La primera edición de la tertulia «Crónicas Musicales» abrió sus puertas como un espacio íntimo para escuchar las historias que suelen quedar detrás de los grandes éxitos. Con el respaldo institucional de la Sociedad General de Autores, Compositores y Editores Dominicanos (SGACEDOM). El protagonista de esta primera entrega fue Mario Díaz, uno de los compositores dominicanos más prolíficos y grabados en la música tropical y popular latinoamericana.
Díaz inició su relato regresando a su infancia en Villa Francisca y el 27 de Febrero. «Yo aprendí a tocar bongó con latitas», recordó entre risas. Tenía apenas nueve o diez años cuando escribió su primera canción para un festival barrial organizado por su hermana. No recuerda la letra, pero sí el impacto: el aplauso fue suficiente para sembrar la inquietud creadora.
Poco después llegó la influencia decisiva de la salsa. Su hermano Rafael llevó a casa discos de la Fania: Johnny Pacheco, Willie Colón, Héctor Lavoe, Richie Ray y Bobby Cruz. «Eso me afiebró», confesó. Comenzó a escribir canciones inspiradas en esos sonidos, sin imaginar que algún día serían grabadas. Durante la adolescencia, ya integrado a la vida cultural de su barrio y al club Fases de Luna, escribía y compartía canciones sin pensar en la industria. «¿Cómo yo le iba a llegar a un artista?», se preguntaba entonces.
El salto llegó casi por casualidad. Un conocido le pidió una canción «plebe», sencilla, para un grupo llamado La Media Naranja. Díaz aceptó el encargo, pero pidió algo insólito: no aparecer en los créditos. «Me avergonzaba lo simple de la letra», explicó. Era 1983 y él ya escribía canciones de contenido social.

El verdadero punto de inflexión ocurrió a mediados de los años 80, cuando Charlie Rodríguez grabó Si yo tuviera un palacio, conocida popularmente como El Palacio. «Esa fue la que me abrió las puertas. A donde llegaba me decían: ‘el compositor de El Palacio’», contó. A partir de ahí, su nombre empezó a circular con fuerza.
Aunque la salsa marcó su inicio, Díaz amplió pronto su horizonte musical. Joan Manuel Serrat, Silvio Rodríguez, Pablo Milanés y Los Guaraguao nutrieron su sensibilidad. Aquella etapa estuvo atravesada por inquietudes políticas y sociales. «Éramos cabeza caliente, cantábamos cosas incómodas, hasta con policías mirándonos mal», recordó. Lejos de arrepentirse, afirmó: «Eso me gustaba y todavía me gusta».
Su relación con figuras clave como Dioni Fernández surgió en ese contexto. A través del ingeniero Miguel González, Díaz conectó con Fernández y comenzaron colaboraciones decisivas, como Qué me dice usted, originalmente titulada A pedir su mano. «Dioni fue quien le cambió el nombre», aclaró, porque Juan Luis Guerra y 4-40 habían estrenado un merengue con ese mismo título.
El oficio y las instituciones
Consultado sobre el papel actual de SGACEDOM, Díaz fue enfático: reconoció un crecimiento «vertiginoso» en recaudaciones, estructura y logros institucionales. «Los números hablan solos», dijo, comparando la gestión con las estadísticas de los peloteros. Destacó la adquisición de una sede propia y exhortó a continuar fortaleciendo la defensa de los derechos de autor.
La lista de artistas que han grabado composiciones de Mario Díaz es extensa: Celia Cruz, Oscar D’León, Tommy Olivencia, Johnny Ventura, Gilberto Santa Rosa, Willy González, Puerto Rican Power, entre muchos otros. De todas esas experiencias, hay una espina pendiente: Johnny Pacheco. «Hablé con él, le presenté una canción, pero no pasó nada. Me dolió que se fuera sin grabarme», confesó.
También expresó un deseo personal: volver a escuchar cantar a Olga Lara. «No solo es una gran psicóloga, es una gran artista», dijo, provocando aplausos cómplices del público.

