Dentro de las prisas y responsabilidades de cada día existe un deber innegociable: hacer de nuestra existencia algo más placentero que el simple hecho de vivir. En nuestras manos está la posibilidad de aportar a cada segundo ese sentimiento de elevación que nace de las pequeñas cosas capaces de hacernos vibrar.
Desde una experiencia personal, ese deber va de la mano de esas pequeñas experiencias que erizan la piel, roban una sutil sonrisa sin que nos demos cuenta o son capaces de transportarnos a alturas indefinidas sin movernos de donde estamos. Me gusta apropiarme del lado positivo de la vanidad, entendido no como una necesidad de estar por encima de nadie, sino como la conciencia de que también tengo el valor y el derecho de agradarme a mí mismo. Si algo me hace bien, me cuida y me proporciona bienestar, puedo permitírmelo. Hay cierta seguridad en habitar ese orgullo propio desde el cuidado.
Por eso, desde hace años, tengo como pasatiempo la búsqueda de rutinas que se adapten a mi estilo de vida y a mis necesidades, pero que también tengan algo de placer. No quiero que cuidarme sea una obligación más dentro de la agenda. Quiero disfrutarlo.
Quizá por eso hay encuentros que permanecen. El mío con el karité comenzó hace años, casi de manera accidental, cuando en un vuelo recibí un pequeño neceser de L’Occitane. Mi primera aproximación al producto fue, de hecho, a través de una barra de labios. No conocía entonces todo lo que terminaría significando para mí aquella pequeña introducción, pero sí recuerdo algo: la sensación. Su aroma suave, atemporal y adaptable tenía esa cualidad poco frecuente de no imponerse para hacerse notar. Simplemente estaba allí y resultaba agradable.
Años después, al llegar a Madrid, aquella asociación volvió a encontrarme sin que yo la estuviera buscando. En medio de la intención de descubrir una nueva ciudad y, al mismo tiempo, construir rutinas que me hicieran disfrutarla más, apareció nuevamente aquella icónica caja amarilla, no fue una búsqueda deliberada. Fue, si se quiere, una de esas pequeñas coincidencias que la vida coloca delante de uno cuando está prestando atención. Y quizá allí comenzó realmente mi relación con el Karité.

Me parece fascinante que detrás de un producto que hoy puede ocupar un lugar tan íntimo en una rutina exista una historia que comenzó mucho antes de que llegara a nuestras manos. L’Occitane comenzó a trabajar con mujeres productoras de Karité en Burkina Faso en los años ochenta, después de que su fundador, Olivier Baussan, conociera las propiedades de este ingrediente y la tradición de las mujeres que lo recolectaban y transformaban. La crema de manos de Karité, uno de los grandes iconos de la Maison, llegaría en 1993. Su característico tubo metálico, inspirado en los tubos de pintura que Baussan veía en el estudio de su madre, terminó convirtiéndose en parte de la identidad visual de la marca, algo que inevitablemente, todos reconocemos al ver.
Pero hay algo que me interesa todavía más que la historia de un ingrediente: lo que ocurre cuando un producto deja de ser un producto y comienza a formar parte de nuestra manera de vivir.
Existen caprichos que no son caprichos. La RAE define este término como una determinación inspirada por un antojo, el humor o el deleite en lo extravagante y original. Durante demasiado tiempo hemos relacionado esa palabra con el exceso, el gasto innecesario o la frivolidad. Yo prefiero mirarla desde otro lugar. Hay placeres que, aunque no sean indispensables para sobrevivir, sí son importantes para la manera en que queremos experimentar nuestra existencia.
Una crema de manos puede ser simplemente una crema de manos, pero también puede convertirse en ese pequeño gesto que interrumpe el día para recordarnos que estamos ahí.

