07/07/2026
Arte & Cultura

Miradas distócicas desde la diáspora caribeña: Ángel Urrelly y Wilfredo Torres

La expresión «miradas distócicas» es poco común en el ámbito de la crítica  del arte caribeño, aunque pretende ser consonante con aquella tendencia que  desde el pasado siglo, dejó de considerar las obras de arte como objetos estéticos,  para poder interpretarlas como expresiones culturales complejas,  atravesadas por la herencia del colonialismo, la esclavitud, las migraciones y los desplazamientos, así como la desigualdad social y económica, la violencia política o de género, las crisis ambientales y el cambio climático. Sobre todo, para proponer una mirada centrada en la identidad caribeña como una construcción compleja en constante negociación y revalorización, que, sin duda alguna, exige sus propias herramientas para el análisis y comprensión de realidades específicas.

El término clave que estamos utilizando para profundizar en algunas especificidades del fenómeno creativo caribeño, proviene de la palabra distocia, usada en medicina para describir un parto difícil o complicado. Más que todo, con la metáfora de la distocia aplicada a las artes de la región quiero hacer referencia a un «nacimiento difícil»: un Caribe que ha debido construir su identidad a través de procesos históricos traumáticos con una fuerte dosis de conflictos y resistencias, pero con una importante capacidad de respuestas para su permanente reinvención. 

«Frágil», de Wilfredo Torres.

Al profundizar en las producciones específicas de dos artistas caribeños reconocidos: Ángel Urrely y Wilfredo Torres, residentes en República Dominicana y Estados Unidos respectivamente, encontramos analogías significativas a la hora de dar respuestas a sus diferentes inquietudes, por lo que debemos detenernos en el hecho de que ambos forman parte de la diáspora cubana, sin embargo, como tantos otros artistas de la región asumen conflictos, tensiones, contradicciones y realidades difíciles que les son comunes. Pero lo más interesante es que desde sus obras, podremos atravesar esa delgada línea que separa una respuesta auténtica, proveniente de una tradición que podríamos rastrear y distinta de ciertas miradas complacientes, que solo buscan validación o reconocimiento. 

Tanto Urrely como Torres en lugar de construir una visión idealizada o de sesgo estrictamente ideológico del Caribe, han encontrado respuestas que invitan a reflexionar sobre el mensaje más allá de su interpretación literal. Sobre todo, su dialogar con la memoria utiliza el recurso del humor como una manera de enfrentar y deconstruir la historia, narrar la adversidad o simplemente reflejar los dramas cotidianos.

Otra de las obras de Ángel Urrely.

Ángel Urrely, residente en la República Dominicana, ha consolidado una obra de claros referentes antillanos donde el mar y las islas forman parte de un universo geográfico plásticamente enriquecido por la configuración de mapas antiguos y bestias marinas, mientas explora poéticamente los azules y los marrones e identifica los espacios con símbolos religiosos, productivos y naturales, que muestran la región como un espacio cultural polisémico, donde sobresalen algunos elementos con los que se reconoce el Caribe, como la caña de azúcar. Este símbolo que resume una historia anclada en el dolor del comercio esclavo, la trata y la discriminación racial, también vinculado a la construcción de un imaginario que nos define y que ha sido negado o desplazado por otras realidades, es abordado por Urrely de manera frecuente. 

Dueño de una técnica minuciosa, Ángel Urrely es cuidadoso en la elección de cada uno de sus motivos. Sus obras –plagadas de un bestiario en permanente metamorfosis, tallos de caña de azúcar y otros elementos reales y simbólicos, donde suele aparecer el espacio citadino– van creando un entramado donde el artista juega a diseccionar la realidad. 

Si observamos con detenimiento cada etapa de su producción, podremos comprender como este creador logra concebir un microcosmos que nos atrapa por su ironía sutil, en ocasiones explicita, como sucede con sus altas torres sobre las que destacan grandes plantaciones de caña de azúcar. En estas obras Urrely interroga el crecimiento desordenado de la ciudad y la violencia de la urbe, pero al describirla desde el absurdo a través de la reiteración y el contraste de situaciones, provoca en el espectador un efecto sorpresa, hasta lograr que el contexto interrogue acerca de su verdadero significado y trascienda más allá de lo meramente descriptivo o temporal.

«Ajedrez vertical», de Wilfredo Torres.

Por su parte Wilfredo Torres, con una larga experiencia de 22 años de trabajo vinculada a la publicación humorística cubana conocida como DDT, logra trasladar en los años 90 todo su ingenio humorístico al barro con la intención de producir artesanías, como recurso de subsistencia ante la cruda realidad cubana, al decir del destacado escritor Leonardo Padura. Desde entonces, en su ya extensa producción visual el humor seguirá estando presente como un mecanismo de regulación emocional y una excelente estrategia lúdica-comunicativa.

El retrato, la escultura, la cerámica, así como la interacción entre diferentes disciplinas han matizado toda su labor creativa. 

Maestro a la hora de caricaturizar sus figuras, Wilfredo Torres suele alterar las proporciones, exagerar gestos o mostrar posturas teatrales para romper con las ideas o percepciones convencionales, de igual forma se inclina a abordar el absurdo combinando elementos inesperados o creando situaciones improbables. Aspectos que podemos observar en obras como «Frágil» del año 2007 o «El Músico» del año 2025, realizada con medios mixtos.

Ángel Urrely se afianza en la compleja humanización de sus escenarios o personajes.

Otra vía utilizada con frecuencia por este creador es el empleo del doble sentido donde el significado de la obra no se agota en una primera impresión ya que en estos casos el humor funciona como una puerta de entrada hacia interpretaciones relacionadas con la identidad, el poder, la memoria o la vida cotidiana. («Jimy Cat», «Ajedrez Vertical». «Inmigrante»).

Esta primera y breve aproximación a dos creadores importantes, nos ha permitido hacer un intento de incursión en un recurso significativo, que a la vez forma parte de una tradición arraigada en el arte cubano y caribeño, entendiendo el humor, sobre todo, como una herramienta de resistencia cultural, más que como un medio de entretenimiento.

Desde el humor las miradas distócicas de Ángel Urrely y Wilfredo Torres se afianzan en la compleja humanización de sus escenarios o personajes, sin soslayar la necesidad de identificarse con situaciones universales y sin olvidar la crítica social, en ocasiones ejercida de una manera amable y en otras de forma radical e incisiva y en la que no ha faltado una buena dosis de ironía.

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