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	<title>Víctor Feliz Solano, Autor en LaCronica.do</title>
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	<title>Víctor Feliz Solano, Autor en LaCronica.do</title>
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		<title>Cuando el cemento ahoga la ciudad</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Víctor Feliz Solano]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 22 May 2026 18:29:42 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Crónicas de Poder]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Las áreas verdes se reducen en las ciudades de nuestro país mientras el cemento avanza sin pedir permiso. Cada solar vacío termina convertido en parqueo, cada patio desaparece bajo una marquesina, cada árbol cae para dar paso a una verja, una ampliación o una construcción improvisada. Y así, poco a poco, sin darnos cuenta, estamos [&#8230;]</p>
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<p>Las áreas verdes se reducen en las ciudades de nuestro país mientras el cemento avanza sin pedir permiso. Cada solar vacío termina convertido en parqueo, cada patio desaparece bajo una marquesina, cada árbol cae para dar paso a una verja, una ampliación o una construcción improvisada. Y así, poco a poco, sin darnos cuenta, estamos convirtiendo nuestras ciudades en grandes planchas de concreto.</p>



<p>El problema es más que estético. No se trata únicamente de que la ciudad se vea más gris, más dura o menos amable. El problema es mucho más profundo. Cuando eliminamos árboles, jardines, patios, parques y espacios permeables, la ciudad pierde su capacidad natural de respirar, absorber agua, producir sombra y regular la temperatura. Entonces llega la lluvia, el agua no encuentra tierra donde filtrarse y comienza a correr sin control por calles, contenes, aceras, parqueos y avenidas. Por eso muchas zonas urbanas se convierten en verdaderas piscinas cada vez que cae un aguacero fuerte.</p>



<p>El cemento no absorbe. El asfalto no respira. La ciudad impermeabilizada devuelve el agua con violencia. Y cuando a eso se suma la falta de drenaje, la ocupación de cañadas, la basura tapando imbornales y la construcción sin visión urbana, el resultado es el desastre que vemos cada temporada de lluvias: calles inundadas, vehículos dañados, viviendas afectadas, comercios paralizados y ciudadanos atrapados en su propia ciudad.</p>



<p>Pero las consecuencias van más allá de las inundaciones. Una ciudad sin áreas verdes es una ciudad más caliente. Los árboles reducen la temperatura, limpian el aire, producen sombra, protegen al peatón y hacen más humana la vida urbana. Cuando desaparecen, aumenta el calor, sube el consumo eléctrico, se hace más incómodo caminar y se deteriora la salud física y emocional de la gente.</p>



<p>También perdemos convivencia. Un parque&nbsp;&nbsp;no es únicamente un espacio con grama y bancos. Es un punto de encuentro, una pausa en medio del ruido, un lugar para que los niños jueguen, los envejecientes caminen, los vecinos conversen y la comunidad respire. Cuando sustituimos todo eso por cemento, parqueos y construcciones sin alma, la ciudad se vuelve más agresiva, más individualista y menos vivible.</p>



<p>El desarrollo urbano no puede medirse únicamente por la cantidad de torres, plazas, avenidas o edificios que se levantan. Una ciudad verdaderamente desarrollada es aquella que sabe equilibrar crecimiento con calidad de vida. Construir sin preservar áreas verdes no es progreso; es una forma silenciosa de deterioro.</p>



<p>Necesitamos recuperar la idea de que cada árbol cuenta, cada metro de suelo permeable importa y cada parque es una infraestructura esencial para la vida. Los ayuntamientos deben asumir con más firmeza la protección del arbolado urbano, la regulación de construcciones, la creación de parques de bolsillo, la recuperación de aceras verdes y la exigencia de áreas permeables en nuevos proyectos.</p>



<p>El cemento puede levantar edificios, pero no construye bienestar por sí solo. Una ciudad sin verde se calienta, se inunda, enferma y expulsa a su propia gente de los espacios públicos.</p>



<p>Por eso debemos decirlo con claridad;&nbsp;cuando se reducen las áreas verdes, no sólo perdemos árboles. Perdemos sombra, salud, convivencia, belleza, seguridad climática y calidad de vida. Y una ciudad que pierde todo eso, aunque crezca hacia arriba, empieza a hundirse por dentro.</p>
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		<title>Crisis de confianza en Pedro Brand</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Víctor Feliz Solano]]></dc:creator>
		<pubDate>Sat, 16 May 2026 15:06:07 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Crónicas de Poder]]></category>
		<category><![CDATA[Destacados]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>La controversia que hoy vive Pedro Brand alrededor de la posible instalación de una planta de clasificación y valorización de residuos sólidos revela una verdad incómoda que el país ha querido evitar durante años.&#160;Aquí se&#160;produce basura moderna, pero todavía arrastra una cultura institucional vieja para manejarla.&#160;Y eso explica gran parte de la tensión que hoy [&#8230;]</p>
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<p>La controversia que hoy vive Pedro Brand alrededor de la posible instalación de una planta de clasificación y valorización de residuos sólidos revela una verdad incómoda que el país ha querido evitar durante años.&nbsp;Aquí se&nbsp;produce basura moderna, pero todavía arrastra una cultura institucional vieja para manejarla.&nbsp;Y eso explica gran parte de la tensión que hoy se siente en comunidades como La Cuaba y El Aguacate.</p>



<p>De un lado están quienes defienden el proyecto argumentando que el país necesita avanzar hacia modelos más modernos de tratamiento de residuos, reciclaje y aprovechamiento ambiental. Del otro lado están ciudadanos preocupados, desconfiados y temerosos de que detrás de un discurso técnico termine escondiéndose otro gran vertedero con consecuencias irreversibles para su territorio.&nbsp;Ambas posiciones tienen argumentos válidos.</p>



