiedad no basta con medicación o técnicas; se requiere un cambio profundo en la manera de vivir, pensar y relacionarse con uno mismo.

En un mundo que aplaude la velocidad, recuperar la calma se convierte en un acto de resistencia. Y quizá también, en el comienzo de un bienestar más humano.

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