Todos estamos viviendo por primera vez. La frase me apareció de frente mientras leía «Bailando lo quitao» y desde entonces no he podido quitármela de la cabeza. Quizá porque parece una obviedad, pero no lo es. Vivimos como si ya debiéramos saber hacerlo todo. Como si a cierta edad uno tuviera que dominar el amor, las pérdidas, el trabajo, las relaciones, la estabilidad emocional y hasta la manera correcta de reaccionar ante el dolor. Nos exigimos con una dureza desproporcionada para ser personas que, en realidad, están atravesando la vida por primera vez.
Hay algo profundamente injusto en la manera en que nos tratamos. Nos frustramos porque no sabemos qué decisión tomar, porque repetimos errores, porque nos cuesta avanzar o porque todavía sentimos miedo frente a situaciones que creemos deberíamos manejar con madurez absoluta. Pero ¿de dónde salió esa idea de que uno tiene que llegar preparado a vivir? Nadie nace sabiendo cómo sostener un corazón roto, cómo lidiar con la ansiedad de no sentirse suficiente o cómo reconstruirse después de perder algo importante. Y aun así caminamos por el mundo fingiendo que sí.
Tal vez por eso la frase me golpeó tanto. Porque desmonta esa falsa sensación de que todos los demás entendieron el juego menos nosotros. La realidad es que nadie tiene un mapa definitivo. Hay personas que aparentan seguridad mientras improvisan cada paso. Hay adultos que todavía no saben qué hacer con su vida. Hay quienes sonríen en reuniones mientras intentan sobrevivir internamente a una batalla emocional silenciosa. Y hay algo extrañamente tranquilizador en entender que incluso quienes admiramos también están descubriendo cómo vivir sobre la marcha.
Creo que gran parte de nuestra ansiedad nace de compararnos con versiones editadas de los demás. Vemos gente triunfando, enamorándose, mudándose, construyendo proyectos y asumimos que todos saben exactamente hacia dónde van. Pero rara vez pensamos en la cantidad de miedo, dudas e inseguridades que también acompañan esos procesos. Nos hemos acostumbrado a romantizar la certeza cuando, en realidad, la mayoría de las decisiones importantes se toman desde la incertidumbre.
Y quizá crecer consiste precisamente en aceptar eso. En dejar de esperar el momento en que finalmente tendremos todo resuelto. Porque ese momento probablemente no existe. Siempre habrá algo nuevo que aprender, una versión distinta de nosotros mismos que entender o una experiencia que nos obligue a empezar desde cero. Uno empieza de cero después de una ruptura, después de cambiar de ciudad, después de perder a alguien, después de descubrir que el sueño que tenía ya no le hace feliz. La vida está llena de reinicios disfrazados de etapas.
Qué diferente sería todo si aprendiéramos a mirarnos con más compasión. Si en lugar de castigarnos por no saber hacerlo perfecto, entendiéramos que estamos aprendiendo mientras vivimos. Porque nadie vino aquí con experiencia previa. Todos estamos intentando entender qué significa amar, sostenernos, equivocarnos y seguir adelante. Todos estamos viviendo por primera vez. Y quizás ahí, justamente ahí, está la parte más humana de todo esto.





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