<p>Negar la necesidad urgente de transformar el manejo de residuos sólidos sería irresponsable. El modelo actual ha colapsado hace tiempo. Muchos vertederos a cielo abierto continúan operando bajo condiciones inaceptables, afectando ríos, cañadas, acuíferos y comunidades completas. La expansión urbana y el crecimiento poblacional ya no permiten seguir improvisando.&nbsp;Pero también sería injusto descalificar las preocupaciones comunitarias como si fueran simples actos de oposición irracional.</p>



<p>La historia ambiental dominicana ha dejado demasiadas heridas abiertas. La población ha visto cómo proyectos inicialmente presentados como soluciones técnicas terminan degenerando por falta de supervisión, incumplimiento de normas o debilidad institucional. Esa memoria colectiva pesa. Y pesa mucho.</p>



<p>Por eso este debate no debe reducirse a una lucha entre “ambientalistas” y “desarrollistas”. El verdadero centro de la discusión debe ser otro.&nbsp;La confianza pública.</p>



<p>Hoy la gente quiere saber quiénes son los responsables reales del proyecto, cuáles son los estudios ambientales realizados, qué mecanismos de supervisión existirán, quién fiscalizará permanentemente la operación y cuáles garantías jurídicas tendrá la comunidad frente a posibles daños futuros.&nbsp;Y francamente, esas preguntas son legítimas.</p>



<p>Los proyectos vinculados al manejo de residuos sólidos tienen impactos territoriales profundos. Cambian dinámicas urbanas, afectan movilidad, generan presión ambiental y modifican la percepción de valor sobre grandes zonas geográficas. No son simples inversiones privadas aisladas. Son intervenciones de interés público.&nbsp;Precisamente por eso requieren algo más que permisos administrativos; necesitan licencia social.&nbsp;Y la licencia social no se impone. Se construye con transparencia, información abierta, participación comunitaria y supervisión permanente.</p>



<p>En este punto las autoridades ambientales, municipales y gubernamentales tienen una enorme responsabilidad. No basta con aprobar técnicamente un proyecto. Hay que garantizar que la ciudadanía tenga acceso real a los estudios, a las evaluaciones de impacto y a mecanismos de vigilancia independientes.</p>



<p>El país necesita infraestructura moderna para residuos sólidos. Eso es indiscutible. Pero también necesita instituciones capaces de hacer cumplir las reglas incluso después de inaugurados los proyectos.&nbsp;Porque ahí ha estado históricamente nuestro mayor fracaso.Muchos proyectos comienzan bien diseñados y terminan degradándose con el paso del tiempo por abandono institucional, intereses económicos o falta de fiscalización.</p>



<p>Pedro Brand hoy representa mucho más que una discusión local. Se ha convertido en una prueba nacional sobre cómo,&nbsp;en esta media isla, se&nbsp;manejará los grandes conflictos ambientales y territoriales del futuro.&nbsp;Y quizás la lección más importante de todo esto sea entender que el desarrollo y la protección ambiental no tienen que caminar enfrentados. Lo verdaderamente moderno es lograr que ambos puedan coexistir bajo reglas claras, vigilancia seria y respeto absoluto hacia las comunidades.</p>



<p>Debemos tener bien claro que&nbsp;cuando la ciudadanía pierde la confianza, ningún proyecto, por más técnico que parezca, logra sostenerse en paz.</p>
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		<title>La ciudad bajo ataque</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Víctor Feliz Solano]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 08 May 2026 13:22:33 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Crónicas de Poder]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Debemos revisar con profundidad los permisos de no objeción para el uso del suelo en nuestra ciudad. No como un simple trámite administrativo, ni como una carpeta más que pasa de un escritorio a otro, sino como una decisión pública que puede mejorar o empeorar la vida de miles de ciudadanos. La ciudad no se [&#8230;]</p>
<p>La entrada <a href="https://lacronica.do/la-ciudad-bajo-ataque/">La ciudad bajo ataque</a> se publicó primero en <a href="https://lacronica.do">LaCronica.do</a>.</p>
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<p>Debemos revisar con profundidad los permisos de no objeción para el uso del suelo en nuestra ciudad. No como un simple trámite administrativo, ni como una carpeta más que pasa de un escritorio a otro, sino como una decisión pública que puede mejorar o empeorar la vida de miles de ciudadanos.</p>



<p>La ciudad no se destruye de golpe. Se va perdiendo por pedazos. Una acera ocupada hoy, una rampa inexistente mañana, un parqueo improvisado donde antes había paso peatonal, una verja que avanza unos centímetros sobre el espacio público, una construcción que se levanta sin respetar el entorno, una autoridad que mira hacia otro lado. Así, poco a poco, la ciudad va dejando de ser un espacio de convivencia para convertirse en un territorio hostil.</p>



<p>Hay constructores desaprensivos que actúan como si la ciudad les perteneciera. Se llevan por delante las aceras, reducen los espacios comunes, bloquean la movilidad peatonal y levantan proyectos sin comprender que construir no es simplemente levantar paredes. Construir también implica respetar el tejido urbano, la seguridad, la accesibilidad, el derecho de los vecinos y la dignidad de quienes caminan la ciudad todos los días.</p>



<p>Cuando una obra invade la acera, no está afectando únicamente a quien vive al lado. Está afectando al envejeciente que ya no puede caminar seguro, a la madre que empuja un coche, a la persona con discapacidad que necesita una ruta accesible, al estudiante que camina hacia su escuela, al ciudadano común que termina obligado a tirarse a la calle para poder pasar. Esa agresión silenciosa al espacio público termina fomentando irritación, cansancio, violencia urbana y una sensación colectiva de abandono.</p>



<p>Por eso la clave está en crear un mecanismo interno serio, técnico y transparente que impida que estos procesos sigan siendo el pan nuestro de cada día. Las no objeciones de uso de suelo deben pasar por filtros rigurosos, con criterios urbanísticos claros, revisión colegiada y trazabilidad institucional. No puede depender únicamente del criterio aislado de una oficina, de una firma rápida o de una interpretación conveniente.</p>



