La educación enfrenta una paradoja que no podemos seguir ignorando: mientras la tecnología abre las puertas a un universo infinito de conocimientos, también expone a los niños y adolescentes a distracciones, riesgos digitales y una dependencia creciente de herramientas que podrían pensar por ellos. Ante esta realidad, surge una pregunta incómoda, pero necesaria: ¿estamos preparando a nuestros hijos para dominar la tecnología o estamos permitiendo que la tecnología los domine?
La advertencia de Yahaira Sosa Machado, directora ejecutiva de Acción Empresarial por la Educación (EDUCA), durante el lanzamiento del Congreso Internacional de Educación APRENDO 2026, merece mucho más que una lectura pasajera. Su llamado a fortalecer la alianza entre las familias y las escuelas pone el dedo sobre una de las heridas más sensibles del sistema educativo: la falta de acompañamiento integral frente a los desafíos de la era digital.
Las cifras deben sacudir la conciencia. Según datos de PISA citados por Sosa Machado, el 32 % de los estudiantes dominicanos reporta distracciones de sus compañeros por el uso de dispositivos durante la clase de ciencias. No estamos ante un detalle insignificante ni ante una simple disputa entre maestros y teléfonos móviles. Estamos hablando de tiempo de aprendizaje perdido, de atención fragmentada y de oportunidades que podrían estar escapándose en medio de una pantalla.
La tecnología, por supuesto, no es el enemigo. Satanizarla sería tan equivocado como entregarle las llaves del proceso educativo sin establecer límites. El verdadero problema aparece cuando se confunde innovación con progreso y se supone que llenar las aulas de dispositivos equivale automáticamente a mejorar la enseñanza. La UNESCO ha recomendado restringir su uso cuando no contribuye al aprendizaje. La lección es clara: primero debe estar el propósito pedagógico; después, la herramienta.
Pero hay un peligro todavía más delicado: la seguridad de los menores en internet. El informe Kids Online, publicado por UNICEF e Indotel en 2021, revela una realidad que exige atención. De acuerdo con los datos expuestos por Sosa Machado, apenas algo más de uno de cada tres participantes afirmaba sentirse muy o bastante seguro en internet, mientras que un 14 % decía no sentirse nada seguro.
¿Podemos conformarnos con que nuestros hijos sepan navegar por internet sin enseñarles a reconocer sus peligros? La respuesta debe ser un rotundo no. El acoso digital, la exposición a contenidos perjudiciales, la vulneración de la privacidad y los contactos peligrosos requieren orientación, prevención y acompañamiento. Un menor puede manejar un teléfono con destreza y, aun así, carecer de las herramientas necesarias para protegerse.
A este escenario se suma la inteligencia artificial, capaz de facilitar tareas y ampliar el acceso al conocimiento, pero también de fomentar la dependencia cuando sustituye el esfuerzo de pensar. Si los estudiantes se acostumbran a recibir respuestas sin investigar, cuestionar ni verificar, corremos el riesgo de formar usuarios eficientes de aplicaciones, pero ciudadanos incapaces de analizar críticamente la realidad.
Aquí es donde la familia y la escuela deben caminar juntos. No basta con exigir resultados a los maestros, los padres también juegan un papel fundamental en el proceso. La escuela enseña conocimientos y fortalece competencias; el hogar consolida valores, hábitos y límites. Ambos espacios necesitan comunicación permanente, objetivos compartidos y responsabilidades claras.
Por eso, APRENDO 2026, organizado por el Banco Popular junto a EDUCA bajo el lema “Creando puentes para aprender”, es un valioso esfuerzo que nos permite reflexionar sobre un tema que es parte esencial de la sociedad: la educación y el papel de los padres en medio de todos estos procesos de avance tecnológico que vive la sociedad de hoy.




