04/04/2025
Crónicas de Poder

El costo de la modernidad: ruido, prisa, desarraigo

A veces me pregunto si vale la pena. Si todo esto que llamamos progreso no nos ha salido demasiado caro. Si la modernidad, con sus luces brillantes, sus edificios altos y su velocidad constante, no nos ha robado más de lo que nos ha dado. Vivimos en ciudades que crecen hacia arriba y hacia los lados, donde el concreto le gana cada día terreno al verde, y donde el ruido no se apaga ni de noche. Vivimos apurados, corriendo sin saber bien hacia dónde, y cada vez más lejos del lugar al que alguna vez llamamos hogar. Es el precio que hemos pagado por sentirnos modernos, pero quizá, sin darnos cuenta, también nos hemos quedado vacíos.

Todo comienza con el ruido. Un enemigo silencioso que nadie ve, pero que todos sentimos. Desde que amanece, la ciudad nos sacude con su escándalo: motores, bocinas, música alta, alarmas, vendedores a gritos, construcciones sin fin. Ya no escuchamos el canto de los pájaros, ni el viento colándose entre los árboles. El silencio, ese que antes calmaba el alma, se ha vuelto un lujo. Y lo peor es que hemos aprendido a convivir con el ruido como si fuera normal. Pero no lo es. El ruido nos altera, nos enferma, nos quita paz. Nos convierte en seres tensos, irritables, agotados.

Luego está la prisa. Todo el mundo anda con prisa. Nos levantamos a toda velocidad, desayunamos a medias, salimos corriendo al trabajo, vivimos entre reuniones, semáforos, filas, pendientes y más pendientes. Volvemos tarde a casa, exhaustos, y apenas si nos queda energía para mirar a los hijos, a la pareja, o a uno mismo en el espejo. El tiempo se nos va como agua entre los dedos, y la vida se nos escapa en ese corre-corre. Nos volvimos expertos en hacer muchas cosas a la vez, pero hemos olvidado cómo disfrutar una sola. Perdimos la pausa, la contemplación, el tiempo sin reloj. Vivimos rápido, sí, pero ¿vivimos bien?

Y tal vez el efecto más profundo de todo esto es el desarraigo. Esa sensación de no pertenecer, de andar por la vida como visitantes en nuestra propia ciudad. Ya no conocemos al vecino, no hablamos con la gente del barrio, no sabemos quién vive en la casa de al lado. La comunidad, esa red invisible que antes nos sostenía, se ha roto. Cada quien vive en su mundo, encerrado tras rejas, con cámaras, alarmas y miedo. Nos mudamos más de lo que nos quedamos. Cambiamos de empleo, de ruta, de rutina, y en ese constante movimiento perdemos raíces. ¿Dónde están los patios con sillas al frente? ¿Dónde quedaron las tardes de juego en la calle, los saludos con nombre y apellido, los domingos de charla en la acera?

Este desarraigo no es sólo geográfico, también es emocional. Nos cuesta conectar con los demás porque estamos desconectados de nosotros mismos. La modernidad nos vendió independencia, pero muchas veces lo que nos dio fue soledad. Nos prometió comodidad, pero nos llenó de ansiedad. Nos ofreció el mundo al alcance de un clic, pero nos alejó de las manos que podíamos tocar. No se trata de estar en contra del progreso, sino de entender que hay costos que no aparecen en ninguna factura, pero que todos pagamos.

Claro, también hay cosas buenas. No se trata de idealizar el pasado ni rechazar los avances. La tecnología, la ciencia, la infraestructura moderna han traído mejoras reales a nuestras vidas. Pero el problema está en el equilibrio. En ese punto en el que, por ganar tanto, hemos perdido lo esencial. Nos toca preguntarnos: ¿cómo recuperamos la paz sin renunciar al desarrollo? ¿Cómo hacemos ciudades que no nos lastimen los oídos ni el alma? ¿Cómo volvemos a sentirnos parte de algo, en lugar de estar siempre corriendo para cumplir con todo?

Quizás la respuesta no esté en grandes obras ni en discursos técnicos. Tal vez esté en decisiones pequeñas: bajar el volumen, caminar más, saludar al vecino, apagar el celular por un rato, escuchar más y hablar menos, sentarnos en el parque sin prisa. Tal vez esté en cuidar más el lugar que habitamos, en exigir ciudades humanas, no solo funcionales. En volver a mirar a los ojos. En darle espacio al silencio, al descanso y al afecto.

La modernidad no debería significar la pérdida de nuestra humanidad. Porque al final del día, no es la velocidad ni el ruido lo que da sentido a la vida. Es el amor, la calma, la pertenencia. Es sentir que estamos en casa, aunque estemos en medio de una ciudad bulliciosa. Y para eso, tenemos que empezar a escuchar de nuevo. No con los oídos, sino con el corazón.

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