<figure class="wp-block-image size-full is-resized"><img fetchpriority="high" decoding="async" width="500" height="486" src="https://cdn.lacronica.do/wp-content/uploads/2014/05/Acera-obstruida-Sto-Dgo-Abr-2014.jpg" alt="" class="wp-image-10313" style="width:840px;height:auto" srcset="https://cdn.lacronica.do/wp-content/uploads/2014/05/Acera-obstruida-Sto-Dgo-Abr-2014.jpg 500w, https://cdn.lacronica.do/wp-content/uploads/2014/05/Acera-obstruida-Sto-Dgo-Abr-2014-300x291.jpg 300w" sizes="(max-width: 500px) 100vw, 500px" /><figcaption class="wp-element-caption">El bloqueo de las aceras es una violación constante en el casco urbano de la ciudad. [Foto: Twitter/RDPlus]</figcaption></figure>



<p>La ciudad necesita reglas claras y consecuencias reales. Antes de aprobar una no objeción, debe evaluarse el impacto sobre la movilidad, el drenaje, el tránsito, los estacionamientos, las aceras, la accesibilidad universal, la seguridad del entorno y la convivencia comunitaria. Luego de aprobarse, debe existir una supervisión constante para garantizar que lo construido corresponda exactamente con lo autorizado.&nbsp;La supervisión no puede ser ocasional ni complaciente. Debe ser técnica, documentada, colegiada y sostenida en el tiempo.</p>



<p>Lo peor es que, ante la mirada indiferente de las autoridades correspondientes, los ciudadanos se sienten agotados. Sienten que reclamar no sirve, que denunciar no produce resultados, que la ciudad se negocia entre poderosos mientras el ciudadano común carga con las consecuencias. Esa percepción es peligrosa, porque cuando la gente pierde la confianza en las instituciones, también pierde la fe en las reglas.</p>



<p>Sin embargo, soy de los que cree que todo tiene una salida. Creo que más tarde que temprano encontraremos el camino correcto que nos encauce hacia una sociedad quizá no perfecta, pero sí más ordenada, más respetuosa y más consciente de que la ciudad es una casa común.</p>



<p>Lo lamentable es que mientras más tarde llegue esa corrección, más alto será el precio. Y ese precio no se pagará únicamente en dinero. Se pagará en calidad de vida, en convivencia perdida, en espacios públicos mutilados, en ciudadanos cansados y en una ciudad cada vez más difícil de habitar.</p>



<p>Todavía estamos a tiempo. Pero hace falta voluntad, autoridad, técnica y carácter. Porque defender el uso correcto del suelo no es frenar el desarrollo. Es impedir que, en nombre del desarrollo, nos sigan arrebatando la ciudad.</p>
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		<title>San Juan no es negociable</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Víctor Feliz Solano]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 30 Apr 2026 20:00:25 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Crónicas de Poder]]></category>
		<category><![CDATA[Destacados]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Hay territorios donde el debate no puede ser ligero. San Juan de la Maguana es uno de ellos. Allí no estamos frente a una discusión técnica aislada ni ante una oportunidad económica cualquiera. Estamos frente a un punto de quiebre que obliga a definir, con claridad, qué modelo de desarrollo queremos para una región que [&#8230;]</p>
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<p>Hay territorios donde el debate no puede ser ligero. San Juan de la Maguana es uno de ellos. Allí no estamos frente a una discusión técnica aislada ni ante una oportunidad económica cualquiera. Estamos frente a un punto de quiebre que obliga a definir, con claridad, qué modelo de desarrollo queremos para una región que históricamente ha sostenido su vida y su economía sobre el agua y la producción agrícola.</p>



<p>El proyecto minero que se estudia en la zona ha reabierto una tensión conocida entre extracción y sostenibilidad. De un lado, se presentan cifras, promesas de inversión y generación de empleos. Del otro, se levanta una preocupación legítima que no puede ser desestimada, la posible afectación de las cuencas hídricas y del sistema agrícola que da sustento a miles de familias. En medio de ese choque, lo peor que puede ocurrir es simplificar la discusión.</p>



<p>No se trata de estar a favor o en contra de la minería como concepto. Se trata de entender dónde, cómo y bajo qué condiciones es viable. San Juan no es un territorio neutro. Es un espacio altamente sensible donde cualquier intervención de alto impacto debe ser evaluada con un nivel de rigurosidad superior. El agua allí no es un recurso más, es la base de todo. Es producción, es economía, es vida.</p>



<p>Por eso, asumir una postura responsable implica rechazar tanto el entusiasmo automático como el rechazo sin análisis. La discusión exige evidencia técnica sólida, verificable y transparente. Estudios de impacto ambiental independientes, auditorías confiables, evaluaciones acumulativas que no se limiten al proyecto puntual y garantías reales de protección de las fuentes de agua. Sin eso, cualquier decisión sería un acto de irresponsabilidad.</p>



<p>Pero hay un elemento que no puede quedar relegado a un segundo plano. La licencia social. No como un concepto decorativo, sino como un principio vinculante. Cuando una comunidad expresa desconfianza, cuando sectores organizados, productores y autoridades locales levantan la voz, eso no es ruido. Eso es territorio hablando. Ignorarlo no resuelve el conflicto, lo agrava.</p>



<p>El rol del gobierno local en este proceso no puede ser simbólico. La planificación del desarrollo territorial no se impone desde escritorios lejanos. Se construye con la gente, con sus realidades y con sus prioridades. Pretender avanzar sin ese alineamiento es abrir la puerta a un conflicto prolongado y costoso en todos los sentidos.&nbsp;El municipio no es espectador del desarrollo, es su primera línea de defensa, organización y sostenibilidad.</p>