En mi caso, la crema de manos de Karité terminó ocupando ese lugar. Es, de todos los productos que forman parte de este ritual, el que más utilizo y el que más llevo conmigo. Está presente después de un baño, después de lavarme las manos y antes de dormir. La utilizo varias veces al día y, después de tanto tiempo, resulta difícil separar el producto de la sensación que ya asociamos con él: suavidad, confort, cuidado y ese aroma cálido, limpio, elegante y reconfortante que consigue sentirse tan sofisticado como hogareño.
El exfoliante llegó a ocupar otro momento. Una vez por semana, preparar la piel se convirtió en una especie de pausa. La sensación posterior de suavidad, firmeza e hidratación hace que el gesto tenga sentido más allá de su función. Después está la crema corporal, quizá el producto que terminó enseñándome algo que parece sencillo pero que no siempre practicamos: cuidar el cuerpo completo y disfrutar de hacerlo. La mezcla entre textura, aroma e hidratación convierte ese momento posterior a la ducha en algo que espero.
Y entonces apareció el aceite corporal. Una muestra bastó para descubrir una fascinación nueva. Hay productos que convencen por lo que prometen y otros que lo hacen cuando uno observa su propia piel después de utilizarlos. En este caso, fue la textura y la luminosidad que dejó sobre mi piel lo que hizo que pasara de ser una prueba a convertirse en una incorporación permanente. Después de la ducha, sobre la crema corporal o incluso mezclado con ella algunas veces, el aceite añadió otra dimensión al ritual.
Así, sin haberlo planeado demasiado, los productos fueron encontrando su lugar. No como una colección, sino como una rutina.
Por las mañanas, después de la ducha, me gusta dejar la piel ligeramente humectada antes de sentarme frente a mi cómoda. Empiezo con la crema corporal, zona por zona, con delicadeza y sin prisa. Puede sonar de fondo alguna canción de The Supremes mientras la tarareo y, durante esos minutos, no estoy intentando cumplir ninguna obligación. Simplemente estoy preparándome para el día. Después llegan un par de gotas de aceite, extendidas con tranquilidad, disfrutando de la textura y de esa luminosidad que queda sobre la piel.

Por la noche la experiencia cambia. Después de un baño relajante, con la luz tenue y cálida de la habitación, el mismo ritual adquiere una intimidad distinta. Solo somos yo, mi playlist y mi rutina de Karité. Masajear las manos y relajarlas con la crema se ha convertido en ese último gesto que necesito para desprenderme de la tensión del día.
Y eso es quizá lo que más me fascina: los mismos productos consiguen ofrecerme sensaciones diferentes dependiendo del momento. Por la mañana me preparan para salir al mundo. Por la noche me ayudan a regresar a mí.
Son experiencias difíciles de explicar porque pertenecen más al terreno de las sensaciones que al de las palabras. Hay cosas que disfruto mucho más experimentándolas que comentándolas. Quizá ahí está precisamente el verdadero lujo de una rutina: que no necesite espectadores para tener sentido.
Me gusta pensar que lo que se quiere, se cuida. Incluido uno mismo. Incluido el cuerpo. Incluida la piel. En esencia, una parte de ese “yo” que tantas veces dejamos para después mientras atendemos todo lo demás.
Madrid me ha permitido descubrir muchas cosas nuevas, pero entre ellas hay una que considero especialmente valiosa: la posibilidad de disfrutar la ciudad y, al mismo tiempo, disfrutar más de mí. Llegar a una de las ciudades más cosmopolitas del mundo, querer vivirla en mi mejor versión física y espiritual y buscar aquellos pequeños rituales capaces de hacer más placentera la experiencia terminó llevándome, una vez más, hasta aquella caja amarilla.
Quizá los rituales no están hechos para cambiar nuestra vida. Están hechos para recordarnos que también tenemos derecho a disfrutarla.
Y, literalmente, de las manos parte el inicio de una rutina que, desde la Alta Provenza y a través del Karité, me ha enseñado que cuidarse puede ser mucho más que una cuestión de piel: puede ser una forma silenciosa, íntima y bastante elegante de quererse.





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