30/04/2026
Notas al Vuelo

El liderazgo que aún aprieta

Madrid, España – En el mundo corporativo, liderar sigue teniendo un molde bastante claro, aunque pocas veces se diga en voz alta. Es un molde rígido, estructurado y, sobre todo, heredado. Durante años, el liderazgo se ha construido desde una energía asociada a lo masculino: firmeza sin fisuras, decisiones rápidas, competitividad constante y una aparente inmunidad emocional. Ese ha sido el estándar. El traje que había que ponerse para ser tomado en serio.

El problema no es solo que ese modelo exista. Es que sigue siendo el parámetro con el que se mide a todo el mundo.

A las mujeres que llegan a posiciones de liderazgo no solo se les exige capacidad, visión o resultados, que ya de por sí es un listón alto, sino que, además, se espera que encajen en ese molde predefinido. Que lideren «como se debe», que muchas veces significa liderar como se ha liderado siempre. Y «ese siempre» no ha sido precisamente diverso.

Ahí es donde aparece la contradicción. Si una mujer adopta ese estilo directo, firme e incluso duro, puede ser percibida como fría o inaccesible. Pero si lidera desde una energía distinta, más empática, colaborativa o intuitiva, corre el riesgo de no ser vista como lo suficientemente fuerte. Es un equilibrio incómodo, casi imposible, donde cualquier desviación parece jugar en contra.

Es, en esencia, un calzador impuesto.

El sistema no solo pide resultados; pide que esos resultados se consigan bajo una forma específica de liderazgo. Y eso limita. Limita la autenticidad, la diversidad de enfoques y, en última instancia, la evolución misma de las organizaciones.

Porque la realidad es que el liderazgo no debería ser un concepto estático. No debería responder a un único estilo ni a una única energía. Las empresas de hoy, complejas, cambiantes y profundamente humanas, necesitan líderes capaces de adaptarse, de escuchar, de construir equipos sólidos desde la confianza y no solo desde la jerarquía.

Y, sin embargo, el cambio avanza más lento de lo que debería.

Se habla mucho de diversidad en los consejos, de inclusión en las estructuras, de dar espacio a nuevas voces. Pero mientras el modelo de liderazgo siga siendo el mismo, lo que cambia es la forma, no el fondo. No basta con abrir la puerta si al entrar hay que convertirse en alguien distinto para quedarse.

La verdadera transformación pasa por cuestionar el modelo, no solo por ampliar quién puede encajar en él. Implica entender que la empatía no es debilidad, que la colaboración no resta autoridad y que la vulnerabilidad, bien gestionada,  puede ser una de las mayores fortalezas de un líder. Implica, también, dejar de asociar ciertas cualidades a un género y empezar a verlas como lo que son: herramientas humanas.

Quizás el liderazgo del futuro no tenga que ver con energía masculina o femenina, sino con equilibrio. Con la capacidad de integrar distintas formas de dirigir, de comunicar y de inspirar. Pero para llegar ahí, todavía hay que aflojar ese molde que aprieta.

Y reconocer que no todo el mundo debería tener que encajar en él para poder liderar.

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