<p>Hoy, con la información disponible y el nivel de desconfianza existente, no hay condiciones para autorizar una explotación minera en San Juan. Esa es una conclusión responsable. No definitiva, pero sí prudente. Porque el desarrollo no puede medirse en función de lo que se extrae, sino de lo que se preserva y se proyecta a largo plazo.</p>



<p>San Juan no necesita decisiones apresuradas. Necesita claridad, rigor y respeto por su vocación productiva. Y sobre todo, necesita que se entienda que hay territorios donde el margen de error no existe.&nbsp;Porque cuando se compromete el agua, se compromete todo.</p>
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		<title>A mitad de camino</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Víctor Feliz Solano]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 24 Apr 2026 13:49:23 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Crónicas de Poder]]></category>
		<category><![CDATA[Destacados]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>El 24 de abril invita otra vez a mirar de frente la realidad municipal dominicana. Esta vez, sin embargo, conviene hacerlo con una mirada más serena, menos pasional y más útil. Ha transcurrido la mitad del período de las actuales autoridades locales y, siendo justos, hay que reconocer que en muchos territorios se perciben avances. [&#8230;]</p>
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<p>El 24 de abril invita otra vez a mirar de frente la realidad municipal dominicana. Esta vez, sin embargo, conviene hacerlo con una mirada más serena, menos pasional y más útil. Ha transcurrido la mitad del período de las actuales autoridades locales y, siendo justos, hay que reconocer que en muchos territorios se perciben avances. Hay ayuntamientos que han mostrado mayor dinamismo, mejor presencia institucional, más cercanía con la gente y una comprensión más clara de que la gestión local no puede limitarse a recoger basura y apagar fuegos.</p>



<p>Se nota en algunos casos una mejor disposición para planificar, una narrativa más moderna sobre el rol del gobierno local y un interés creciente por conectar la gestión con temas de ciudad, convivencia, servicios e infraestructura. Eso hay que decirlo. Pero también hay que decir, con la misma honestidad, que el municipalismo dominicano todavía no logra dar el salto de calidad que el país necesita.</p>



<p>Uno de los grandes desafíos sigue siendo la dignificación del servidor municipal. No puede hablarse de fortalecimiento institucional mientras buena parte del personal de los ayuntamientos continúa laborando en condiciones precarias, con bajos niveles salariales, escasa estabilidad y pocas oportunidades reales de desarrollo. La municipalidad no podrá consolidarse como un verdadero espacio de gestión pública moderna mientras el capital humano siga siendo tratado como un recurso secundario y no como la columna vertebral del servicio local.</p>



<p>A esto se suma la participación social, que sigue siendo una deuda sensible. En muchos lugares todavía se consulta poco, se escucha menos de lo debido y se gobierna desde una lógica vertical que termina debilitando la confianza ciudadana. No basta con invitar a reuniones o tomarse fotos con dirigentes comunitarios. Participar es incidir, opinar, priorizar y también vigilar. Un ayuntamiento fuerte necesita una ciudadanía activa, organizada y tomada en cuenta.</p>



<p>En materia de infraestructura, aunque se han ejecutado obras importantes, siguen existiendo rezagos evidentes en asuntos esenciales. Aceras, contenes, drenaje pluvial, caminos vecinales, mercados, cementerios, alumbrado y manejo de residuos continúan siendo parte de una agenda inconclusa en numerosos municipios y distritos municipales. La infraestructura indispensable no puede seguir compitiendo con la improvisación ni con las prioridades de corto plazo.</p>



<p>Otro punto clave es la ejecución presupuestaria. No se trata solo de tener recursos, que de por sí siguen siendo insuficientes en muchos casos, sino de saber planificar, priorizar y ejecutar con mayor eficiencia, transparencia y sentido de resultados. Todavía hay debilidades en la calidad del gasto, en la estructuración de proyectos y en la capacidad de convertir el presupuesto en transformaciones tangibles para la gente.</p>



<p>Y en ese terreno adquiere especial relevancia la formación técnica y a niveles superiores de las autoridades y del personal municipal. Ahí la Liga Municipal Dominicana está desempeñando&nbsp;un papel decisivo. Su responsabilidad&nbsp;no&nbsp;se ha&nbsp;limitado&nbsp;sólo&nbsp;al acompañamiento administrativo o al apoyo puntual, sino&nbsp;que se convierte&nbsp;cada vez más en un verdadero motor de profesionalización, actualización y fortalecimiento del liderazgo local. La municipalidad del presente exige más conocimiento, más criterio técnico y más preparación para gestionar territorios complejos&nbsp;y eso anda bien.</p>



<p>A mitad de camino, hay razones para reconocer avances. Pero también sobran motivos para entender que el segundo tramo del período debe ser mucho más profundo, más técnico y más transformador. El municipalismo dominicano no necesita conformarse con mejorar. Necesita madurar.</p>
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		<title>La tragedia que nunca evitamos</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Víctor Feliz Solano]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 16 Apr 2026 20:01:19 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Crónicas de Poder]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>En este país, cada vez que llueve más de la cuenta, actuamos como si la desgracia nos hubiera sorprendido. Como si nadie supiera que vivimos en una isla expuesta a huracanes, tormentas tropicales, vaguadas e inundaciones. Como si nuestra ubicación geográfica fuera un dato nuevo. Y ahí comienza el problema. No es solo que los [&#8230;]</p>
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<p>En este país, cada vez que llueve más de la cuenta, actuamos como si la desgracia nos hubiera sorprendido. Como si nadie supiera que vivimos en una isla expuesta a huracanes, tormentas tropicales, vaguadas e inundaciones. Como si nuestra ubicación geográfica fuera un dato nuevo. Y ahí comienza el problema. No es solo que los fenómenos naturales nos golpeen. Es que seguimos enfrentándolos con improvisación, desorden y memoria corta.</p>



