Cada cuatro años los politicastros de esta media isla creen que el pueblo, en su mayoría, olvidamos sus acciones pasadas, sus traques, mañas, repartición de bienes públicos y corrupción y salen a la esfera pública con cara de que aquí no ha pasado nada para aspirar a continuar o regresar al poder. Quizás sucede porque somos un país sin régimen de consecuencias en nada. Insisto: en nada. Es más, aquí se congratula y se honra lo mal hecho y al protagonista de turno.
Sí efectivamente, usted leyó el título de este artículo «politicastro» con todo mi deseo de que comprenda este término que utiliza el sufijo despectivo «astro». Definido como «político inhábil, rastrero, mal intencionado, que actúa con fines y medios turbios», viene acompañado de comicastro, criticastro, filosofastro, musicastro y poetastro.
Estos términos aún usados definen la baja calidad profesional de una persona en cualquier ámbito profesional, como bien escribió el periodista español Magí Camps en el periódico La Vanguardia. Camps contó que ya el ingeniero industrial y gramático español Pompeu Fabra recogió en su diccionario del año 1932 todas estas acepciones para definir a esos profesionales de pacotilla en cualquier sector.
Pues, así las cosas, cada cuatro años se repite de manera cíclica las elecciones para ejercer el derecho al voto que todos tenemos y continuar dando pábulo a esa caterva de politicastros que lo único que desean, salvo contadas excepciones, es continuar en el poder y otros regresar. En esta ocasión hay nuevos perfiles muy prometedores, pero no entraran en el tren gubernamental en este cuatrienio. Quedan aún dinosaurios políticos que deben abandonar el corredor político dominicano para dar paso a nuevas figuras con ideas más innovadoras y de estos tiempos. Será cuestión del 2028 y más…
Mientras, la ciudadanía cansada, convive en el hartazgo de la politiquería demagoga de estos politicastros que no cesan en hacer el ridículo en calles y barrios, bailar y subirse al techo de un jeep, llevar funditas y dar las manos para conquistar ese voto en personas con mucho desconocimiento de sus acciones. Y ni hablar de una juventud que ejercerá el voto por primera vez, en su mayoría, desconocedora del pasado o sencillamente votará lo que le digan.
En ese sentido, en una reciente conversación con el politólogo Daniel Pou, para el podcast «Cuarto de ensayo» comentó, que nuestro país es el segundo modelo de estado más ineficiente en Latinoamérica: «No vemos señalas reales de hacer las transformaciones que necesita el país, solo son de carácter cuantitativo, aún estamos a la espera de una revolución educativa, de salud y la administración pública en general sigue siendo un ente cerrado donde la transparencia nunca puede ser garantizada y más burocrático que nunca. Los dominicanos estamos transitando por una crisis que nos puede llevar a escenarios muy similares a los que han tenido otros países que se han decantado por regímenes autocráticos. Estamos envueltos en un sistema que produce mucha fatiga».
Esas son otras de nuestras realidades como nación. Todas esas situaciones descritas por el señor Pou sumadas a otras de antaño nos define como un país donde ejecutar transformaciones y cambios cuesta muchísimo trabajo, donde implementar políticas para el bien común desgasta por la ineficiencia y anquilosamiento de esos ejecutores. Somos un país lleno de politicastros en todas las esferas de los poderes del Estado, profesionales de pacotilla que entorpecen los cambios, que solo van como las aves de carroña a devorar el erario nuestro en confabulación con instituciones y leyes mal concebidas desde sus orígenes.
¿Llegará un proceso electoral algún día que nos entusiasme realmente a ejercer el derecho al voto? ¡Ojalá!
Mientras tanto, decidamos cada vez que llegue el momento, en si vale la pena o no emitir un voto por aquello de «votar por el menos malo» que tanto daño nos ha hecho, o votar por aquello que ya conocemos muy bien y que no ofrece ningún atisbo de cambio real.
Los politicastros pueblan nuestra nación….
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