En política, los calendarios no esperan. Y el Partido de la Liberación Dominicana (PLD) lo sabe. La reciente convocatoria del Comité Central para definir el protocolo de las aspiraciones presidenciales no es un capricho institucional: es una señal clara de que la organización ha comenzado a medir el pulso del tiempo con miras al 2028. En un escenario dominado por el Partido Revolucionario Moderno (PRM) desde el poder y por una Fuerza del Pueblo en permanente campaña, el PLD enfrenta una necesidad estratégica ineludible, que es definir su candidatura presidencial a la mayor brevedad posible.
La experiencia reciente pesa. El partido que durante 20 años en el Poder fue sinónimo de cohesión y disciplina política conoce de primera mano el costo de las indefiniciones prolongadas y de los procesos internos mal administrados. Por eso, la discusión de un protocolo claro, consensuado y respetado por todos los actores no es un detalle menor. Es, en realidad, la primera línea de defensa para evitar que las legítimas aspiraciones presidenciales desemboquen en inconformidades, rupturas o, peor aún, en una nueva división que fracture el capital político que aún conserva la organización.
El PLD compite hoy en un tablero distinto al de las elecciones del 2024, por ejemplo. El PRM llegará al 2028 con la ventaja natural de haber gobernado dos períodos consecutivos, con estructura estatal, visibilidad y recursos políticos. La Fuerza del Pueblo, por su parte, ha construido un discurso opositor persistente, con liderazgo definido con Leonel Fernández y presencia territorial creciente. Frente a ambos, el PLD no puede darse el lujo de improvisar ni de postergar decisiones clave. Un candidato definido con suficiente antelación permite articular discurso, consolidar equipos, recorrer el país y, sobre todo, reconstruir confianza electoral.
En ese contexto, resulta significativo el clima que se percibe en las reuniones y actividades peledeístas, como el que se apreció ayer en la reunión de su Comité Político. Lejos de los tonos crispados de otros momentos, predomina una atmósfera de tranquilidad, orden y deliberación política. Las discusiones se producen dentro de los órganos correspondientes, con vocería institucional y sin filtraciones estridentes. Esa calma no es pasividad: es una señal de madurez tras un proceso de reacomodo interno que no ha sido sencillo.
Parte de ese ambiente responde también al activismo sostenido de Danilo Medina. El expresidente ha asumido, sin ambigüedades, su rol de opositor político. Sus intervenciones públicas, cada vez más frecuentes y convincentes, muestran una ofensiva discursiva estructurada, centrada en la economía, el costo de la vida y la gestión gubernamental. Medina no solo recorre territorios y encabeza asambleas; también marca líneas, fija narrativa y reactiva una base partidaria que parecía adormecida tras la derrota electoral en el pasado proceso electoral.
Ese liderazgo, sin embargo, no puede ni debe sustituir el debate sobre el relevo presidencial. Al contrario, debe facilitarlo. La clave estará en garantizar que el proceso de selección del candidato sea percibido como justo, transparente y políticamente rentable para todos los actores involucrados. Un PLD que llegue al 2028 con heridas internas abiertas tendría pocas posibilidades frente a adversarios que, con estilos distintos, ya juegan en clave de poder.
Elegir temprano no implica imponer. Implica acordar reglas claras, respetar los tiempos internos y, sobre todo, comprometer a los precandidatos con un resultado que fortalezca al partido, aun cuando no les sea favorable. La disciplina partidaria que durante décadas fue marca registrada del PLD necesita hoy renovarse, no por imposición, sino por convicción.
En política, la unidad no se decreta: se construye. Y el PLD tiene ante sí una ventana de oportunidad. Si logra canalizar sus aspiraciones presidenciales sin sobresaltos, con serenidad y visión estratégica, podrá volver a colocarse en la competencia real por el poder. El reloj ya está corriendo. Y esta vez, detenerlo no es una opción.





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