México se hunde cada día más en su guerra contra el crimen organizado. Los cárteles de la droga, varios por demás, que en la actualidad se han fusionado con otros, alguno ha desaparecido y otros continúan su labor de asesinar, desaparecer y sembrar el terror allí donde se encuentren. Un pulso que ganan estos criminales cada día con el amparo de las autoridades y todos los gobiernos que han pasado por el palacio nacional. Nada nuevo.
Así las cosas, desde hace un mes dos eventos significativos conmocionaron a la ciudadanía: la entrega a Estados Unidos de 29 criminales, narcotraficantes que purgaban su pena en distintas cárceles del país, incluido el célebre líder criminal Rafael Caro Quintero, asesino del agente de la DEA hace aproximadamente 40 años, Kiki Camarena, muchas veces solicitado por los distintos gobiernos norteamericanos y que ahora fue entregar junto a otros de su misma calaña a las autoridades. Un gesto de la presidente Claudia Sheinbaum como una manera de contener las amenazas arancelarias del impredecible presidente Donald Trump.
No, no fue extradición, fue una «regalo», una donación de criminales para que purguen sus penas allí y que algunos de esos serán condenados presuntamente a cadena perpetua. Esos 29 narcos se unen a los líderes que ya están allí desde hace unos años y otros con algunos meses en cárceles de los Estados Unidos, como El Chapo Guzmán, el Mayo Sambada y sus respectivos hijos, además de García Luna, ex secretario de seguridad pública de México, quien, a la sazón, llevaba una doble vida. Los carteles de estos líderes del crimen organizado mexicano continúan como siempre.
Como si todo esto fuera poco, los colectivos llamados «Guerreros buscadores de Jalisco» descubrieron un lugar en el Estado de Jalisco, bajo el nombre de Rancho Izaguirre, que de rancho poco, pero de lúgubre todo. Hasta allí llegaron y encontraron una especie de rancho «abandonado» con restos de ropa, mochilas, y una gran cantidad de zapatos raídos, llenos de polvo y gastados por el paso del tiempo. También, encontraron huesos, osamentas y agujeros donde presuntamente se quemaban cuerpos o ciertos miembros. Las fotos acapararon las redes sociales llenando de estupor a toda una ciudadanía, como si se tratará de un campo de exterminio, de aquellos tan leídos en la segunda guerra mundial.
Los colectivos «Guerreros buscadores de Jalisco» y «Las madres buscadoras» son grupos civiles de familiares de los miles y miles de desaparecidos que tiene México a lo largo y ancho del país. Salen a buscar, aunque sea un pequeño hueso, o una pieza que haya pertenecido a su ser querido. No cuentan con ayudas estatales, de ningún Estado de allí, y menos de alguna fiscalía. Al contrario, les cierran todas las puertas porque en México, la justicia es a según. Como sucede en toda Latinoamérica y más allá.
En ese sentido, no hay noticiero, programas de radio, televisión y redes en el que no se hable del hallazgo espeluznante del Rancho Izaguirre. A los días, los colectivos buscadores regresaron al lugar, pero las pruebas ya no estaban. Al parecer, la fiscalía del Estado de Jalisco se las llevó y todo el entorno fue manipulado. Hasta allí llegaron jóvenes de escasos recursos, y adultos respondiendo a convocatorias de trabajo publicadas en las redes.
Al llegar, era despojados de todo e incluso del concepto humano. Estaban en las garras de algún cártel que los obligaba a cualquier vejación, locura y enfrentamiento para unirlos a sus filas. No regresaban a sus casas. Algunos que lograron escapar, llenan estos días los medios de comunicación narrando con la cara tapada la locura desenfrenada vivida. Por supuesto, no es ni será el único lugar de tantos desaparecidos.
El crimen organizado no cesa. Es el quinto empleador de ese gran país y requiere de reclutamiento forzado. ¡¡Terrible!!
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