La promesa de una transformación tecnológica no puede quedarse en consigna. El presidente Luis Abinader ha planteado que la República Dominicana se prepara para un giro decisivo hacia la economía digital, apoyado en alianzas con gigantes como Google y NVIDIA, así como en la incipiente industria de semiconductores. El anuncio es ambicioso porque se aspira a empleos de mayor calidad, más inversión y liderazgo regional en innovación.
Pero la tecnología, por sí sola, no transforma sociedades. Lo hace cuando se asienta sobre educación pertinente, instituciones confiables y reglas claras. En ese terreno, el Gobierno reivindica la expansión de la Universidad Autónoma de Santo Domingo, el crecimiento del Instituto Nacional de Formación Técnico Profesional y una apuesta por la formación bilingüe y técnica. Es un enfoque correcto: sin capital humano, no hay revolución digital posible.
Las cifras de reducción de pobreza y el posicionamiento económico regional refuerzan el discurso oficial, pero el desafío es sostener esos avances en un entorno global incierto. La reforma constitucional que blinda los períodos presidenciales y la defensa de la independencia del Ministerio Público apuntan, además, a fortalecer la seguridad jurídica, condición indispensable para atraer capital y talento.
El reto es convertir la narrativa en resultados medibles, es decir, forjar más jóvenes capacitados en ciencia y tecnología, menos brechas educativas y mayor competitividad. La historia reciente demuestra que el país puede crecer; ahora debe demostrar que puede innovar sin dejar a nadie atrás.


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