Las declaraciones de Pedro Richardson han puesto sobre la mesa un debate que, aunque latente, no había estallado con tanta claridad dentro del oficialismo: la sucesión presidencial en el Partido Revolucionario Moderno (PRM) de cara al 2028. Al definir a David Collado como una especie de “niño mimado” de la municipalidad perremeísta y atribuirle una supuesta intención de voto del 80% en una primaria cerrada, Richardson no solo perfila un favorito, sino que también deja entrever una narrativa de inevitabilidad que podría resultar peligrosa.
En política, cuando se construye la idea de un candidato imbatible demasiado temprano, se corre el riesgo de generar resistencias internas que luego son difíciles de contener. Más aún cuando se menciona que otra figura relevante como Carolina Mejía apenas alcanzaría un 10% de apoyo en ese mismo escenario. Estas cifras, más allá de su precisión o no, reflejan una competencia desigual que podría tensar las estructuras del partido.
El señalamiento de que Collado cuenta con el 100% de los funcionarios municipales del PRM añade otro elemento delicado: el uso o percepción del poder territorial como maquinaria política. Si bien es natural que los liderazgos locales se alineen con figuras de peso, también es cierto que una primaria saludable requiere equilibrio, competencia real y garantías de juego limpio.
Aquí es donde surge la pregunta clave: ¿está preparado el PRM para gestionar una primaria cerrada sin fracturas? La historia política dominicana muestra que los procesos internos mal manejados suelen dejar heridas profundas, muchas veces irreparables. Y el PRM, que ha construido su capital político en torno a la renovación y la transparencia, enfrenta ahora su prueba más compleja.
Otro elemento preocupante es la ausencia visible de figuras neutrales o mediadores. En los partidos fuertes, los arbitrajes internos suelen recaer en liderazgos con autoridad moral, capaces de garantizar confianza entre las partes. Sin embargo, en el escenario actual del oficialismo, esa figura no se percibe con claridad. La abundancia de aspirantes contrasta con la escasez de árbitros.
Richardson afirma que los perremeístas “no se pondrán a inventar” y que el objetivo es continuar en el poder más allá del 2028. Esa lógica pragmática, centrada en la retención del poder, puede ser efectiva en el corto plazo, pero también puede erosionar la democracia interna si se impone sobre la competencia legítima de ideas y liderazgos.
El gran desafío del PRM no es solo elegir un candidato fuerte, sino demostrar que puede hacerlo sin sacrificar su cohesión. Porque una primaria ganada con ventaja abrumadora pero con resentimientos acumulados puede convertirse en una victoria pírrica.
Como diría el narrador cubano de la pelota invernal, “no se vayan, que ahora es que esto se pone bueno”. El proceso apenas comienza, y lo que está en juego no es solo una candidatura, sino la madurez política de un partido que aún está escribiendo su propia historia en el poder.




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