19/02/2026
Crónicas del Alma

FOMO: el miedo silencioso

En los últimos años, un fenómeno psicológico ha comenzado a aparecer con una frecuencia inquietante en conversaciones, redes sociales y, sobre todo, en los espacios de atención clínica: el FOMO, ese miedo persistente a perderse algo, a no estar donde «todo está pasando», a quedar fuera del flujo de experiencias que otros parecen disfrutar sin esfuerzo.

En mi consulta, se ha vuelto común escuchar frases como «si no reviso las historias siento que me desconecto del mund o «cuando no puedo estar presente en un plan, paso horas imaginando lo que los demás están viviendo sin mí». Este patrón, más que un simple capricho digital, está mostrando su rostro como un verdadero disparador de ansiedad, irritabilidad, insatisfacción crónica y desconexión interna.

He podido observar que algunos consultantes llegan con la sensación de vivir en una carrera interna imposible de ganar. Esa urgencia emocional no nace de la realidad, sino de la comparación constante y la ilusión de que los demás llevan una vida más plena, más feliz o más intensa.

Investigaciones recientes muestran cómo la sobreexposición a vidas aparentemente perfectas activa mecanismos cerebrales relacionados con la recompensa y la amenaza, generando un ciclo de tensión interna. En otras palabras, el cerebro interpreta la desconexión como una pérdida real, no simbólica, y reacciona con inquietud, estrés y búsqueda compulsiva de reconectar.

Pero detrás del FOMO no solo hay tecnología; hay una lucha más profunda entre el deseo de pertenencia y el miedo a nuestra propia soledad emocional.

Muchos jóvenes describen que, aun siendo conscientes de que el contenido publicado es selectivo y filtrado, no pueden evitar compararse. En su interior aparece una grieta: sentir que su vida no «avanza al mismo ritmo» o que no acumulan suficientes experiencias que validen su identidad.

Al consultorio llegan adolescentes y adultos jóvenes que confiesan vivir «alertas» a cada notificación, como si cada sonido pudiera confirmar su relevancia social. Esta actitud hiperreactiva no solo desgasta, sino que también alimenta un estilo de pensamiento acelerado, anticipatorio y cargado de autoexigencia.

En la práctica clínica es frecuente ver cómo el FOMO influye en las relaciones. Quienes lo padecen suelen experimentar dificultad para disfrutar el momento presente, pues su atención oscila entre lo que viven y lo que creen que podrían estar perdiendo. Se genera un tipo de presencia fragmentada que erosiona la conexión emocional y alimenta una sensación de vacío.

Asimismo, se observa un fenómeno interesante: cuanto más intenso es el FOMO, mayor es la tendencia a construir una imagen pública orientada a la aprobación. Esto provoca un alejamiento progresivo de la autenticidad personal, generando un círculo de insatisfacción donde la persona se mide a sí misma con parámetros externos.

En la práctica profesional he visto cómo trabajar la atención plena, la regulación emocional y la reconexión con valores personales ayuda a romper el ciclo del FOMO. Cuando los consultantes logran reconectar con la calma, con la autoobservación y con la claridad sobre lo que realmente desean, disminuye el impacto emocional del mundo digital.

La clave está en reconstruir la relación con el presente. Cuando alguien empieza a comprender que la felicidad no depende de acumular experiencias sino de habitarlas, se produce un cambio: el ruido externo pierde poder y emerge una mayor sensación de paz interna.

El desafío no es desconectarse de la tecnología, sino desconectarse de la presión simbólica que esta puede generar. El FOMO no se vence ignorando el mundo, sino recuperando el propio.

En un momento histórico donde todo parece urgente, inmediato y compartible, cuidar la mente se vuelve un acto de resistencia. Reconocer el FOMO como una señal —no como un defecto— puede convertirse en el primer paso hacia una relación más libre con la vida digital.

Cada día, más personas buscan apoyo porque sienten que «no dan abasto» emocionalmente. Escucharlos confirma una idea esencial: no necesitamos estar en todas partes para sentirnos plenos; necesitamos estar firmemente arraigados en nosotros mismos.

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