03/09/2026
Distopía

En los zapatos del otro

Hay películas que entretienen y otras que, sin proponérselo demasiado, terminan colocándonos frente a un espejo. En sus zapatos, (un clásico), protagonizada por Cameron Diaz y Toni Collette, pertenece a esa segunda categoría. 

Detrás de la historia de dos hermanas completamente diferentes existe una pregunta que sigue teniendo una enorme vigencia: ¿qué pasaría si, antes de juzgar al otro, intentáramos caminar con sus zapatos?

Maggie y Rose son hermanas, pero parecen vivir en mundos distintos. Maggie es impulsiva, desordenada, insegura y poco disciplinada. Rose, en cambio, es una profesional preparada, responsable y aparentemente exitosa, aunque cargada de complejos y frustraciones. Las dos se quieren, pero no saben convivir con sus diferencias. Y cuando las diferencias dejan de comprenderse, el afecto termina convertido en conflicto.

Basta con mirar a nuestro alrededor para comprobar que la sociedad parece haber convertido la confrontación en una forma cotidiana de relacionarse. Discutimos por política, por religión, por preferencias deportivas, por diferencias económicas, por opiniones en las redes sociales y hasta por asuntos que antes podían resolverse con una conversación tranquila. Hemos aprendido a responder antes de escuchar y a condenar antes de comprender.

El conflicto social se ha convertido, en muchos casos, en el pan nuestro de cada día. Vivimos en una sociedad marcada por profundas desigualdades, donde no todos tienen las mismas oportunidades, ni las mismas condiciones para construir un proyecto de vida. Mientras unos pueden preocuparse por el éxito profesional, otros apenas luchan por llegar al final del mes. Mientras algunos discuten desde la comodidad de sus privilegios, otros enfrentan diariamente problemas de empleo, vivienda, educación, seguridad, transporte o acceso a servicios básicos.

Y, sin embargo, con demasiada frecuencia terminamos juzgando al otro sin conocer la historia que lleva puesta. Ese es precisamente uno de los grandes aprendizajes que deja la historia de Maggie y Rose: las apariencias engañan. La hermana aparentemente superficial también carga heridas, inseguridades y carencias. La mujer aparentemente exitosa también tiene sus propias batallas. Ninguna conoce completamente el dolor de la otra porque cada una está demasiado concentrada en defender su propia versión de la realidad.

Hemos construido trincheras. Unos defienden sus ideas políticas como si fueran dogmas; otros convierten las redes sociales en tribunales donde cualquiera puede ser condenado en cuestión de segundos. La discusión pública se ha empobrecido porque confundimos tener una opinión con tener la verdad absoluta.

El adversario dejó de ser alguien con quien podemos discrepar y pasó a convertirse en un enemigo al que debemos derrotar. Y cuando una sociedad comienza a pensar de esa manera, todos perdemos.

El problema no está en que pensemos diferente. El problema aparece cuando dejamos de reconocer la humanidad de quien piensa diferente.

Quizás una de las mayores carencias de nuestro tiempo sea precisamente la empatía. Nos cuesta ponernos en los zapatos del otro. No queremos saber por qué alguien piensa como piensa, qué circunstancias lo llevaron hasta allí o qué experiencias moldearon su comportamiento. Preferimos etiquetarlo. Es más sencillo.

Pobre, rico, peledeísta, perremeísta, opositor, o en todo caso oficialista. Ese es del barrio o campesino. Sin estudios,  joven o viejo, en fin; etiquetamos y, al etiquetar, dejamos de ver personas.

La historia de Maggie y Rose cambia cuando ambas empiezan a descubrir que sus diferencias no las hacen enemigas. También cambia cuando aparece una abuela que ellas creían perdida y que les permite reconstruir una parte de su historia familiar y de dónde vienen. 

No podemos construir una sociedad mejor si cada ciudadano considera que el problema siempre está en los zapatos del otro.

La política necesita más diálogo. Las familias necesitan más comprensión. Las redes sociales necesitan menos odio. Y los ciudadanos necesitamos recordar que ninguna diferencia ideológica, económica o social nos convierte en seres superiores.

Al final, Maggie y Rose descubrieron que quererse no significa ser iguales, sino reconocer las heridas y comprender que detrás de cada persona existe una historia que muchas veces desconocemos.

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