Este año se cumplen tres décadas del ascenso al poder del doctor Leonel Fernández, a quien muchos califican como “el padre del Estado moderno dominicano”. La afirmación puede resultar excesiva, pero no es casual. En la historia política posterior a la tiranía, cada gobernante ha dejado su impronta en la construcción institucional del país. Incluso Joaquín Balaguer —considerado por Carmen Mazara, luchadora social y exdirigente de izquierda, integrante del Movimiento Popular Dominicano (MPD), como el más mezquino de los mandatarios— dejó su huella en la construcción de una nación que buscaba el desarrollo y la institucionalización, aunque bajo parámetros autoritarios y profundamente controvertidos.
Pero Leonel Fernández ocupa un lugar singular: es el único dominicano que ha sido presidente en dos siglos distintos. Se juramentó en la postrimería del siglo XX y regresó al poder en pleno siglo XXI. Ese dato, más que anecdótico, tiene un peso simbólico. Representa la transición entre dos épocas: de la política analógica a la digital, del viejo caudillismo a la narrativa de la modernización global.
Sus críticos lo tildan de ambicioso por mantener vivas sus aspiraciones presidenciales. Sus defensores, en cambio, sostienen que le asiste el legítimo derecho constitucional y que su experiencia es un activo en tiempos de incertidumbre. La controversia no es menor: define el debate sobre el liderazgo en la República Dominicana contemporánea.
En su último discurso como gobernante, en 1996, Balaguer afirmó que dejaba un país listo para despegar. Fernández tomó esa pista y la convirtió en plataforma. Durante sus tres períodos impulsó reformas en la administración pública y, en su último mandato, dotó al país de una nueva Constitución en 2010, una Carta Política que amplió el catálogo de derechos y garantías ciudadanas, incorporando principios que durante más de dos siglos de vida republicana no habían sido consignados con tal amplitud en la ley fundamental de la nación de los Trinitarios.
En 2008, cuando aún militaba en el Partido de la Liberación Dominicana y buscaba la reelección, la Feria Ganadera acogió una exposición titulada “El Legado de un Estadista”. Cada dependencia gubernamental mostraba al público las obras desarrolladas bajo las administraciones del partido morado y el liderazgo de Fernández. No fue solo una exhibición institucional: fue una narrativa cuidadosamente construida sobre la modernización, el crecimiento y la inserción internacional del país.
Hoy, desde la Fuerza del Pueblo, el tres veces presidente enfrenta un nuevo escenario. Sus detractores lo califican de egocéntrico y obstinado. Sostienen que debería desistir de sus aspiraciones para 2028 y asumir un rol de guía, incluso ceder espacio a una nueva generación. Pero la política no es un círculo de amistades que intercede por aspiraciones particulares; es una competencia por el poder, envuelta —eso sí— en la retórica del bien común.
Fernández ha comenzado a hablar ya no del «Nueva York chiquito», sino de la República Dominicana de la inteligencia artificial. Propone un proyecto de modernización que se extendería hasta la cuarta década del siglo XXI. La pregunta no es solo si puede volver, sino qué significa su eventual retorno en un país distinto al que gobernó por primera vez.
A treinta años de su llegada al Palacio Nacional, la figura de Leonel Fernández sigue dividiendo aguas. Para unos, encarna la visión estratégica que conectó al país con la globalización y sentó las bases del Estado moderno. Para otros, simboliza la persistencia de una cultura política que se resiste al relevo.
La carrera hacia 2028 ya comenzó. Y mientras el país debate entre memoria y renovación, cabe preguntarse qué preparan los estrategas de la Fuerza del Pueblo para conmemorar, en 2026, «30 años de un estadista». Porque en la política dominicana, la historia no es pasado: es argumento.





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