10/04/2026
Distopía

Un antídoto contra la indiferencia

La vida –frágil, breve y a veces, sorprendentemente cruel– nos recuerda, una y otra vez, que no todo está bajo nuestro control. Las lluvias torrenciales de los últimos años, con su fuerza desbordada, no solo han arrasado calles y campos: han arrasado hogares, esperanzas y, lo más insoportable, vidas.

Frente a imágenes de casas deshechas, muebles flotando por las alcantarillas y vehículos y vidas perdidas, queda una pregunta simple y urgente: ¿cómo nos relacionamos con quienes de repente lo han perdido todo?

A un año de la tragedia del Jet Set, que nos sacudió también, es oportuno hablar de la empatía. No es una simple palabra, no es sentir lástima, ni una entrada de redes sociales con un emoji que represente la tristeza.

Empatía es mirar a los ojos del otro y reconocer que, en cualquier momento, podríamos estar en su lugar. Es sentir el peso de la pérdida ajena como si fuera propio, sin invadir, sin suplir el dolor con discursos vacíos. Es comprender que quien ha perdido una casa no solo perdió paredes: perdió historias, objetos que guardaban recuerdos íntimos, la seguridad de volver a un refugio construido con amor y esfuerzo. Y cuando la lluvia se lleva también a un ser querido, la herida es de una magnitud que ninguna palabra alcanza a consolar.

En sociedades como la nuestra que se valora la productividad, la apariencia y el éxito material, la efímera naturaleza de la vida suele quedar relegada al fondo del pensamiento. Damos por sentado que seremos eternos. Creemos que el tiempo y la seguridad son bienes garantizados, hasta que la lluvia, la enfermedad o un trágico accidente nos muestran lo contrario.

Esta realidad debería movernos a cambiar no solo nuestras prioridades individuales, sino también la forma en que nos organizamos como sociedad. La empatía, bien entendida, es un motor que impulsa redes comunitarias capaces de sostener a quien más lo necesita.

Ser empático exige acciones concretas: ofrecer un lugar seguro, alimentos y ropa, sí; pero también acompañar con respeto, escuchar sin apresurar el duelo, y evitar juicios que culpabilicen a las víctimas por «no haberse preparado» o «porque estuvo en tal lugar».

Para quienes ejercen el periodismo es importante entender que el lenguaje también importa. Cuando abordamos una tragedia, debemos proteger la dignidad de las personas afectadas: usar nombres si hay consentimiento, evitar sensacionalismos y priorizar la información que pueda ayudar (cómo donar, dónde ofrecerse como voluntario, qué medidas de emergencia tomar).

El relato humano debe servir para movilizar recursos y conciencias, no para convertir el dolor ajeno en espectáculo, una práctica recurrente en estos días. He visto cómo colegas no utilizan la empatía ante la cobertura de eventos lamentables y son capaces de ir tras la noticia sin temor alguno, porque es lo que toca. De ahí que algunas víctimas o parientes ofrezcan respuestas no esperadas.

¿Cómo se siente? Es una de las primeras preguntas que llegan, como si fuera parte de un guion orquestado en el que el lado humano no existe. Aprender a ser empáticos también significa criar hijos que valoren más la solidaridad que la acumulación, empleadores que prioricen la seguridad de sus trabajadores, gobiernos que inviertan en obras preventivas y en sistemas de alerta temprana.

Porque la vida es efímera, sí, pero eso no nos exime del deber de cuidarnos mutuamente mientras estemos aquí. La prevención y la preparación son actos de empatía colectiva: ordenar el uso de suelos, construir respetando códigos y regulaciones que reduzcan riesgos, y educar a la población para responder con eficacia frente a cualquier emergencia, son ejemplos de ello.

Ser empático es reconocer la fragilidad en nosotros mismos y en los otros, aceptarla y actuar en consecuencia. Las lluvias torrenciales de ayer nos han mostrado, una vez más, lo peor de la naturaleza, pero también pueden mostrar lo mejor de la humanidad: vecinos que arriesgan su vida para rescatar a otros, comunidades que se organizan para reconstruir, voluntarios que reparten comida y abrigo.

Esa respuesta solidaria es el antídoto real contra la indiferencia. No esperemos a que la desgracia toque nuestra puerta para aprender a ponernos en los zapatos del otro. Cultivar la empatía hoy es sembrar redes que mañana sostendrán a quienes el destino golpee.

Comentarios