<p>Los desastres naturales, en buena medida, no son tan naturales como nos gusta decir. Natural puede ser la lluvia intensa. Natural puede ser el paso de un huracán. Lo que no es natural es que una ciudad colapse porque sus drenajes están obstruidos, porque se permitió construir donde no se debía, porque se rellenaron humedales, porque se descuidó la infraestructura y porque durante años la planificación fue sustituida por la conveniencia política. Ahí ya no hablamos solo de naturaleza. Hablamos de negligencia.</p>



<p>Nos hemos acostumbrado a gobernar para la coyuntura. Se reacciona cuando ocurre la tragedia, no antes. Se corre cuando ya hay agua dentro de las casas, cuando los vehículos están atrapados, cuando las familias lloran muertos, cuando la ciudad deja de funcionar.&nbsp;Entonces aparecen las reuniones de emergencia, los operativos, las declaraciones solemnes y las promesas de corrección. Pero casi nunca vemos con la misma intensidad la prevención seria, la inversión estratégica y la planificación sostenida.</p>



<p>Y prevenir no es un discurso bonito. Prevenir exige técnica, constancia y decisiones que muchas veces no son populares. Significa ordenar el territorio con criterio. Significa respetar normas de uso de suelo. Significa limpiar y dar mantenimiento permanente a drenajes, imbornales, filtrantes y cañadas. Significa mapear zonas vulnerables, identificar riesgos, educar a la población y coordinar de verdad a las instituciones. Significa fortalecer a los gobiernos locales, que son los primeros en recibir la presión ciudadana cuando todo falla, muchas veces sin recursos suficientes.</p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img decoding="async" width="1024" height="642" src="https://cdn.lacronica.do/wp-content/uploads/2026/04/Lluvias-causa-estragos-en-el-Distrito-Nacional-8-04-2026-1-e1775770759469-1024x642.jpeg" alt="" class="wp-image-69516" srcset="https://cdn.lacronica.do/wp-content/uploads/2026/04/Lluvias-causa-estragos-en-el-Distrito-Nacional-8-04-2026-1-e1775770759469-1024x642.jpeg 1024w, https://cdn.lacronica.do/wp-content/uploads/2026/04/Lluvias-causa-estragos-en-el-Distrito-Nacional-8-04-2026-1-e1775770759469-300x188.jpeg 300w, https://cdn.lacronica.do/wp-content/uploads/2026/04/Lluvias-causa-estragos-en-el-Distrito-Nacional-8-04-2026-1-e1775770759469-768x481.jpeg 768w, https://cdn.lacronica.do/wp-content/uploads/2026/04/Lluvias-causa-estragos-en-el-Distrito-Nacional-8-04-2026-1-e1775770759469.jpeg 1280w" sizes="(max-width: 1024px) 100vw, 1024px" /></figure>



<p>No se puede hablar de gestión del riesgo como si fuera una tarea decorativa. Debería ser una política pública central. No algo que se active solo cuando el cielo se pone negro. La prevención tiene que formar parte del presupuesto, de la educación ciudadana, del diseño urbano y de la supervisión de obras. Tiene que ser sistema, no ocurrencia.</p>



<p>También hay una responsabilidad social que no se puede esconder. La basura lanzada a las calles, las construcciones informales en zonas vulnerables y la ocupación irresponsable del espacio público agravan cualquier evento atmosférico. Pero sería injusto cargar todo el peso sobre la gente cuando muchas veces el desorden ha sido tolerado o ignorado por quienes tienen la obligación de regular.</p>



<p>La verdad es incómoda, pero hay que decirla. Muchas de las muertes y pérdidas que hoy lamentamos pudieron evitarse o al menos reducirse. Y eso duele más que la lluvia misma. Porque una cosa es enfrentar la fuerza inevitable de la naturaleza y otra muy distinta es padecer las consecuencias de la desidia humana.</p>



<p>No podemos cambiar nuestra geografía. No podemos impedir que vengan lluvias fuertes, tormentas o huracanes. Pero sí podemos decidir si seguiremos siendo un territorio vulnerable por abandono o una sociedad más fuerte por previsión.</p>



<p>Porque al final, lo que más destruye no siempre es la lluvia. A veces, lo que más destruye es la irresponsabilidad acumulada.</p>
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		<title>Cuando el Estado falla</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Víctor Feliz Solano]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 09 Apr 2026 23:27:14 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Crónicas de Poder]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Lo ocurrido en las carreteras del sur durante esta Semana Santa no debe analizarse únicamente como un problema de tapones, incomodidad o exceso de vehículos. Esa lectura, aunque cierta en parte, se queda corta. Lo que realmente quedó expuesto fue algo más delicado. El Estado, visto como un solo cuerpo, no logró administrar con coherencia [&#8230;]</p>
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<p>Lo ocurrido en las carreteras del sur durante esta Semana Santa no debe analizarse únicamente como un problema de tapones, incomodidad o exceso de vehículos. Esa lectura, aunque cierta en parte, se queda corta. Lo que realmente quedó expuesto fue algo más delicado. El Estado, visto como un solo cuerpo, no logró administrar con coherencia una situación que sabía con anticipación que iba a ocurrir. Y cuando eso pasa, la percepción de fracaso no nace de la exageración ciudadana ni del oportunismo político. Nace de una realidad operativa evidente.</p>



<p>Cada año, la Semana Santa moviliza una enorme cantidad de personas hacia distintos puntos del país. Eso no es una sorpresa. Es un comportamiento perfectamente previsible. Esta vez, el flujo vehicular fue extraordinario, muy superior al de períodos comparables anteriores, lo que confirma que las autoridades tenían razones de sobra para anticipar una presión intensa sobre las principales vías del territorio nacional. Es decir, el volumen fue excepcional, sí, pero también medible, anticipable y suficiente para justificar una respuesta integrada mucho más robusta.</p>



