Las redes sociales nacieron como espacios de conexión, intercambio y expresión. Sin embargo, con el paso del tiempo y la consolidación de la economía de la atención, se han transformado también en vitrinas donde el dolor ajeno se convierte, cada vez con mayor frecuencia, en contenido rentable. La tragedia, la pérdida, el trauma y la indignación se han vuelto moneda corriente en un sistema que premia el impacto emocional por encima de la empatía real.
Hoy, una desgracia no solo duele: también se graba, se edita, se publica y se analiza en tiempo real. Se convierte en hilo, en video, en «storytime», en opinión urgente. El sufrimiento de otros pasa a ser materia prima para generar vistas, seguidores, interacción y, en muchos casos, ingresos. Y aunque no siempre existe mala intención, el problema radica en la normalización de esta práctica y en la delgada línea entre informar, acompañar y explotar.
El algoritmo no distingue entre conciencia y morbo. Solo mide tiempo de visualización, reacciones, comentarios. Por eso, el contenido que despierta rabia, miedo o tristeza extrema suele amplificarse con mayor rapidez. En ese contexto, algunos creadores sienten la presión, o la tentación, de subirse a la ola del momento, incluso cuando el costo humano es alto. Se habla de víctimas como si fueran personajes, se especula sin pruebas, se recrean detalles que revictimizan y se construyen narrativas que muchas veces ignoran el respeto básico por quienes están viviendo el dolor en carne propia.
La monetización del sufrimiento no siempre se manifiesta de forma explícita. No hace falta un anuncio a mitad del video para que exista explotación. Basta con convertir una tragedia en una serie de contenidos, con hacer del duelo ajeno una oportunidad para crecer en alcance o posicionarse como voz «autorizada» sin responsabilidad real. El problema no es hablar de temas difíciles; el problema es cómo, desde dónde y con qué propósito se hace.
También hay un rol que no podemos ignorar: el de la audiencia. Cada clic, cada comentario, cada vez que compartimos un contenido cargado de dolor sin cuestionarlo, alimentamos ese sistema. Consumimos tragedia como entretenimiento disfrazado de información, y luego nos preguntamos por qué todo parece cada vez más crudo, más invasivo, más deshumanizado.
Frente a esto, urge una reflexión colectiva. Los creadores deben preguntarse si su contenido aporta algo más que ruido, si dignifica o si simplemente capitaliza la emoción del momento. Y como usuarios, debemos aprender a pausar, a discernir, a no exigir explicaciones inmediatas ni detalles innecesarios cuando alguien atraviesa una pérdida.
No todo debe convertirse en contenido. No todo dolor es público. No toda historia necesita ser contada por quien no la vive. Humanizar las redes implica recordar que detrás de cada titular viral hay personas reales, familias reales, procesos reales. Y que ninguna métrica justifica perder la sensibilidad.


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