23/08/2026
Opinión

Escuela, familia y comunidad: nexos ineludibles en RD (IV)

El ritmo llevado por el merecido desarrollo del pueblo dominicano nos conduce a veces a la comisión de inadvertidos  errores que restan brillo al bienestar alcanzado. En muchas de nuestras reflexiones llegamos a desear que las cosas sean, hoy como lo fueron ayer, aún a riesgo de perder las comodidades conquistadas, para el presente.

El sabor del desarrollo asume un tono amargo cuando descubrimos que mientras las fuentes de conocimientos, en ciencias, están rebosantes y llenas de algarabía, por la fuente de los valores, apenas un pequeño hilillo se desliza tímidamente bajo amenaza de extinguirse totalmente. Así transita, en la escuela, la familia y la comunidad.

La sensibilidad social contenida por la juventud de los 60 y 70, aquella que limpiaba, decoraba,  defendía su escuela y distinguía a sus maestros fue interrumpida y erradicada, por la respetable acción de la conserjería,  los vigilantes y las demandas del sindicato de profesores. Con un solo movimiento, la escuela fue extraída del corazón del estudiantado.

 El movimiento estudiantil, que desde la escuela alimentaba a las comunidades, a los trabajadores, haciéndose dueño de las luchas por sus principales reivindicaciones sociales; desapareció y en su lugar a lo interno, la escuela tiene un nuevo dueño, que es el sindicato de  profesores; aquel que decidió bajar al maestro del pedestal donde era adorado, para navegar en las provocadoras y adictivas aguas del “más dinero”, degenerando de maestro a  profesor.

Lo que en un momento fue una bien orientada lucha por reivindicaciones totales y muy abarcadoras ha degenerado en una desfigurada lucha, solo por mejoras salariales, para el exclusivo sector profesoral.

En el escenario actual, el profesorado está mostrando a su público de primera línea, que es el estudiantado nacional, una gran lección de anti valor, cuando juzga e inclina la balanza entre capacitación y salarios; la importancia atribuida a estas categorías, y que el estudiantado haga silencio, que no se escuche su voz, es señal de que tenemos a una población estudiantil doblegada que aprueba y que en su momento actuará igual.

De una escuela así dirigida podemos sacar científicos de la NASA, pero no hombres y mujeres de bien, de ahí saldrá cada quien con su cuchillo en la boca a la caza de su próxima víctima.

Así, muere el maestro y le sobrevive el profesor, que en la actualidad, como obrero de cualquier centro industrial, solo persigue y solo le interesa la remuneración económica de su esfuerzo. «Murió el honor, vive el dinero”. 

Que no nos extrañe, entonces, que contrario a la conducta del estudiante militante, que planificaba en la escuela, bajo la honorable autoridad del maestro, la próxima reunión del club, servicios de las iglesias o las células políticas a que pertenecía cada uno, ahora lo que se planifique sea, dónde tumbar celulares, carteras, cadenas o  en qué colmadón, drink, discoteca o motel se van a juntar.

La comunidad ya no altera su ritmo de vida, porque uno de sus hijos está ausente, por haber entrado a la clandestinidad, para evadir persecución policial, debido a su militancia; ahora se altera porque su presencia es una amenaza para el bien particular o colectivo. 

El movimiento estudiantil si es usado a nivel comunitario en un reclamo, no lo hace de manera consciente, sino sirviendo a intereses particulares ajenos a los suyos y a los de la colectividad, la mayoría de las  veces, en calidad de mercenarios.

Las movilizaciones, alimentadas por el estudiantado en reclamo de servicios de energía eléctrica y agua, para las comunidades, antes frecuentes y logrado ya, esos objetivos casi a nivel nacional, ahora tiene a nuestros jóvenes observando, cómo los respetables mayores que ejercen autoridad sobre ellos, que dirigen hoy a las comunidades y a las entidades de servicios; hacen los mil trucos para robarse los servicios o lo producido por  estos. Tales, son  conquistas por las  que muchos jóvenes entregaron la vida, en nobles y justos reclamos. En su honor, lluvias de irresponsabilidades.

La confusión que reina hoy en nuestra juventud, en la escuela, la familia y las comunidades, no debe asombrarnos; es la consecuencia de un mal modelaje, de los que actúan como sus principales autoridades en todos los niveles.  

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