<p>Sin embargo, mientras una parte del aparato público destacaba ese intenso movimiento como expresión de dinamismo y capacidad vial, en el terreno se producía otra realidad. En el corredor Baní, Circunvalación de Baní y cruce de Azua se registraron congestiones severas pese a medidas especiales anunciadas por las autoridades, incluyendo cambios temporales en la circulación para facilitar tanto la salida como el retorno de vacacionistas. Si se aplicaron medidas extraordinarias y aun así el resultado visible fue un colapso prolongado, entonces no estamos simplemente ante un día de mucho tránsito. Estamos ante una respuesta pública que no produjo el efecto esperado.</p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img decoding="async" width="1024" height="576" src="https://cdn.lacronica.do/wp-content/uploads/2026/04/Semana-Santa-carreteo-2026-1024x576.jpg" alt="" class="wp-image-69512" srcset="https://cdn.lacronica.do/wp-content/uploads/2026/04/Semana-Santa-carreteo-2026-1024x576.jpg 1024w, https://cdn.lacronica.do/wp-content/uploads/2026/04/Semana-Santa-carreteo-2026-300x169.jpg 300w, https://cdn.lacronica.do/wp-content/uploads/2026/04/Semana-Santa-carreteo-2026-768x432.jpg 768w, https://cdn.lacronica.do/wp-content/uploads/2026/04/Semana-Santa-carreteo-2026-960x540.jpg 960w, https://cdn.lacronica.do/wp-content/uploads/2026/04/Semana-Santa-carreteo-2026-320x179.jpg 320w, https://cdn.lacronica.do/wp-content/uploads/2026/04/Semana-Santa-carreteo-2026.jpg 1300w" sizes="(max-width: 1024px) 100vw, 1024px" /></figure>



<p>Aquí está el corazón del problema. Muchas veces en República Dominicana seguimos analizando la gestión pública por instituciones separadas, como si cada una pudiera evaluarse por su cuenta. Pero el ciudadano no vive al Estado de forma fragmentada. El ciudadano no distingue entre RD Vial, DIGESETT, COE, Intrant o Ministerio de Obras Públicas cuando queda atrapado durante horas en una carretera. Lo que percibe es una sola cosa. Que el Estado no fue capaz de organizar lo que debía organizar. Y esa percepción tiene base objetiva cuando existían datos, anuncios, operativo nacional y antecedentes suficientes para prever el comportamiento del flujo vehicular.</p>



<p>El punto no es negar que hubo esfuerzo institucional. Se desplegó un amplio operativo de Semana Santa, con personal, puestos de socorro, asistencia vial y coordinación anunciada entre múltiples organismos. Acción hubo. Presencia hubo. Recursos también. Pero una cosa es movilizar recursos y otra distinta es integrarlos con lógica de sistema. Cuando la respuesta se siente reactiva, cuando los ajustes se hacen sobre la marcha y cuando las instituciones parecen actuar en paralelo más que en sincronía, entonces el problema ya no es de voluntad. Es de diseño, de previsión y de dirección.</p>



<p>Eso obliga a una reflexión más seria. No basta con celebrar récords de movilidad ni con anunciar operativos masivos. El verdadero éxito de la gestión pública no está en cuántos vehículos pasaron por un peaje, sino en cuántos pudieron movilizarse con seguridad, fluidez y orden razonable. No está en la cantidad de instituciones involucradas, sino en la calidad de la coordinación entre ellas. No está en el despliegue, sino en el resultado.</p>



<p>Por eso este episodio debe dejar una enseñanza clara. El país necesita pasar de los operativos de temporada a una verdadera gobernanza interinstitucional del tránsito. Una gobernanza donde los datos de movilidad sirvan para anticipar decisiones, donde la gestión del tránsito tenga manejo dinámico de corredores críticos, donde la planificación de movilidad se conecte con la operación en el terreno, donde Obras Públicas refuerce la capacidad de respuesta territorial y donde el órgano coordinador articule no solo presencia, sino integración real.</p>
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		<title>El municipio quedó fuera</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Víctor Feliz Solano]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 26 Mar 2026 22:08:06 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Crónicas de Poder]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>El discurso del presidente Luis Abinader del domingo 22 de marzo tuvo una virtud política indiscutible: habló con anticipación. Preparó al país para entender que la guerra en Irán, el alza del petróleo y la tensión en los mercados internacionales traerán consecuencias inevitables sobre la economía dominicana. Anunció reasignación de recursos, subsidio a fertilizantes, continuidad del [&#8230;]</p>
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<p>El discurso del presidente Luis Abinader del domingo 22 de marzo tuvo una virtud política indiscutible: habló con anticipación. Preparó al país para entender que la guerra en Irán, el alza del petróleo y la tensión en los mercados internacionales traerán consecuencias inevitables sobre la economía dominicana. </p>



<p>Anunció reasignación de recursos, subsidio a fertilizantes, continuidad del apoyo al GLP, protección de programas sociales, ajustes graduales a combustibles y una defensa cerrada de la estabilidad macroeconómica. Todo eso puede lucir razonable desde la lógica del Gobierno central. Pero el problema es otro, en ese esquema de protección, el municipio quedó fuera. </p>



<p>Y esa omisión no es menor. Porque cuando una crisis externa se convierte en aumento del combustible, de la electricidad, del transporte y de los insumos, el primer nivel de gobierno que lo siente en la operación diaria no es el Palacio Nacional, sino el ayuntamiento. </p>



<p>La crisis se vuelve concreta en el camión de basura que gasta más gasoil, en la brigada que cuesta más movilizar, en el alumbrado que presiona el gasto corriente, en la reparación urbana que se encarece, en la limpieza vial que no admite pausa y en el deterioro visible de los servicios que la gente usa todos los días. El Gobierno anunció medidas para amortiguar el golpe en los hogares, pero no incluyó a la institución que administra la cotidianidad de esos mismos hogares en el territorio. </p>



