05/03/2026
Notas al Vuelo

El vértigo del mañana

Se repite como sentencia en sobremesas y debates digitales: la generación Z le tiene miedo al futuro. Se les acusa de frágiles, de ansiosos, de no saber manejar la presión. Pero ¿es miedo lo que sienten o es, más bien, una conciencia más cruda de la realidad que les tocó habitar?

Nacidos entre finales de los noventa y principios de la década de 2010, crecieron en medio de crisis financieras, pandemias globales, emergencias climáticas y una hiperconectividad que no da tregua. Mientras generaciones anteriores podían imaginar el porvenir como una promesa lineal, estudiar, trabajar y  progresar, para muchos jóvenes de hoy el futuro se percibe como una interrogante constante, inestable y cambiante. No es que no quieran avanzar; es que avanzan sobre terreno movedizo.

La ansiedad que se les adjudica no surge en el vacío. Viven bajo la presión de construir una identidad pública desde la adolescencia, medir su valor en métricas digitales y compararse con vidas editadas que parecen perfectas. El mañana no solo implica independencia económica o realización profesional; también implica sostener una narrativa personal coherente ante una audiencia permanente. El futuro, entonces, no es solo proyecto de vida: es performance continuo.

Sin embargo, reducirlo todo a miedo sería simplificar demasiado. La generación Z también ha demostrado una sensibilidad social que incomoda y transforma. Hablan de salud mental sin susurros, cuestionan estructuras laborales tradicionales y se rehúsan a aceptar que el agotamiento sea sinónimo de éxito. No quieren «sobrevivir» al futuro; quieren rediseñarlo. Y eso, lejos de cobardía, requiere valentía.

Tal vez lo que asusta no es el futuro en sí, sino la ausencia de certezas. Las generaciones pasadas podían aspirar a estabilidad como meta alcanzable. Hoy, el concepto de estabilidad parece un lujo. Empleos que no garantizan permanencia, alquileres que superan salarios, cambios tecnológicos que vuelven obsoletas habilidades en cuestión de años. ¿Cómo no experimentar vértigo ante un panorama así?

Pero en medio de esa incertidumbre, también hay creatividad. Muchos jóvenes emprenden, crean marcas personales, trabajan de forma remota, diversifican ingresos. Han entendido que depender de una sola vía puede ser riesgoso. Se reinventan con rapidez porque no tienen otra opción. Han hecho de la adaptabilidad su mayor competencia.

En países como el nuestro, donde las oportunidades no siempre están distribuidas con equidad, el desafío es aún mayor. Soñar en grande exige no solo ambición, sino estrategia y resistencia. Y aun así, la generación Z sigue apostando por formarse, por viajar, por exponerse a nuevas experiencias. Eso no es miedo paralizante; es miedo gestionado.

Quizá la pregunta correcta no sea si la generación Z le teme al futuro, sino qué tipo de futuro se ofrece. Cuando el horizonte se pinta con crisis ambientales, polarización política y economías frágiles, el temor no es debilidad: es lucidez.

La generación Z no le huye al mañana. Lo mira de frente, aunque a veces con ansiedad. Y en ese acto de mirar sin ilusiones románticas, pero con deseo de cambio, hay una fuerza silenciosa. No es una generación que quiera esconderse del futuro; es una generación que exige que el futuro sea digno de ser habitado.

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