Con frecuencia de participación ciudadana, pero todavía la entendemos principalmente como asistencia a reuniones, movilización frente a una crisis o formulación de reclamaciones. Participar implica algo más profundo. Supone capacidad para comprender un problema colectivo, organizarse, plantear alternativas, influir en las decisiones públicas y vigilar que lo acordado se cumpla.
Dentro de esa dinámica aparece la masa crítica. No se trata necesariamente de una multitud ni de una protesta numerosa. Es un grupo suficiente de ciudadanos informados, organizados y persistentes que logra colocar un tema en la agenda pública, generar opinión y provocar una respuesta de las autoridades o de la propia sociedad.
En nuestro país existen experiencias importantes de movilización social. Las comunidades se organizan para reclamar agua, energía, carreteras, seguridad, escuelas o recogida de residuos. También hemos presenciado movimientos nacionales vinculados con la educación, el medioambiente y la transparencia. Sin embargo, muchas de estas manifestaciones surgen como reacción ante una crisis y disminuyen cuando la presión pierde intensidad o las autoridades formulan alguna promesa.
Una verdadera masa crítica no se forma únicamente alrededor de la inconformidad. Requiere información, liderazgo, organización y objetivos definidos. Primero debe identificarse claramente el problema. Luego se necesitan datos que permitan demostrar su alcance, conocer quién tiene competencia para resolverlo y construir una propuesta posible. Finalmente, debe establecerse una estrategia de incidencia y seguimiento.
Su tamaño depende del territorio, del tema y de la capacidad de representación. En un municipio pequeño, treinta o cincuenta personas organizadas pueden generar mayor impacto que una concentración de cientos sin dirección. En una gran ciudad será necesario articular organizaciones comunitarias, gremios, universidades, medios de comunicación, sectores empresariales y ciudadanos independientes. La fuerza no se mide únicamente por la cantidad de participantes, sino por su legitimidad, conocimiento y constancia.
La masa crítica tampoco posee una forma única. Puede expresarse mediante una coalición comunitaria, una plataforma ciudadana, una red de organizaciones, una veeduría social o un movimiento temporal alrededor de una causa. Puede utilizar el derecho de petición, solicitar un cabildo abierto, participar en el presupuesto municipal, promover una consulta o presentar propuestas ante el Concejo de Regidores. La movilización pública es una herramienta, pero debe estar acompañada de acciones institucionales.
Para que funcione necesita varias condiciones. Debe mantener independencia frente a partidos, autoridades e intereses particulares. Tiene que procurar una representación diversa y actuar con transparencia. Sus reclamos deben apoyarse en evidencias y sus propuestas deben considerar las capacidades financieras, técnicas y legales de las instituciones. También necesita voceros responsables, mecanismos internos de decisión y una comunicación capaz de explicar el problema sin recurrir a la desinformación o la agresión.
Su impacto puede ser considerable. Una masa crítica bien articulada puede detener una decisión perjudicial, mejorar un proyecto, impulsar una ordenanza, defender un espacio público, exigir rendición de cuentas o conseguir que una necesidad comunitaria sea incorporada al presupuesto. Más importante todavía, puede modificar la relación tradicional entre ciudadanos y autoridades. En nuestro país tenemos capacidad de movilización, pero necesitamos consolidar una cultura de incidencia sostenida. Con frecuencia reclamamos hasta conseguir una promesa y luego abandonamos el seguimiento. Ahí se pierde buena parte del esfuerzo.
La masa crítica efectiva convierte la preocupación en conocimiento, el conocimiento en propuesta, la propuesta en decisión y la decisión en resultados verificables. Esa es la participación social que fortalece la democracia y mejora la gestión pública.