<p>La Ley 176-07 deja claro por qué eso es grave. Los ayuntamientos tienen competencias propias&nbsp;como la coordinación en el&nbsp;ordenamiento del tránsito, gestión del espacio público, saneamiento ambiental, construcción y mantenimiento de vías urbanas y rurales, alumbrado público, limpieza vial y recolección, tratamiento de residuos sólidos. Es decir, no estamos hablando de adornos administrativos ni de tareas secundarias. Estamos hablando del corazón funcional de la ciudad. Justamente por eso, la propia ley reconoce a los municipios el derecho a la suficiencia financiera para su adecuada participación en las competencias que ejercen.&nbsp;</p>



<p>Por tanto, si el Gobierno entiende que esta coyuntura amerita subsidios extraordinarios y reacomodos fiscales, debió contemplar una línea especial de respaldo operativo para los gobiernos locales. No necesariamente un rescate grandilocuente ni una transferencia sin control, sino un mecanismo temporal, focalizado y supervisado que ayude a sostener servicios esenciales. </p>



<p>Una crisis económica no sólo se mide por el precio de la canasta básica, también se mide por la capacidad del municipio de mantener limpia la ciudad, iluminarla, atender emergencias, conservar el espacio público y evitar que el desorden urbano agrave el malestar social. Cuando eso falla, la población no siente una explicación macroeconómica, lo que  siente es abandono. </p>



<p>Más aún, los ayuntamientos llegan a estas coyunturas con márgenes históricamente estrechos. La Ley 166-03 fijó en 10 % la participación de los municipios y distritos municipales en los ingresos del Estado, precisamente para fortalecer su capacidad de respuesta. Pero aun con esa previsión legal, la estructura municipal dominicana ha operado tradicionalmente con presupuestos limitados frente a obligaciones muy extensas. </p>



<p>En el presupuesto consolidado de 2026, los gobiernos locales representan RD$33,202.9 millones de demanda agregada, emplean al 6.6 % del personal público y destinan RD$14,989.3 millones a remuneraciones, lo que confirma que no son un actor marginal, sino una pieza operativa real del aparato estatal. Sin embargo, cuando se anunció el paquete de mitigación, no aparecieron como prioridad específica. </p>



<p>Ahí está el punto de fondo. El Gobierno habló de proteger la economía, pero dejó fuera al nivel de gobierno que sostiene la vida urbana cuando la economía aprieta. Y eso no es un detalle técnico es una falla de enfoque. Porque la estabilidad nacional no se preserva solamente con cifras, reservas y subsidios generales. </p>



<p>También se preserva garantizando que el municipio no colapse en silencio mientras la crisis se barre, se recoge, se transporta y se administra desde abajo. Si de verdad se quiere amortiguar el impacto social de esta coyuntura, hay que entender algo elemental, proteger al ciudadano también implica proteger al ayuntamiento. </p>
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		<title>La gestión local se prueba en la calle</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Víctor Feliz Solano]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 23 Mar 2026 13:49:10 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Crónicas de Poder]]></category>
		<category><![CDATA[Destacados]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>En el mundo municipal hay una verdad que no admite maquillaje. La gestión local no se mide por la cantidad de discursos, fotografías, ruedas de prensa ni campañas de promoción. Se mide por algo mucho más simple y mucho más serio. Se mide en servicios. En limpieza. En movilidad. En espacio público. En convivencia. Todo [&#8230;]</p>
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<p>En el mundo municipal hay una verdad que no admite maquillaje. La gestión local no se mide por la cantidad de discursos, fotografías, ruedas de prensa ni campañas de promoción. Se mide por algo mucho más simple y mucho más serio. Se mide en servicios. En limpieza. En movilidad. En espacio público. En convivencia. Todo lo demás puede adornar, entretener o distraer, pero no sustituye la realidad.</p>



<p>Un ayuntamiento eficiente no es el que más habla de transformación, sino el que logra que la gente viva mejor sin tener que pedir favores para conseguir lo básico. Cuando una ciudad está sucia, cuando el tránsito se vuelve un castigo cotidiano, cuando las aceras están ocupadas, cuando el ruido descompone la vida barrial y cuando los espacios comunes se deterioran sin control, no hay relato que salve a ninguna autoridad local. Ahí fracasa la gestión, aunque se inauguren obras menores cada semana y se publiquen videos todos los días.</p>



<p>La limpieza urbana sigue siendo el termómetro más visible del compromiso municipal. Una ciudad limpia no es un lujo estético. Es una señal de orden, autoridad, salud pública y respeto al ciudadano. Cuando los residuos se acumulan, cuando los vertederos improvisados se multiplican y cuando el barrido es deficiente o inexistente, lo que se transmite, además de&nbsp;abandono material, se transmite una idea peligrosa de que aquí cada quien hace lo que le da la gana porque la autoridad llegó tarde o simplemente no llegó.</p>



<p>Lo mismo ocurre con la movilidad. No basta con culpar al crecimiento urbano o al exceso de vehículos. La gestión local tiene responsabilidades claras en el uso del suelo, en la regulación del espacio, en la coordinación vial, en la recuperación de aceras, en la organización del estacionamiento y en la defensa del peatón. Una ciudad donde cruzar una calle es una aventura, donde los vehículos ocupan todo y donde el ciudadano común ha sido expulsado del espacio que le pertenece, es una ciudad mal administrada.</p>



<p>El espacio público también dice toda la verdad. Parques descuidados, aceras rotas, contenes destruidos, plazas tomadas, calles invadidas y áreas verdes abandonadas revelan una concepción pobre de la gestión. Gobernar una ciudad no es sólo recoger basura y pagar nómina. Es proteger el derecho de la gente a convivir en un entorno digno. El espacio público ordenado democratiza la ciudad. El espacio público abandonado la entrega al desorden, al abuso y a la ley del más fuerte.</p>



