09/04/2026
Editorial

Cuando la lluvia revela lo que aún falta por resolver

Las lluvias que impactaron con mayor intensidad al Distrito Nacional, extendiéndose de forma más limitada a otras zonas del país, no solo dejaron calles anegadas y hogares afectados. También volvieron a poner en evidencia una realidad conocida, pero aun insuficientemente atendida: la vulnerabilidad estructural de nuestras ciudades frente a fenómenos climáticos cada vez más intensos.

La respuesta del Estado, encabezada por el presidente Luis Abinader desde el Centro de Operaciones de Emergencias, fue rápida y coordinada. La movilización de instituciones, la asistencia social a los afectados y el despliegue de brigadas en puntos críticos evitaron que la situación escalara a una tragedia mayor. A esto se sumó el trabajo cercano en el territorio liderado por la alcaldesa Carolina Mejía, cuya presencia en las zonas impactadas reafirmó la importancia de una gestión local activa en momentos de crisis.

Sin embargo, sería un error limitar la lectura de estos hechos a la eficacia de la respuesta inmediata. Cada evento de esta naturaleza debe ser también una oportunidad para cuestionar las bases sobre las que se construyen nuestras ciudades. El colapso de drenajes, la ocupación de zonas vulnerables y la acumulación de desechos en cañadas no son consecuencias de la lluvia, sino problemas preexistentes que la lluvia expone con crudeza.

En ese sentido, la activación del sistema sanitario por parte del Ministerio de Salud Pública recuerda que las emergencias no terminan cuando baja el nivel del agua. El riesgo de enfermedades asociadas a inundaciones abre un segundo capítulo, menos visible pero igualmente crítico, que exige prevención, educación y seguimiento constante.

La recurrencia de estos episodios obliga a pensar más allá de la coyuntura. No se trata únicamente de responder mejor, sino de reducir la necesidad de responder. Esto implica invertir de manera sostenida en infraestructura resiliente, fortalecer la planificación urbana y promover una cultura ciudadana orientada a la prevención.

Porque si bien es cierto que la naturaleza no se puede controlar, sí es posible —y necesario— disminuir sus impactos. Cada lluvia intensa que paraliza sectores del Distrito Nacional no debería asumirse como un evento inevitable, sino como una señal de alerta sobre lo que aún falta por corregir.

La capacidad de respuesta ha mejorado. La coordinación institucional es hoy más evidente. Pero el verdadero desafío sigue siendo otro: construir un entorno donde la próxima lluvia no vuelva a sorprendernos en las mismas condiciones.

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