La alfombra roja de los Golden Globes 2026, celebrados en el Beverly Hilton, volvió a recordarnos por qué este premio funciona como el «primer gran termómetro» de la temporada: no se trata solo de quién llega mejor vestido, sino de qué historias decide contar cada look. Este año dominó una elegancia de pulso firme: mucho negro, glamour clásico, sastrería depurada y, como contrapunto, detalles provocadores.
Si hubiese que resumir la noche en una sola idea, sería esta: Old Hollywood, pero sin nostalgia literal. La inspiración clásica estuvo ahí; en siluetas, texturas y actitud, pero actualizada con códigos contemporáneos: transparencias estratégicas, joyería con guiños personales, y un «no tengo que gritar para que me mires». Incluso el propio montaje de la alfombra, rediseñada con una entrada más teatral, pareció empujar esa narrativa de «gran escena» desde el primer flash.

Entre los favoritos inevitables, Selena Gomez jugó en la liga del cine clásico con una precisión casi quirúrgica. Llevó un vestido negro de terciopelo hecho a medida por Chanel, firmado por Matthieu Blazy, con un escote trabajado como pieza-joya: más de 200 flores artesanales (plumas, organza y seda chiffon) y un tiempo de confección que roza lo obsesivo: 323 horas de atelier. El resultado no fue «un vestido bonito», sino un manifiesto: cuando el lujo se hace bien, se siente como un silencio elegante que domina la sala.
En el mismo espíritu, pero desde la provocación elegante, Jennifer Lawrence decidió dinamitar cualquier idea de «quiet luxury» con una elección que ya está en la conversación global: un Givenchy de Sarah Burton, etéreo y transparente, bordado con flores colocadas con intención. «Estoy desnuda», bromeó en la alfombra, como quien entiende que el mejor modo de llevar un look arriesgado es poseerlo antes de que el público lo juzgue.
La noche también tuvo una reina de la teatralidad controlada: Teyana Taylor, en Schiaparelli Couture, por Daniel Roseberry, demostró que el «shock» puede ser couture cuando está sostenido por concepto. Su vestido incorporó el detalle que incendió titulares: un whale tail con brillo tipo joya, deliberadamente visible, y lo convirtió en parte del performance. Giró para «mostrar la fiesta atrás» y listo, tendencia instalada. Lo importante es que no fue un truco suelto: fue puesta en escena, coherente con su presencia y con el ADN surrealista de la casa.

Si hablamos de actitud, Miley Cyrus fue el recordatorio de que el negro puede ser rockstar sin perder alta costura. Apostó por Saint Laurent (Anthony Vaccarello): un vestido de lentejuelas con hombros dramáticos que se abrían como alas, además del accesorio que resumió su mood: gafas oscuras como si la alfombra roja fuera su propio escenario nocturno. Un look que no pedía aprobación; la dictaba.
En clave de ícono, Julia Roberts apareció con ese tipo de elegancia que no se siente «armada»sino natural: un Armani Privé negro de terciopelo, de mangas largas y escote en V, elevado por una joya con intención (un pendant rojo, comentadísimo por su contraste). Es la clase de look que reafirma que el estilo no es disfraz: es continuidad.
Del lado masculino, Jacob Elordi entendió el mensaje de la noche: la sastrería puede ser simple y aún así tener narrativa. Fue con tuxedo negro de Bottega Veneta y unas Jacques Marie Mage que, en otro, serían un capricho; en él, fueron declaración.

Y si alguien sabe usar la alfombra como plataforma de identidad, ese es Colman Domingo. Optó por un Valentino negro más sobrio que otros momentos suyos, con detalle de joyería y un enfoque deliberado: no «sobre-stuntear» para dejar que la noche respirara con los ganadores y el show. Ese autocontrol, en un hombre que suele vestir como evento, también es estilo: el dominio no siempre está en el exceso, a veces está en la edición.
Pamela Anderson, por su parte, firmó uno de los gestos más comentados de los Globes: belleza casi sin maquillaje, aire noventero actualizado y un «uniforme» blanco de Ferragamo que sirvió de lienzo para una descarga de diamantes y simbolismos. Su joyería incluyó piezas con un detalle íntimo, brazaletes grabados con nombres, que convirtió el brillo en algo más que adorno: una historia personal puesta en el cuerpo.
En el territorio pop-fashion, Charli xcx confirmó que está entrando a una nueva era de alfombra roja: apareció con Saint Laurent y textura protagonista (plumas/feathers), entendiendo que su estética no tiene por qué «pulirse» para ser formal; solo necesita dirección. Fue un buen ejemplo de cómo la generación que creció entre club culture y estética digital puede traducirse a glamour sin traicionarse.

Y hablando de «nuevos rompecorazones con agenda de alfombra», Hudson Williams y Connor Storrie llegaron con energía de dúo que se sabe observado (y lo usa a su favor). No solo estuvieron presentes: se sintieron como parte de esa narrativa donde la alfombra ya no es solo para consagrados, sino para quienes están construyendo su lugar en la cultura pop en tiempo real.
En conjunto, estos Golden Globes dejaron claro algo: la alfombra roja ya no premia únicamente «el vestido más bonito», sino la coherencia entre imagen, intención y personaje público. Y por eso estos favoritos funcionaron: porque, más allá del diseñador, cada uno se vistió como quien llega a decir algo, sin necesidad de explicarlo.





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