Luego de que nos aman y prometen la luna, esos hombres nos maltratan, nos asedian hasta que finalmente nos matan. Nos quitan la vida sin pensar en los hijos, en la familia o en sus propias vidas. La enajenación mental en esos cavernícolas radica en la «posesión» o «jefatura» sobre las mujeres. Los casos de violencia contra la mujer, ex pareja o pareja de hecho, se suceden uno tras otro.
No hay tregua. Es una epidemia que arropa a toda la sociedad, y que no tiene justificación alguna. En nuestro país donde hay una marcada diferencia social, estos casos suceden más en esa clase baja sin educación, información o preparación de ningún tipo por parte de mujeres y hombres. También uno que otro caso de violencia en clase media, o clase alta.
Solo en lo que va de este año 34 mujeres en nuestro país perdieron la vida en manos de sus parejas o exparejas. Es muy probable que ahora cuando usted lee esta columna otra mujer fue asesinada. Una cifra alarmante, como terribles son las consecuencias para el resto de los miembros de sus familias, sumado por supuesto, a la falta de atención en políticas de Estado en educación y justicia con relación a esta maligna epidemia de la violencia contra la mujer, donde quiera que usted mire. Nadie frena el deseo de aniquilar a otro ser, salvo políticas de educación y formación a tiempo. Denuncias que funcionen y trabajen para evitar de algún modo la tragedia.
Como dije anteriormente, la mayor cantidad de asesinatos de mujeres son cometidos en círculos humildes, en el que muchas jóvenes se van con su maltratador y futuro asesino, como la única perspectiva de vida que tienen de «avanzar» en su vida. Se exponen a una vida en pareja desarticulada y prematura. A parir desde joven bajo abusos y maltratos.
Es un grueso poblacional, no el total. También, aunque no tanto el asesinato en sí, los maltratos están a la orden del día en cualquier estrato social de nuestra sociedad. En la clase media – alta se tapan, la situación es ocultada bajo un manto de «matrimonio o noviazgo perfecto». Doble moral. El maltrato no tiene distinción. El maltratador físico y emocional puede venir de un hogar donde jamás vivió esa situación y también donde sí lo vivió en carne propia. Cada hombre con estas patologías es un mundo y necesita atención profesional. Las señales siempre suceden antes y hay que estar atentos.
¿Y la justicia? Pues es la otra pata coja, nula e inoperante de esta situación. Desde fiscales y funcionarios poco empáticos, sin educación profesional sin discernimiento cuando una mujer abusada o maltratada se acerca allí a poner una denuncia. No hay justicia para las mujeres asesinadas. Es triste, pero es así. Muchas denuncias son «atendidas» con la entrega de un papelito y el hombre apresado, pero luego, puesto en libertad y sin seguimiento a su conducta o protección para la posible víctima.
Algunas fiscales de este país, en su mayoría mujeres, se llenan la boca en la supuesta «defensa» a la mujer y los niños, y sé de casos que fueron cerrados por intereses o porque simplemente éstas se creen por encima de la ley. Las autoridades en cuestión, rebosadas de tanta criminalidad, robos, corrupción y delincuencia se sienten desbordadas por su patente ineficacia. Ellos lo saben.
Somos una sociedad que adolece de reales políticas de Estado en el tema de la violencia contra la mujer. Campañitas y discursos prefabricados no ayudan en nada. ¿Hasta cuándo esta pesadilla?





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