Lo sabemos desde hace tiempo. Sabemos qué decisiones evitar, qué conversaciones enfrentar, qué hábitos soltar y cuáles construir. Sabemos cuándo algo ya no nos hace bien, cuándo un lugar nos queda pequeño, cuándo una relación se volvió un peso y no un refugio. Lo sabemos. El problema no es la falta de claridad, es la falta de acción.
Porque hacer lo correcto casi nunca es lo más cómodo. Y ahí es donde entra la trampa: victimizarse resulta más fácil que responsabilizarse. Es más sencillo decir «no puedo”, «no es el momento», «así soy yo», que aceptar que, en muchos casos, somos nosotros mismos quienes retrasamos nuestra propia evolución. Esperamos señales mágicas, cambios espontáneos, giros inesperados del destino… mientras seguimos haciendo exactamente lo mismo.
Nos acostumbramos a romantizar la espera. A pensar que la vida, el universo o Dios van a acomodarlo todo sin que tengamos que mover una sola pieza. Y sí, hay cosas que no controlamos, pero hay muchísimas que sí. Decidir levantarte antes, pedir ayuda, poner límites, empezar aunque no esté perfecto, decir que no, elegirte. Eso no depende de nadie más.
Victimizarse tiene una recompensa silenciosa: nos exime de la responsabilidad. Mientras somos víctimas, no somos protagonistas. Mientras culpamos al entorno, al pasado o a los demás, no tenemos que mirarnos de frente y preguntarnos qué estamos evitando. Y esa evasión, aunque cómoda, termina pasando factura. Porque el tiempo no se detiene, y las oportunidades tampoco esperan a que estemos listos emocionalmente.
También nos mentimos diciendo que «mañana». Mañana empiezo, mañana hablo, mañana cambio. Pero el mañana es un refugio peligroso: nunca llega como lo imaginamos. La vida ocurre en el ahora, incluso cuando no nos sentimos preparados. Especialmente ahí.
Elegir actuar incomoda. Da miedo. Obliga a renunciar a versiones antiguas de nosotros mismos, a dinámicas conocidas, a excusas que ya dominamos. Pero también libera. Porque cuando dejamos de esperar milagros y empezamos a movernos con intención, algo cambia. No de forma mágica, sino real.
No se trata de dureza ni de autoexigencia extrema. Se trata de honestidad. De dejar de preguntarnos por qué todo nos pasa a nosotros y empezar a preguntarnos qué estamos dispuestos a hacer diferente. De asumir que crecer implica incomodarse, y que quedarse igual también es una decisión, aunque no siempre queramos admitirlo.
Al final, nadie vendrá a rescatarnos de nosotros mismos. Nadie vivirá la vida que postergamos. Y aunque duela aceptarlo, también es una buena noticia: porque si somos parte del problema, también somos parte de la solución. Y eso, aunque asuste, devuelve el poder a donde siempre debió estar: en nuestras manos.





Comentarios