08/02/2026
Crónica Política

Epstein, los nombres y la confusión moral

Cada nueva tanda de documentos relacionados con Jeffrey Epstein provoca el mismo efecto: una avalancha de nombres, insinuaciones y juicios instantáneos. En ese ruido reaparecen figuras tan dispares como Donald Trump, Barack Obama y Noam Chomsky, a menudo colocadas en el mismo plano moral por el simple hecho de figurar en los llamados “papeles de Epstein”. Esa equiparación, sin embargo, dice más sobre nuestra cultura política que sobre los documentos en sí.

Empecemos por Donald Trump, cuyo vínculo con Epstein fue real, visible y socialmente documentado. No se trata de una mención casual en un correo ajeno, sino de una relación propia del ecosistema de poder y ostentación de los años noventa: fiestas, clubes privados, fotos y declaraciones públicas. Trump reconoció haberlo conocido y haber compartido espacios con él. Que los archivos no prueben delitos no borra una pregunta incómoda: ¿qué tipo de entorno político y económico permitió que alguien como Epstein fuera aceptado durante años sin un escrutinio serio? En el caso de Trump, el problema no es solo jurídico, sino ético y cultural.

Barack Obama, en cambio, aparece como ejemplo de cómo funciona la distorsión informativa. Su nombre surge de forma indirecta, en referencias marginales dentro de la correspondencia de Epstein o en menciones de terceros. No hay fotos, viajes, reuniones ni relación personal documentada. Aun así, en redes sociales su nombre se mezcla con el de otros como si todas las menciones fueran equivalentes. Esto revela una lógica peligrosa: en la era del escándalo permanente, el simple hecho de ser nombrado se convierte en sospecha automática, sin importar el contexto.

El caso de Noam Chomsky es quizá el más incómodo intelectualmente. A diferencia de Obama, Chomsky sí se reunió con Epstein y lo ha reconocido abiertamente. No como parte de una vida social frívola, sino en encuentros políticos e intelectuales. Legalmente, los documentos no muestran nada criminal. Moralmente, el debate es otro: ¿hasta qué punto un intelectual crítico del poder puede justificar haber tratado con alguien que, incluso antes de su condena definitiva, ya arrastraba una sombra pública considerable? Aquí no hay pruebas de delito, pero sí una discusión legítima sobre coherencia y responsabilidad ética.

El gran problema del debate público es que confunde niveles. Los papeles de Epstein no son una lista de culpables; son un archivo caótico de contactos, obsesiones y estrategias de autoprotección de un hombre poderoso. Meter a Trump, Obama y Chomsky en el mismo saco puede ser rentable para el sensacionalismo, pero empobrece la discusión.

La verdadera pregunta no es “¿quién aparece mencionado?”, sino qué nos dice esto sobre cómo opera el poder. Epstein no fue una anomalía solitaria, sino un síntoma de una red donde dinero, prestigio y acceso funcionaban como blindaje moral. Si algo deberían enseñarnos estos documentos, no es a fabricar culpables rápidos, sino a desconfiar de los sistemas que permiten que los abusos prosperen durante décadas a plena vista.

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