07/02/2026
Notas al Vuelo

El miedo al compromiso

Hablar de compromiso hoy provoca una reacción casi física. Para muchos, la palabra pesa, incomoda, asusta. No porque el amor haya dejado de importar, sino porque comprometerse implica quedarse cuando todo, absolutamente todo,  nos ha enseñado a huir.

Las generaciones contemporáneas han crecido en un mundo de opciones infinitas. Elegimos qué ver, qué comer, a quién seguir, a quién bloquear, a quién amar… y también a quién soltar. Vivimos entrenados para el reemplazo rápido. Si algo no funciona, se cambia. Si algo duele, se descarta. Y en ese contexto, el compromiso se percibe más como una amenaza que como una promesa.

El miedo al compromiso no surge de la falta de sentimientos, sino del exceso de incertidumbre. Nos dijeron que podíamos ser todo, tenerlo todo, vivirlo todo. Pero nadie nos enseñó qué hacer cuando elegir una cosa implica renunciar a muchas otras. Comprometerse es, en esencia, elegir. Y elegir hoy se siente como perder.

A esto se suma una generación emocionalmente consciente, pero también emocionalmente saturada. Hablamos de límites, de amor propio, de no conformarnos… y está bien. Pero a veces esa narrativa se convierte en una coartada perfecta para no atravesar la incomodidad natural de los vínculos profundos. Porque amar de verdad no es solo química y entusiasmo; es también negociación, paciencia, frustración y permanencia.

Las relaciones contemporáneas muchas veces se quedan en la superficie no por falta de deseo, sino por miedo a exponerse. Comprometerse implica mostrar lo que no está resuelto, aceptar que el otro nos vea en versiones imperfectas. Y eso, en una era de curaduría constante, resulta profundamente intimidante.

También hay una herida heredada. Muchas de estas generaciones crecieron viendo relaciones rotas, matrimonios fallidos, hogares fragmentados. El compromiso dejó de ser sinónimo de seguridad y pasó a asociarse con sacrificio, desgaste o pérdida de identidad. Así, el «por si acaso» se convirtió en una forma de autoprotección.

Pero el miedo al compromiso no es una condena generacional. Es un síntoma. Una señal de que estamos intentando amar en un mundo que no se detiene, que exige resultados inmediatos y felicidad constante. Un mundo que no tolera los procesos largos ni las pausas necesarias para construir algo real.

Tal vez el desafío no sea huir del compromiso, sino redefinirlo. Entender que comprometerse no significa desaparecer, ni renunciar a uno mismo, ni quedarse a cualquier precio. Significa decidir con conciencia, sostener con honestidad y permitir que el vínculo evolucione sin idealizaciones imposibles.

Porque al final, el verdadero riesgo no está en comprometerse, sino en pasar la vida entera evitando aquello que, paradójicamente, más sentido puede darle: la posibilidad de quedarse.

Comentarios