05/03/2026
Moda

El amor también tiene código de vestimenta

Hace unos días, organizando mi pequeña biblioteca, encontré una pieza que daba por extraviada. Se trata del libro «Amor y estilo: una pareja ganadora», de Rhodie Lamour, un escrito que hace unos años me obsequió su autora y que atesoré por la manera asertiva, práctica y necesaria en la que vincula la moda con los sentimientos y las relaciones.

Rhodie Lamour es asesora de imagen, comunicadora y conferencista especializada en protocolo, etiqueta y proyección personal. Con formación en consultoría de imagen y años de experiencia acompañando a hombres y mujeres en procesos de transformación personal, Lamour ha defendido una premisa clara: la imagen no es superficial, es estratégica. Su trabajo, que combina estilo, autoestima y desarrollo emocional, la ha posicionado como una voz que entiende la moda no solo como tendencia, sino como lenguaje. Desde esa mirada integral nace este libro, que propone algo tan sencillo como poderoso: amar mejor también implica vestirse mejor, y viceversa.

No pude dejar pasar la oportunidad de compartir algunas de sus lecciones más importantes, así como lo que se desprende de ellas.

«Lejos de ser pasado de moda, prefiera crear un aura de misterio en su compañero o compañera al despertarle la imaginación y hacer que recree en el pensamiento lo que esconde de manera sutil y voluntaria.»

Siendo la mente una de las herramientas más poderosas del ser humano, cobra total sentido jugar con ella al momento de vestir. La sugerencia inteligente, la insinuación elegante, el detalle que no se muestra por completo, activan algo más profundo que la simple exposición del cuerpo. En un mundo saturado de inmediatez y sobreexposición, donde todo parece mostrarse sin filtro, el misterio se convierte casi en un acto de rebeldía.

Aquí conviene detenernos en la diferencia entre «sensual» y «vulgar». Lo sensual sugiere; lo vulgar impone. Lo sensual despierta curiosidad; lo vulgar la anula. La línea puede ser delgada, pero existe. Y cruzarla o no depende, en gran medida, de la intención y del contexto. Vestir con intención no es reprimir la personalidad, sino administrarla con inteligencia emocional.

«Las mujeres están interesadas en todo lo que transmiten los hombres; esto incluye el mensaje que expresan sus atuendos. Ser impecable, reflejar orden y pulcritud, atraen a las mujeres mucho más que los regalos brillantes y demostrativos.»

No hay nada menos cierto que la idea de que la moda y el estilo no van de la mano con la masculinidad. Durante años se nos vendió la noción de que preocuparse por la apariencia era sinónimo de frivolidad o debilidad. Sin embargo, la pulcritud, el orden y la coherencia estética son, en realidad, expresiones de respeto: hacia uno mismo y hacia los demás.

Un hombre, o cualquier persona, que cuida su imagen comunica disciplina, estructura y seguridad. No se trata de ostentar marcas ni de competir en extravagancia; se trata de proyectar congruencia. Un estilismo depurado puede conquistar más pasiones que cualquier gesto grandilocuente, porque la verdadera atracción no nace del brillo exagerado, sino de la armonía.

«Los accesorios están ahí para personalizar la ropa. De hecho, cuando mil personas usan el mismo suéter, las variaciones en los accesorios hacen que sus estilos sean completamente diferentes entre ellos. Estos pequeños e inofensivos objetos tienen más poder, incluso, que la misma ropa. Van desde el maquillaje y el esmalte de uñas, hasta los broches, las corbatas y los prendedores.»

En esta afirmación hay una verdad contundente: los detalles hablan. La complementación de un atuendo con joyería específica, un reloj heredado, una corbata con historia o un esmalte elegido con intención puede convertirse en un lenguaje que espera ser descifrado.

Los accesorios no son añadidos superficiales; son declaraciones sutiles. Revelan estados de ánimo, pertenencias culturales, aspiraciones y hasta rebeldías. En los detalles se esconden grandes intenciones que pueden elevar o desestimar todo un trabajo de estilismo. Y, más allá de lo estético, enseñan algo más profundo: nuestra identidad no está en la prenda base, sino en cómo decidimos habitarla.

«La moraleja de la historia es que, al crear un espacio para cada faceta de nuestra vida, logramos el equilibrio y la felicidad. Mezclar todo suele confundir y es muy a menudo la fuente de nuestros malestares.»

Tener más de un estilo o preferencia no es un pecado; es, en muchos casos, una riqueza. Podemos ser clásicos en lo profesional, audaces en lo social y cómodos en lo íntimo. El error no está en la diversidad, sino en la incapacidad de reconocer los escenarios.

Cuando no identificamos el contexto, confundimos códigos. Y la moda, como el lenguaje, tiene gramática. Vestir adecuadamente para cada espacio no es una imposición rígida, sino una herramienta de equilibrio. Al igual que en las relaciones, saber qué versión de nosotros se manifiesta en cada entorno evita fricciones innecesarias. Orden externo muchas veces traduce claridad interna.

«La solución que sugerimos es más bien aprender a conocernos mejor para saber nuestros gustos y definir el espacio personal antes de identificar el de la pareja.»

Aquí reside uno de los errores más frecuentes: pretender construir una identidad compartida sin haber consolidado la propia. ¿Cómo podemos definir con exactitud lo que queremos ver en una pareja si no tenemos claro lo que queremos ver en nosotros mismos?

La moda, entendida como extensión del carácter, obliga a ese ejercicio de autoconocimiento. Antes de vestir para gustar, hay que vestir para reconocerse. Antes de adaptarse al estilo del otro, hay que saber cuál es el propio. El espacio personal no compite con el espacio compartido; lo fortalece. En relaciones sólidas, dos identidades definidas no se anulan, se complementan.

En definitiva, «Amor y estilo: una pareja ganadora» nos recuerda que la moda no es un fenómeno limitado a las pasarelas ni a los escaparates. Es un acto cotidiano que influye en cómo nos percibimos y en cómo nos perciben. Es comunicación no verbal, es estrategia emocional, es coherencia entre lo que sentimos y lo que proyectamos.

Vestir no es solo cubrir el cuerpo; es narrar quiénes somos, qué deseamos y cómo nos vinculamos. La imagen impacta en la forma en que nos relacionamos, en el trato que recibimos y en la seguridad con la que habitamos cada espacio. Cuando comprendemos que el estilo también construye vínculos, dejamos de verlo como algo superficial y empezamos a asumirlo como una herramienta de bienestar.

La moda, entonces, se convierte en una aliada del amor propio y de las relaciones sanas. Porque al final, como sugiere Lamour, amar mejor y vestir mejor no son caminos paralelos: son parte de la misma conversación.

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