La entrevista con Joel Edgerton se desarrolló en un formato híbrido, con periodistas conectados de manera presencial y virtual desde distintos países, pero el tono fue íntimo, casi confesional. El actor australiano, que estuvo nominado al Globo de Oro y al Critics’ Choice por su trabajo en Train Dreams, habló durante más de una hora sobre el proyecto que, según él mismo admite, lo obligó a enfrentarse a sus mayores miedos y a mirarse en el espejo como pocas veces antes.
Desde el inicio, Edgerton dejó claro que Train Dreams no fue una película más. Adaptada de la célebre novela corta de Denis Johnson y dirigida por Clint Bentley, la cinta posee un tono lírico y contemplativo que atraviesa toda la vida de su protagonista, Robert Grainier, un leñador del noroeste estadounidense que vive, ama, pierde y envejece en silencio, en estrecha conexión con la naturaleza.
Para Edgerton, esa tonalidad estuvo presente desde el primer contacto con Bentley. «Siempre he creído que antes de empezar una película es fundamental que el director dé una especie de discurso emocional, una charla de tono, que inspire a todos y deje claro hacia dónde vamos», explicó. Bentley, dijo, «lidera con el corazón». Lo describió como un hombre amable, generoso, gran observador y oyente, con muchas cualidades compartidas con Robert, aunque con una ambición artística que el personaje no tiene. «En cada conversación con Clint se sentía una búsqueda profunda de humanidad, una exploración de la vida simple, de las relaciones y de la dependencia que tenemos de la bondad de los otros», afirmó.
Edgerton conocía bien el material original. Había leído la novela años antes, justo después de terminar Boy Erased, y quedó tan impactado que intentó adquirir los derechos. No pudo hacerlo, pero el destino terminó devolviéndole la historia. «Cuando Clint me contactó cuatro o cinco años después, yo ya estaba enamorado del libro. Ya había imaginado mi propia versión de la película», recordó. Para entonces, además, su vida había cambiado radicalmente: se había convertido en padre de gemelos. Esa experiencia transformó su vínculo emocional con la historia, especialmente con los pasajes marcados por la pérdida.

«Fue como magia que la historia volviera a mi vida en ese momento», confesó. La conexión fue tan profunda que, durante una huelga que retrasó la producción, Edgerton decidió esperar seis meses sin aceptar otros proyectos. «Eso es lo mucho que creía en esta película», dijo.
El mayor desafío del papel fue, paradójicamente, su mayor motivación: enfrentar sus propios miedos. «Siempre he huido de mí mismo en pantalla», admitió, recordando personajes extremos o muy distintos a su personalidad. En Train Dreams, en cambio, el reto fue dejar de esconderse. «Mi hermano me dijo: ‘Sentí que te estaba viendo a ti’. Y eso era exactamente el punto».
La paternidad fue clave. «Ahora mis mayores miedos están ligados a mis hijos», explicó. Interpretar a Robert implicó colocarse deliberadamente en ese espacio mental oscuro, algo que no requirió demasiada imaginación. «Esos temores siempre están dando vueltas en la cabeza de cualquier padre».
A los 50 años, Edgerton siente que este papel marca un antes y un después. «No suena a frase hecha, pero siento que es un nuevo yo», dijo. Reconoció que fue la actuación más personal de su carrera y que le permitió confiar más en sí mismo frente a la cámara. «Siempre me he sentido un estudiante. Cada trabajo me enseña algo nuevo, y este me enseñó a quitar máscaras y a permitir que mis miedos personales estén presentes en una actuación».

Ese aprendizaje se tradujo en una actuación contenida, en gran parte no verbal, acorde con un personaje solitario y poco dado a expresar sus emociones. Edgerton recordó una experiencia previa en Loving, de Jeff Nichols, y explicó que confió en que la cámara captaría aquello que no se dice. «Si integraba suficientemente mis sentimientos personales en Robert, la verdad iba a estar ahí».
La fotografía de Adolfo Veloso, brasileño y uno de los talentos más celebrados del filme, fue otro elemento fundamental. Edgerton no escatimó elogios: destacó su instinto, su sensibilidad y su capacidad para crear imágenes bellísimas sin llamar la atención sobre sí mismo. Gran parte de la película fue filmada con luz natural, fuego y velas. «Es un cinematógrafo inteligente, al servicio de la historia», señaló.
Más allá de lo técnico, Train Dreams plantea reflexiones profundas sobre la masculinidad. Consultado sobre la idea de que la película ofrece un modelo de «buen hombre» en tiempos de masculinidades tóxicas, Edgerton fue categórico. «Absolutamente», respondió. Describió a Robert como una figura que encarna una masculinidad antigua, estoica, pero también profundamente sensible. «Reprimir los sentimientos tiene un costo enorme. La masculinidad no se trata solo de dureza, sino también de las cosas suaves».
La naturaleza, omnipresente en la película, fue otro eje central de la charla. Edgerton habló de la dimensión espiritual del relato y de cómo el filme recuerda que los seres humanos somos solo una parte más del planeta. «Vivimos en casas, usamos zapatos, y se nos olvida que somos animales», reflexionó. Recordó su infancia en Australia, creciendo al borde de un parque nacional, y confesó que estar en el bosque siempre le devuelve la calma. «En cuanto entras a un bosque, respiras mejor y el pulso baja. Eso dice mucho».
El cierre de la película —una escena aérea que condensa toda una vida— fue descrito por el actor como un ejemplo de la armonía entre actuación y artesanía cinematográfica. «No todo el impacto emocional está en manos del actor», subrayó. Para él, el final ofrece una mezcla de tristeza y esperanza, «una película del llanto feliz», que invita al espectador a preguntarse qué ha valorado en su vida y qué quiere hacer con lo que viene.
Al despedirse, Edgerton no ocultó su gratitud. Train Dreams, dijo, le enseñó a valorar su propia vida y a confiar en los demás. «Sé que dentro de 20 o 30 años seguirá siendo una de mis experiencias más importantes en pantalla». Una película pequeña, hecha con cuidado, que, como los sueños de trenes de su protagonista, avanza despacio, pero deja una huella profunda.





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