Ante la pregunta sobre la actualidad del merengue y otros géneros, Díaz fue claro: «Somos más compositores que antes, y muy buenos». Mencionó nombres consagrados y nuevas generaciones, pero insistió en que hace falta mayor apoyo y apertura de espacios para que el merengue se renueve. «El género necesita puertas abiertas y relevos», afirmó. Su propio archivo creativo da cuenta de una vida dedicada a escribir: más de dos mil canciones compuestas, más de quinientas grabadas, incluyendo unas doscientas salsas. «Quemé como sesenta canciones de cuando era niño”, confesó, “porque eran inquietudes sin rumbo».
Uno de los momentos más intensos de la tertulia surgió al abordar el impacto de la inteligencia artificial en la composición musical. Díaz citó a Freddie Mercury: la tecnología puede quitarle el alma a la música. Su postura fue tajante: «Yo tengo inteligencia natural. No necesito una máquina que escriba por mí».
Para él, la IA no crea, solo recompone algoritmos ajenos. «Mientras no tenga alma, no podrá competir con nosotros», sentenció, recibiendo una ovación. Recordó que ningún software podrá reproducir el swing auténtico del merengue ni la profundidad emocional de ciertas canciones emblemáticas.
Entre las muchas composiciones de su catálogo, Frutos ocupa un lugar especial. Grabada en distintos estilos y hasta en otros idiomas, le ha regalado momentos imborrables: un trombonista que lloró al escuchar la melodía, el apretón de manos de Juan Bosch, el reconocimiento de Pedro Mir y el interés de figuras como Roberto Cantoral y César Isella. «Esa canción me ha dado cosas que no se compran», confesó.
Sobre los campamentos de composición y las coautorías masivas, Díaz defendió un principio simple: honestidad. «Nadie debería firmar una canción si no puso ni una coma», afirmó. Relató el caso paradigmático de Azúcar negra, escrita contra reloj para Celia Cruz. Con humor y tensión, narró cómo improvisó letra y melodía en pocas horas. «Gracias a esa canción compré mi primera casa», reveló.
¿Cuándo vivir de la composición?
Díaz explicó que nunca pensó inicialmente en vivir de escribir canciones. Fue la salsa, con su mercado internacional, la que le permitió hacerlo. «Cuando empezaron a llegar los royalties, entendí que de esto se podía vivir», dijo, sin menospreciar al merengue, pero reconociendo sus limitaciones comerciales históricas.

El compositor, ganador del Premio Soberano que otorga la Asociación de Cronistas de Arte (Acroarte), describió su manera de crear: inspiración y oficio al mismo tiempo. «Si me dispongo a escribir, escribo. Le pido a Dios un tema y arranco». Algunas canciones nacen por encargo; otras, las más personales, se quedan con él. Como las que escribió tras la muerte de su padre: «No soy capaz de abrir ese cuaderno sin llorar». Esas canciones, confesó, le sirven para limpiar el alma. Entre risas, Díaz cerró reafirmando su identidad: «El dominicano que no come concón no es digno de confianza». Más allá de la broma, dejó claro que su obra nace de la experiencia, de venir de abajo y de no olvidar nunca de dónde se viene.
Para Mario Díaz, la diferencia entre un compositor y un generador automático de canciones no es técnica, sino espiritual. «Nosotros venimos de una generación que leía, que escuchaba radio con atención, que se aprendía las letras completas», dijo. En contraste, observa con distancia el auge de una música inmediata, repetitiva y desprovista de profundidad literaria. No lo dice desde la nostalgia, sino desde la convicción de que el arte necesita contexto, vivencia y lenguaje. «No se le pueden pedir peras al olmo. Si alguien se cría oyendo basura, eso es lo que va a reproducir», afirmó con crudeza, dejando claro que su silencio frente a ciertas tendencias actuales no es desprecio, sino falta de interés creativo.
Esa postura crítica no lo aleja de la realidad del oficio, ni de los jóvenes creadores. Por el contrario, Díaz insiste en la responsabilidad ética del compositor: escribir canciones que no avergüencen con el tiempo. «Es mejor comer arroz blanco vacío que un filete escribiendo porquerías», sentenció, provocando risas y aplausos. Para él, una buena canción es un legado moral: algo que se pueda mirar de frente años después, frente a los hijos y los nietos. La calidad, repite, no garantiza éxito inmediato, pero sí permanencia. «Lo bueno queda para siempre», insistió, como quien habla desde la experiencia y no desde la teoría.
Cuando se le pregunta por su propio proceso creativo, Díaz vuelve al origen: la emoción. Dice que puede escribir por encargo, con disciplina y oficio, pero que sus canciones más profundas nacen cuando escribe para sí mismo. Algunas jamás han sido grabadas, como las que compuso tras la muerte de su padre, guardadas en un cuaderno que aún no puede abrir sin llorar. «Hay canciones que uno escribe para limpiar el alma», confesó. En ese espacio íntimo, lejos de la industria, de los rankings y de los algoritmos, Mario Díaz reafirma su certeza más firme: la música verdadera no se calcula, se siente.





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