<p>Y junto a todo eso está la convivencia, que muchas veces se subestima como si fuera un asunto secundario. Grave error. Una ciudad donde nadie puede dormir por el ruido, donde los conflictos vecinales escalan sin mediación, donde se normaliza el uso arbitrario del espacio común y donde no existen reglas claras que se hagan cumplir, termina erosionando la paz social. La gestión local&nbsp;es más que&nbsp;administrar&nbsp;servicios. También debe garantizar condiciones mínimas para que las personas puedan vivir unas junto a otras sin que la agresión, la ocupación indebida o la irresponsabilidad se conviertan en norma.</p>



<p>Por eso me preocupa cuando algunas autoridades creen que gobernar un municipio consiste en producir una imagen de eficiencia sin construir eficiencia real. La propaganda puede levantar una percepción momentánea, pero no resiste la prueba del camión que no pasa, del hoyo que no se tapa, del parque que no se cuida y de la calle donde el ciudadano se siente huérfano. La gente puede no dominar el lenguaje técnico de la administración pública, pero sabe perfectamente cuándo su ciudad funciona y cuándo no.&nbsp;La gestión local debe volver a su esencia. Menos espectáculo y más resultados.&nbsp;</p>
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		<title>La ciudad no se improvisa</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Víctor Feliz Solano]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 16 Mar 2026 14:11:33 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Crónicas de Poder]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>La ciudad se gobierna con tres cosas esenciales, normas claras, presupuesto responsable y supervisión constante. Todo lo demás puede complementar la gestión, adornarla o hacerla más visible, pero sin esos tres pilares no hay orden urbano posible ni calidad de vida sostenible. Muchas veces se quiere vender la idea de que una ciudad se transforma [&#8230;]</p>
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<p>La ciudad se gobierna con tres cosas esenciales, normas claras, presupuesto responsable y supervisión constante. Todo lo demás puede complementar la gestión, adornarla o hacerla más visible, pero sin esos tres pilares no hay orden urbano posible ni calidad de vida sostenible.</p>



<p>Muchas veces se quiere vender la idea de que una ciudad se transforma únicamente con grandes anuncios, discursos bien elaborados o proyectos llamativos. Pero la realidad es otra. La ciudad no se gobierna con ocurrencias. Se gobierna con reglas precisas, con dinero bien administrado y con una autoridad capaz de vigilar y corregir. Cuando una de esas tres piezas falla, comienza a abrirse paso el desorden.</p>



<p>Las normas claras son el punto de partida. Ninguna ciudad puede funcionar bajo la ambigüedad o la improvisación. Los ciudadanos tienen derecho a saber qué está permitido, qué está prohibido, cuáles son las consecuencias de violar las reglas y quién debe hacerlas cumplir. Cuando la norma es confusa, débil o selectiva, la autoridad pierde legitimidad. Y cuando la norma existe, pero no se aplica, se convierte en una simple formalidad sin valor real.</p>



<p>Ahí es donde comienzan muchos de los problemas que hoy afectan nuestras ciudades;&nbsp;construcciones levantadas sin control, ocupación indebida de aceras y espacios públicos, actividades comerciales donde no corresponden, ruido excesivo, basura fuera de horario, tránsito caótico y comunidades enteras creciendo sin criterio de planificación. Nada de eso surge de la nada. Surge cuando la norma deja de ser una guía y la autoridad renuncia a hacerla respetar.</p>



<p>Pero las normas, por sí solas, no bastan. También se necesita presupuesto responsable. Gobernar una ciudad es decidir prioridades. Es entender que los recursos públicos son limitados y que deben orientarse hacia lo verdaderamente importante:&nbsp;limpieza, drenaje, mantenimiento vial, alumbrado, ordenamiento territorial, seguridad urbana y recuperación de espacios públicos. El presupuesto municipal no puede convertirse en una herramienta de improvisación ni en una caja para responder a presiones coyunturales.</p>



<p>Un presupuesto responsable es el que responde a una visión de ciudad. Es el que pone el interés general por encima del aplauso momentáneo. Muchas veces una gestión seria no necesita hacer la obra más vistosa, sino atender la necesidad más urgente. A veces el avance no está en inaugurar algo nuevo, sino en corregir lo que lleva años deteriorándose. Administrar bien también es saber decir no al gasto innecesario y sí a la inversión útil.</p>



<p>Sin embargo, ni las mejores normas ni el mejor presupuesto producen resultados sin supervisión constante. Y ahí se encuentra una de las mayores debilidades de muchas administraciones locales. Se aprueban reglas que nadie vigila. Se asignan recursos que nadie monitorea. Se autorizan obras que luego nadie inspecciona. Así, poco a poco, el desorden termina ocupando el lugar de la autoridad.</p>



<p>Supervisar no es perseguir. Supervisar es gobernar. Es verificar que una construcción cumpla con la ley. Es impedir que una acera sea tomada. Es dar seguimiento a los servicios, a los contratistas y al uso correcto de los fondos públicos. Es estar presente antes de que el problema crezca y no después, cuando ya el daño está hecho.</p>



<p>Una ciudad donde no se supervisa termina siendo gobernada por la informalidad, por la conveniencia y por la fuerza de los hechos consumados. Y cuando eso ocurre, el ciudadano que cumple las reglas empieza a sentirse desprotegido. Se rompe entonces la confianza pública y se debilita la convivencia.</p>



<p>Gobernar la ciudad exige firmeza, método y sentido de responsabilidad. No hay desarrollo urbano verdadero sin reglas comprensibles, sin disciplina presupuestaria y sin vigilancia institucional. La ciudad no se improvisa. La ciudad se conduce, se ordena y se cuida. Y para lograrlo hacen falta justamente esas tres cosas: normas claras, presupuesto responsable y supervisión constante.</p>
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